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Abuelos cicerones

Abuelos cicerones

Conocer el mundo que lo rodea de la mano de un abuelo es una experiencia inolvidable para un niño. Pero también puede serlo para el abuelo, que aprenderá a ver las cosas a través de la inocencia y la ilusión que los pequeños ponen en cada descubrimiento.

Antonio descubrió el zoo de Madrid a los 60 años. Fue una tarde de primavera y de la mano de su nieto, Alfonso. El niño tenía poco más de tres años y los animales eran su mayor pasión por entonces.

Devoraba álbumes ilustrados sobre osos y jirafas y se extasiaba frente al televisor cuando se emitían documentales sobre la vida salvaje. Así que Antonio, dispuesto siempre a fomentar las incipientes aficiones de su nieto, no lo pensó dos veces: sería él la persona con quien el niño vería por primera vez en su vida un león, un elefante o un cocodrilo de verdad, de los de carne y hueso.

Ver las cosas con ojos nuevos

«A mí los zoológicos nunca me habían impresionado; quizá porque en mi memoria perduraba la imagen de la vieja casa de fieras de El Retiro, un lugar que me resultaba más bien desagradable, casi deprimente», confiesa Antonio. Pero, como la ilusión de su nieto era lo primero, apartó sus viejos prejuicios. Fueron al zoo y «la experiencia resultó sorprendente». «El recinto me pareció magnífico y pude contemplar, yo también por primera vez en mi vida, algunos animales que hasta entonces no había visto. Mi nieto me dio esa oportunidad. La verdad es que no imaginamos cuánto pueden enseñarnos los niños... Sobre todo a ver las cosas con ojos nuevos, a redescubrir lo que nos rodea gracias a la ilusión y la ingenuidad que ponen en cada hallazgo». Juntos aprendieron a distinguir un camello de un dromedario o un elefante africano de uno asiático, y todavía hoy, años después, ambos se ríen al recordar al «abuelo foca», como bautizó su nieto al enorme y perezoso león marino que dormitaba impasible en medio del ir y venir de los ejemplares más jóvenes del grupo.

Cómo ser el gran experto mundial

Los centros de interés de Alfonso fueron sucediéndose. Y Antonio, adaptándose a ellos unas veces y encaminándolos otras: en el Museo del Ferrocarril, sus explicaciones sobre las relucientes máquinas de carbón, los cambios de agujas, silbatos y señales o las viejas máquinas expendedoras de billetes no solo le permitieron rememorar su pasado ferroviario, sino también convertirse, a los ojos de su nieto, en el primer experto mundial en todo lo relativo al ferrocarril. La reválida de esta nueva pasión compartida la superaron juntos en una excursión a Aranjuez en el Tren de la Fresa, «aunque, no nos engañemos –se ríe Antonio–, Alfonso habría preferido, sin la menor duda, el AVE para su primer viaje en tren».

Abrir caminos, dar opciones

Aurora es de las que piensan que en la educación de los niños es «fundamental abrirles caminos, darles la oportunidad de conocer el mayor número de opciones para que puedan elegir». Su experiencia como maestra avala este principio, que ha procurado siempre llevar a la práctica con sus nietos. Con ella han visitado museos, han ido al teatro, a exposiciones... «A mí me gusta estar al día en cuestiones culturales y no dudo en persuadir a mis nietos para que me acompañen. Puede que a veces se aburran un poco, pero otras disfrutan tanto como yo. Y además, saben que con la abuela el final de fiesta siempre es una merienda o un aperitivo especial en el Centro, así que me acompañan con frecuencia».

La última exposición que ha visitado de la mano de uno de sus nietos, Álvaro, fue la de Vermeer en el Museo del Prado. La pintura intimista del maestro holandés no entusiasmó al niño, que tiene once años. «Yo creo que la larga cola que tuvimos que guardar y tanta gente como había en la sala le predispusieron en contra... Sin embargo, tuvo una reacción que más que sorprenderme me conmovió. Al finalizar la visita me dijo: ‘Bueno, abuela, y por qué, ya que estamos aquí, no vamos a ver las pinturas negras de Goya, que son las que a mí más me gustan’. Por supuesto, lo hice encantada. La visita, con todo, salió redonda», comenta orgullosa Aurora.

