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Blog de Demetrio Casado. Plusesmas.com

Director del Seminario de Intervención y Políticas Sociales (SIPOSO)

SALUD PÚBLICA Y DIETA MEDITERRÁNEA

lunes, 10 de junio de 2013

Jaime Pozuelo Monfort, líder de Reypública, me pide que formule dos retos en el ámbito de la salud para España. Comienzo por este: extensión del conocimiento del concepto de salud pública y desarrollo de su aplicación.

El concepto de salud pública se alumbró hace aproximadamente un siglo y abarca el conjunto de esfuerzos colectivos para, no sólo restaurar la salud cuando la misma falla, sino también prevenir esa contingencia y aun mejorar aquella.

Las líneas de acción de la salud pública derivan del conocimiento de los factores condicionantes de la salud humana –los impropiamente denominados “determinantes” en el uso léxico sanitario-. Ofrezco seguidamente una clasificación de los mismos.

La biología humana –incluyendo el cerebro- es el bloque tradicional de tales condicionantes: su vertiente patológica puede manifestarse en el nacimiento (defectos congénitos, por ejemplo) y a lo largo de toda la vida (especialmente en las enfermedades y deficiencias de origen genético y manifestación aplazada).

Un segundo conjunto de condicionantes es el de los que hacen parte del medio ambiente. Las contaminaciones física, química y biológica de nuestros entornos naturales (verbigracia, radioactividad en la atmósfera, plomo en el mar que pasa al pescado, agentes infecciosos en las aguas) son factores negativos bien conocidos por los especialistas y de los que existe una apreciable conciencia social. No ocurre esto último con las carencias de salubridad del medio económico-social, pero son también muy relevantes (pensemos en las situaciones de pobreza grave y continuada y de terrorismo).

El común de la población tiene un conocimiento estimable de los efectos negativos para la salud de ciertas prácticas y estilos de vida (alcoholismo, tabaquismo, drogadicción, etc.). Pero es mucho menor la conciencia pública de la potencialidad de las opciones salutíferas (dieta mediterránea, actividad física y también mental adecuadas, participación social autónoma).

Dejo para el final el complejo condicionante de salud más ostensible y apreciado por la población –y por algunos de sus agentes-: la asistencia sanitaria. Su disponibilidad y buen uso, como su carencia y mala utilización, tienen respectivamente efectos positivos y negativos bien demostrados.

La investigación epidemiológica no avala la opción de jugarse toda la salud a la carta de la asistencia sanitaria, incluso en el caso deseable de que esté asegurada para toda la población por los poderes públicos; sea en régimen de gestión directa, indirecta o mixta. La procura racional de la salud debe perseguir también las mejoras posibles de los otros factores, especialmente las más asequibles.

Para mejorar la salud de la población, es frecuente, incluso entre especialistas en disciplinas económico-socio-políticas y aun de la medicina, reivindicar el incremento del gasto sanitario sin hacer referencia a ningún otro medio. La tabla siguiente contiene, por una parte, los valores de la esperanza de vida al nacer y a los 60 años de Alemania y Suecia, dos países ricos, así como las intensidades de su gasto sanitario; igual o superior al 10% de su producto interior bruto (PIB), como puede verse. Frente a ellos, Chipre y España cuentan con economías menos poderosas y tienen intensidades de gasto sanitario inferiores al 10% de sus PIBs; pese a lo cual los valores de su esperanza de vida no son inferiores a los de Alemania y Suecia.

Tabla esperanza de vida

Lo expuesto parece indicar que algo debe de haber en el sur de Europa conveniente para la salud. Aparte de otros factores que puedan ser evidenciados, recordemos uno bien conocido. El fisiólogo norteamericano Ancel Keys “descubrió” la “dieta mediterránea” mediante su Estudio de los siete países (Italia, islas griegas, Yugoslavia, Holanda, Finlandia, Japón y Estados Unidos), que realizó, con la colaboración de su esposa (Margaret), en el periodo 1940-50. Esa investigación les permitió observar que las poblaciones mediterráneas estudiadas –así como la de Japón- padecían menos enfermedades cardiovasculares que las de los otros países, lo cual se relacionaba con sus hábitos alimentarios. Las investigaciones posteriores han venido a confirmar esa teoría.

Sin perjuicio de otras acciones de salud pública fundadas en evidencias científicas, parece de cajón que, pues disponemos gratuitamente de la dieta mediterránea, la sigamos, la defendamos y… la explotemos. La educación sanitaria debería intensificar la información sobre sus virtudes dietéticas, así como publicitar los inconvenientes para la salud de los alimentos y especialidades cardioinsalubres que nos propone la moda foránea -como las carnes rojas picadas con toda su grasa, la nata como recurso fácil para acrecer la palatabilidad, la bollería industrial, etc.-. Las autoridades sanitarias habrían de impedir la utilización al menos equívoca de la marca “dieta mediterránea” en la publicidad de ciertas especialidades ajenas a ella. Las escuelas de cocina y de repostería, así como los maestros de esas disciplinas, deberían potenciar las especialidades mediterráneas. Y convendría a las empresas turísticas, junto a las administraciones públicas competentes en la materia, incorporar a los valores de sus ofertas las virtudes de la dieta mediterránea. El profesor Keys murió en 2004 –a la edad de 100 años-; no esperemos para actuar a que nos descubra de nuevo el Mediterráneo.

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