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Blog de Dolors Colom Masfret. Plusesmas.com

Directora Científica del Master Universitario de Trabajo Social Sanitario. Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Profesora asociada del Grado de Trabajo Social. Universidad de Barcelona (UB). Directora de la revista Agathos, atención sociosanitaria y bienestar.

De veraneo por paisajes literarios

viernes, 6 de agosto de 2010

El viajero llega a ellos leyendo. Los paisajes literarios se dibujan palabra a palabra. Sus trazos se disfrutan en el silencio interno de la imaginación. Inmerso en ellos, el lector desconoce los detalles del viaje, ignora su devenir, es incapaz de preveer sus pinceladas. Sentado, quizá en una butaca, se abandona al destino que el escritor, el gran ausente, deparó a los personajes de su historia. Los viajes, a través de la literatura, transcurren sin preparativos, sin horarios, sin rutinas y sin equipajes. Puede que un té o un café, humeen en la mesita y, momentáneamente, sus aromas prendan la atención de ese lector entregado, pero serán las palabras las que arrebaten su alma y la lleven por senderos insospechados. Llegados a este punto todo acontece en la lentitud. El viajero literario, lector por excelencia, transitará sigiloso por dichos parajes. La belleza, escondida entre las hojas del libro cerrado, espera ansiosa ese encuentro liberador que permite la lectura del desconocido. Avanzando y retrocediendo en el relato, el lector penetrará en lo inexistente, en lo imposible de recrear más allá del pensamiento. En cualquier caso, escritores y lectores se saben predestinados. Inopinadamente, se reunirán en esos espacios de ficción a los que nunca llegarán los viajeros reales en busca de enclaves precisos. Lo que vio el escritor queda reservado al lector y éste le corresponde con la lectura y la imaginación.

Desprovisto de segundas intenciones, todo está escrito, el texto desata presentimientos que se desdoblarán a través de los párrafos. Unos se concretarán. Otros se desvanecerán. Entonces, el lector regresará, es posible y cuantas veces desee, al lugar donde brotó ese augurio, frustrado en pocas páginas. O, es posible también, que acepte el desengaño y siga con la lectura. En estos viajes los personajes se estampan en el alma del viajero imaginario como el óleo al lienzo. La emoción del escritor que recreó esos lugares reverbera una y otra vez en la emoción del lector. Y a medida que las hojas se apilan en el flanco izquierdo, éste, el lector, toma conciencia de la proximidad del fin. Será entonces cuando los paisajes y los personajes que transitaron por su fantasía, esos que le acompañaron mañanas, tardes o noches, regresen a la inmortalidad que les brinda ese estuche que es el libro cerrado.

El viajero literario visita esos parajes de muchas formas, subido al hilo de la voz del narrador. O, de la mano de los protagonistas cuyos anhelos, temores, disimulos, traiciones, dobleces, le reflejan, en la distancia, eso que es él mismo. Los personajes literarios, como los humanos, carecen de la perfección pero a diferencia de éstos últimos no cambian sobre el papel y según el día. Los que eran nobles, son siempre nobles. Los que fueron traidores, son siempre traidores. Piense lo que piense el lector, los personajes seguirán eternamente fieles a su papel y repetirán su historia ineludiblemente. Éste es su sino fatal, la repetición de todo.

Por saberse literarios, dichos seres imaginados desatan afectos, complicidades, amores, rencores... Sus avatares se mezclan con los del lector. Y los héroes, los villanos, las gentes corrientes lo arrastrarán a un devenir, temporalmente, trenzado al suyo.

La lectura seguirá siendo, por siempre, el único camino para visitar esos territorios. Bosques frondosos heridos por riachuelos. Campanarios que coronan una colina y rompen la línea del horizonte. Calles estrechas azotadas por la ferocidad de los vientos. Playas encalmadas esperando el abrazo del mar. Pueblos polvorientos, abandonados incluso por los fantasmas que los poseyeron. Desiertos embrujados bajo cielos estrellados que se resisten al alba.
Así el escritor, con su obra, el lector con su imaginación, rompen la máxima de que “Una imagen vale más que mil palabras”, en este caso, son las palabras las que edifican la imagen.

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