Desterrar la imposición

En su opinión, cuando se trata de acontecimientos o actos culturales, el adulto debe evitar la imposición: «Si a un niño le llevas a la fuerza a ver solo lo que a ti te apetece, lo más probable es que acabe rechazándolo. Hay que alternar cosas que a él le interesen con otras que desconoce, que pueden gustarle o no, pero que representarán nuevos descubrimientos. Mi nieto prefiere Goya a Vermeer. Ha podido hacer su elección gracias a que ha tenido la oportunidad de conocer los cuadros de ambos», sentencia.

Por supuesto, cuando los niños eran más pequeños sus aventuras discurrían por otros senderos. El Museo Arqueológico Nacional era el preferido de Ana y Javier, los otros dos nietos de Aurora, cuando tenían entre cinco y siete años. La sala egipcia, con sus momias y sarcófagos, fue visita obligada durante una larga temporada. «Alguien les había regalado un libro ilustrado sobre el supuesto diario del príncipe Tutankamon y juntos lo leímos y releímos. Su curiosidad por la vida de los antiguos egipcios, el misterio de las pirámides y los jeroglíficos era insaciable, de manera que pensé que merecía la pena fomentar ese incipiente interés, y aprovecharlo llevándolos al museo. Fue todo un acierto», recuerda la abuela.

Volver una y otra vez

El Museo Nacional de Ciencias Naturales también fue por entonces un destino frecuente, sobre todo los domingos por la mañana. «Íbamos por lo menos una vez al año durante el curso. Había programas especiales para niños, con experimentos sencillos, muy didácticos: ellos aprendían un montón, y yo no te cuento», comenta Aurora, quien poco a poco, a medida que los niños crecían, fue llevándolos a su terreno: el del arte. «Aparte de las visitas que hayan hecho con el colegio, mis nietos han conocido los grandes museos de Madrid conmigo. Nuestras visitas han sido siempre desordenadas: yo elegía las salas que más impacto podrían producirles o cuyas pinturas les resultaran más familiares, y a las que más les gustaban volvíamos una y otra vez: Velázquez y Goya en El Prado, Picasso en el Reina Sofía...

Los impresionistas del Thyssen no los impresionaron nada –bromea Aurora–, pero se morían de la risa con los esos personajes casi caricaturescos de Grosz. En cada ocasión descubrían un nuevo detalle en los cuadros y yo disfrutaba escuchándolos y contemplando, cuantas veces fuera, esas pinturas magníficas».

La semilla da sus frutos

Ahora que sus nietos están rayando la adolescencia, son menos frecuentes las salidas de Aurora con ellos, aunque confía en que será un sarampión pasajero. A Fernando y Margarita les ocurrió algo parecido con su nieta. Hasta que cumplió los diez años, María tenía en sus abuelos a los mejores cicerones. Con ellos conoció el planetario y el cine en tres dimensiones, el Palacio Real y el Madrid de los Austrias, pero también las salas de teatro, al que Fernando es un gran aficionado. En esa difícil edad en la que a los niños ya no les interesan las obras infantiles, los títeres ni las marionetas, pero tampoco están preparados para entender y disfrutar un montaje para adultos, el entusiasmo de María decayó. «Era una edad en la que, además, empezaba a tener su pandilla de amigos, con los que estaba estrenando una incipiente libertad. El cine y las reuniones con ellos en el centro comercial próximo a su casa, sin adultos que los vigilaran, eran sus pasatiempos favoritos. Y nosotros –confiesa Fernando– lo aceptamos: era normal, cosas propias de la edad».

Sin embargo, la semilla que Fernando y Margarita habían sembrado en la infancia de su nieta acabó dando sus frutos al cabo del tiempo y la espera. Ahora es María, que tiene 17 años, la que toma la iniciativa. En el último año sus abuelos la han acompañado a ver My Fair Lady y El fantasma de la ópera. «Como entre los jóvenes no está muy extendido el hábito de ir al teatro y además los precios son demasiado elevados para sus economías, María recurrió a nosotros en la seguridad de que aceptaríamos encantados. Y así fue. Aunque el musical no sea nuestro género favorito, entiendo que es más atractivo y entretenido para los jóvenes. Eso no quiere decir que no disfrutáramos. Fue como volver a empezar y espero que la experiencia se repita», comenta Fernando.

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