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Experiencias reales

Los abuelos: maestros de toda la vida

Los abuelos: maestros de toda la vida

Los abuelos son canales indispensables para la transmisión cultural; la transmitieron a los hijos y siguen desarrollando esta función con los nietos. Tienen una gran importancia, silenciada por una sociedad que respeta poco o nada, el valor, la experiencia y la sabiduría que a lo largo de muchos años han podido desarrollar las personas mayores.

Debido a la complicada red económico social en la que estamos inmersos, muchos padres tienen que dejar a sus hijos al cuidado de los abuelos y suplir con ello el coste de una guardería o de personal escasamente cualificado. En otros casos, la vinculación con ellos puede no ser tan estrecha y ceñirse a periodos vacacionales exclusivamente o a esporádicas visitas. Sea de un modo u otro, esta relación familiar puede ser una vía para hacer a los nietos depositarios del potencial de conocimientos y experiencia que poseen los abuelos.

Juana (60 años) cuidó a su nieta prácticamente desde que nació. Sus padres tenían que trabajar y llegaban a casa casi al anochecer. Juana había sido concertista de violín, profesión que abandonó cuando sus hijos llegaron al mundo. Comenzó a enseñar a su nieta Clara a tocar este instrumento con apenas 4 años. Esta situación fue una segunda oportunidad, una bendición que llenó su vida y le dio sentido a tanto tiempo de estudio. Su nieta dio su primer concierto a los 7 años.

Cuando los nietos son adolescentes, la misión del abuelo o abuela puede extenderse más allá de ser meros cuidadores y convertirse en transmisores de habilidades u oficios, además de excelentes motivadores. Donde no llegan los padres, pueden llegar los abuelos, quienes gracias a la edad, se han vuelto más comprensivos, empáticos, y tienen tiempo para escuchar.

José (68 años), abuelo de un adolescente con un bajo rendimiento escolar, acudió a consulta con su nieto. Los padres del muchacho trabajaban fuera de la ciudad y se veían solo los fines de semana. Parecía que nadie daba con la clave para motivarle a que estudiase, al menos lo suficiente, como para aprobar.

José entendió que con estar encima y perseguirle solo conseguía agobiarle y, como reacción a su empeño, se mostraba más pasivo y rebelde. Para ayudar a su nieto había que ponerse a dialogar como dos adultos y conseguir centrar cuál era el problema. Tras horas de reflexión, José consiguió que su nieto tomara consciencia de cómo perdía el tiempo hablando con los amigos por teléfono y, cuando quería darse cuenta, no le quedaba tiempo suficiente para realizar sus tareas a las que calificaba de difíciles y excesivas. Se había metido en un círculo vicioso y cada vez tenía menos ganas de estudiar.

José le brindó su apoyo para alcanzar las metas que nos fuimos proponiendo en consulta. Además, José había sido profesor de Latín y Griego en un instituto, de modo que no le resultó difícil hacer las veces de profesor.

La actitud de este abuelo, lleno de comprensión y paciencia, ayudó para que un adolescente desorientado fuera capaz de darse cuenta del modo en que él mismo se limitaba; así mismo pudo compartir sus problemas y angustias. José recibió el regalo de la confianza y su nieto recibió un apoyo y un amor incondicionales que cambió el rumbo de su carrera académica.

A través del diálogo y la reflexión, se potencia y estimula la motivación necesaria para seguir descubriendo cada vez más, en un interesante juego de creatividad y activación mental.

Inés (70 años) ha sido modista toda la vida. Todavía guarda unos pequeños libretos que formaban parte de su curso de Corte y Confección. Su nieta, una adolescente de 17 años, le pidió que le enseñase a cortar y confeccionar una falda. Gracias a esta petición, Inés se estrenó como profesora de su nieta. En poco tiempo, lo que fue un juego se convirtió en un pequeño negocio al que acudían todas las amigas y compañeras para encargarles alguna prenda. Inés supo valorar el esfuerzo y trabajo que hizo, ganándose de este modo su confianza. Gracias a ello, descubrió algunos de los problemas que tenía su nieta, entre ellos, una falta de interés por los estudios. Estimulándola y confiando en ella, ayudó a sacarla de esa faceta autolimitativa y desvalorizante de los adolescentes y, curiosamente, en el curso siguiente, aprobó todas las asignaturas. Enseñarla a coser fue una orientación profesional nada desdeñable.

