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Blog de Isabel García Olasolo. Plusesmas.com

¿Qué tal? Soy Isabel García Olasolo, directora editorial de Bayard durante muchos años. Ahora, jubilada y presidenta de la Fundación Bayard, me gustaría compartir desde este blog mis pensamientos, anécdotas y experiencias con vosotros, ¿Quedamos aquí? Os espero.

Sabor agridulce

martes, 18 de marzo de 2014

Llega un tiempo en que los mayores de la familia se nos hacen muy mayores… y nos pillan asimilando nuestro propio envejecimiento. Muchas veces, son ellos los que nos animan con esa especie de serenidad que no necesita palabras.

He dejado a mi tía, “la cubana”, en su silla de ruedas, mirando absorta el horizonte a través del ventanal de la residencia en la que acaba de ingresar. Pesan mucho 93 años de historia.

Lejana en parentesco y cercana en afectos, me conmueve mirarla y ver las manos finas y alargadas de mi madre, la nariz recta de mi abuela, las piernas delgadas de las mujeres de la familia…, en un físico delicado que fue bello y poderoso.

Deposito en su frágil regazo mis recuerdos queridos. Sólo me llevo el sabor agridulce del deber cumplido.

Es curioso, siempre hablamos en pasado y del pasado, el presente no le interesa, hasta su memoria lo rechaza. Ella sigue en Cuba, ni en la de Batista ni en la de Fidel. Pasa las mañanas en el Club Náutico de Marianao, y las tardes en el frontón de la Habana, con su marido. A veces, charlan con Hemingway en el Centro Vasco, cuando el pescador de “El viejo y el mar” le pide un descanso al autor…

Los cristales del ventanal de la residencia se transforman en las aguas turquesas de Varadero, o en las playas de harina, que no de arena, de Cayo Blanco…

Aquella Nochevieja, un tsunami ahogó parte de su vida, pero logró sobrevivir. Fue duro: la ruina , el regreso, la soledad…

“Estoy muy cuidada”, repite.

Cuando hablamos de su madre, de la mía, con la que compartió tanto, se nos humedecen los ojos… Pero no me deja seguir: “Siempre palante, chica”. Y acabamos una vez más, paseando los recuerdos por la arenisca de mármol negro que el mar baña en Bibijagua. Tal vez, allí quedó enterrado su corazón.

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