Para tener una buena y fructífera relación, los abuelos deberán buscar y potenciar, siempre, lo mejor que hay en cada uno de sus nietos.

Luisa (59 años) comenzó a ayudar a su hija en la educación de su nieta tras un accidente de tráfico en el que su yerno perdió la vida. Tras la pérdida de su padre, los problemas de fracaso escolar empeoraban cada día. Un buen día Luisa la observó decorando sus cuadernos con dibujos muy originales, llenos de color y movimiento. También observó cómo se le iluminaba la cara cuando dibujaba. Sus padres habían deseado que estudiase más y que se preparase para realizar una carrera.

Sin embargo no estaba interesada en eso. Su apasionante mundo estaba muy lejos de los intereses paternos. Luisa le pidió que le hiciera unos dibujos para realizar un bordado. En otra ocasión le pidió que le realizara una portada para una revista que editaba una amiga suya. Aprovechó cada dibujo para halagar sus habilidades y ganarse su confianza. Poco a poco, fue valorando otras capacidades manuales y también las intelectuales, de modo que la niña iba sintiéndose cada vez más útil, más capaz. Pronto se interesó por estudiar arte y con gran éxito.

Gracias a que los abuelos tienen permiso para «mal educar», mimando e intentando comprender mejor que lo hicieron con sus hijos, tienen acceso al corazón de sus nietos y con ello la clave para motivarlos.

Juan (65 años) fue el único miembro de su familia capaz de lograr que su nieto se interesase por las matemáticas. Hablando con él, comprendió que estaba inseguro, se había hecho a la idea de que no era capaz de aprender aquella asignatura. Juan no era ningún matemático, solo conocía las cuatro reglas para ir tirando. Se le ocurrió que donde no llegaba él, podían llegar otros, de modo que le propuso a su nieto que irían juntos a aprender matemáticas a una conocida academia especializada en esa materia. Además, tenía que ser un secreto, algo que hacían ellos dos sin la injerencia de los padres. Juan pidió a su nieto que le ayudase para hacer los deberes, de este modo le convirtió en su profesor, y así, fue dándose cuenta que era perfectamente capaz de aprender, y lo que es mejor, de enseñar matemáticas. El sentirse útil genera una energía motivante que impulsa a la acción.

Padres y abuelos se sorprenden cuando observan que uno de sus hijos o nietos están desmotivados, abúlicos, faltos de interés y casi deprimidos. No se puede entender estas reacciones cuando se les da todo lo necesario para que sean felices. Hay una razón muy importante para estar con la moral por los suelos: baja autoestima.

Cuando un niño, tiene una mala imagen de sí mismo, no es fácil convencerlo de que está en un error. Los adolescentes pasan por etapas de inseguridad propias de una edad en la que ya no son niños y tampoco adultos. Las contradicciones forman parte del pensamiento y, por lo tanto, la confusión y, al mismo tiempo, la arrogancia de creer que están en posesión de la verdad los lleva a chocarse incesantemente con todo el mundo y consigo mismos, pasando de un extremo a otro, sin lograr un mínimo de equilibrio. Se enfrentan a los padres, pues necesitan crear su propia identidad y ser diferentes a ellos. Al mismo tiempo, quieren ser iguales que sus compañeros, aunque no del todo.

Establecen una dinámica competitiva en la que nunca se sienten lo suficientemente bien, siempre creen que hay alguien mejor. En resumidas cuentas es una etapa, psicológicamente hablando, terrible, contradictoria, y aunque se nos ha olvidado, nosotros también hemos pasado por ella.

Es muy importante escuchar atentamente los motivos que tienen los jóvenes para sentirse mal o confusos. Tendemos a minimizar sus complejos y dificultades lo que los hace sentirse más incomprendidos y distantes de los mayores.

Luisa (62 años) tiene dos nietos de 15 y 17 años. Un día se encontró al más pequeño llorando, encerrado en su habitación y negándose rotundamente a ir al colegio. Le fue preguntando cuáles habían sido los motivos de semejante decisión. La razón era que texto estaba gordo, tenía la cara llena de granos, los compañeros se burlaban de él y además no quería vivir. Luisa se identificó con él y le comentó que a ella le había pasado igual cuando tenía su misma edad. Gracias a esta actitud comprensiva, su nieto se fue tranquilizando. Juntos fueron buscando soluciones y Luisa le sugirió que podría hacer deporte y también acudir a un centro especializado para tratarse el acné. Le prometió acompañarle, incluso ayudarle con el dinero, para lograr su propósito. Escuchando y buscando soluciones sin criticar, comprendiendo los motivos que impulsan a un niño a sufrir, podemos hacer que modifiquen esta actitud, convirtiendo una dificultad en un cambio enriquecedor.

Pedro (59 años) tuvo que lidiar con los complejos de inferioridad de su nieto, un muchacho de 19 años que no tenía claro qué carrera quería estudiar, porque la que le gustaba le parecía difícil y no se sentía capaz. Es frecuente el debate entre «quiero conseguir algo» y, por otro lado, «no me atrevo» o «no puedo». Esta encrucijada paraliza y corta las alas. Debajo de todo este planteamiento se deslizan falsas creencias y limitantes juicios desvalorativos.

Pedro decidió ir a pescar con su nieto todos los sábados. Juntos se organizaban el día, y pasaban largas horas en plena naturaleza, lo que permitió gozar de un tiempo maravilloso para poder compartir secretos y confidencias. A las cuatro sesiones de pesca, Pedro supo que la indecisión de su nieto era provocada por miedo de no estar a la altura y defraudar a sus padres. Se sentía internamente presionado por exigencias propias y ajenas. En este caso, Pedro se convirtió en un excelente mediador. Pidió a la familia que confiaran más en él y aceptasen que necesitaba tiempo para reflexionar antes de decidirse; a su nieto le ayudó a valorarse a sí mismo.

Los abuelos tienen mucho que enseñar. Poseen «trozos» de historia vividos por ellos mismos que pueden transmitir. Tienen conocimientos y habilidades que no deben perderse. Han almacenado montañas de experiencias que pueden mostrarnos diferentes modos de vivir, y cómo afrontar las dificultades o las alegrías de la vida.

Julio invirtió muchas horas paseando con su nieto por el monte. Con esta actividad, le fue mostrando cómo era la flora y fauna de su pueblo e inculcó un gran respeto hacia la naturaleza. Cada vez que llegaba su nieto al pueblo, le enseñaba diferentes actividades, por ejemplo, hacer pan, recolectar miel, hacer embutido, mermeladas, incluso, hacer jabón. El nieto de Julio terminó sus estudios de empresariales y dirige una pequeña empresa dedicada a la fabricación de jabones hechos a partir de esencias naturales.

Paco es un aficionado a las motos; desde muy joven ha viajado y se ha divertido con estos vehículos. Le ha regalado a su nieto una pequeña moto. Le enseña los trucos, la mecánica y las normas fundamentales para saber conducir sin peligro.

En muchas ocasiones, he escuchado frases de reconocimiento de los nietos hacia sus abuelos. Personas de no importa qué edad ni de qué clase social o cultural sean, recuerdan con cariño lo que les enseñó o hizo por ellos un abuelo o abuela. He observado gestos de emoción y ternura por esa actividad callada, en ocasiones poco valorada, de los abuelos para con sus nietos. Los «mal educadores» poseen mayor capacidad de comprensión y paciencia; cualidades estas que han ido adquiriendo con la madurez y el sentido común. Han tenido y tienen una gran importancia en la transmisión cultural de todos los pueblos.

Victoria Artiach. Psicóloga psicoterapeuta.

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