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Blog de Dolors Colom Masfret. Plusesmas.com

Directora Científica del Master Universitario de Trabajo Social Sanitario. Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Profesora asociada del Grado de Trabajo Social. Universidad de Barcelona (UB). Directora de la revista Agathos, atención sociosanitaria y bienestar.

'¡Es admirable! -exclamó el príncipe- ¡Nunca habría imaginado una técnica así!'

miércoles, 9 de junio de 2010

El príncipe Wenhui está asombrado viendo trabajar al cocinero Ding. Y así lo expresa. Posiblemente, el joven príncipe se ha dejado llevar por una falsa impresión. Y quizá por ello, el cocinero Ding, mucho mayor y con más experiencia, le explica: “Lo que interesa a vuestro servidor es el funcionamiento de las cosas, no la simple técnica”.

La historia del príncipe Wenhui y el cocinero Ding llegó al mundo de la mano de Zhuangzi (350–280 a.C.) filósofo de la antigua China. Zhuangzi ilustró su relato con dos personajes, uno real, el del príncipe y uno de ficción, el del cocinero. Cuenta la historia que este último se encontraba desollando un buey. Mientras, el príncipe lo observaba atentamente. El joven Wenhui, no obstante, atribuía la calidad del trabajo de Ding a la técnica, creyendo que, cono-ciéndola, él, lo podría emular. Pero no era así. Y el cocinero Ding lo sabía bien. Por ello llamó su atención explicándole que era más el conocimiento del funcionamiento de las cosas y no el conocimiento de la técnica los que le permitía trabajar como lo hacía.

Es una bella historia, antigua, de lectura pausada, de las que invitan a la conversación. Su ar-gumento remueve las aguas profundas del lector, mientras los diálogos de los protagonistas, inmortalizados en el papel, le permiten reflejarse en ellos. El relato ilustra el florecer de la pericia y señala como ésta no se puede transmitir, ni siquiera aprender, simplemente acontece con la práctica y el tiempo. La pericia vive lo que la persona y desaparece con ella. La pericia de cada uno es su hacer que regado con la experiencia, echa raíces profundas. La del pintor: pintando. La del escritor: escribiendo. La del atleta: corriendo. La del compositor: compo-niendo. La del cirujano: operando. La del político: ¿Politiqueando? No. Mejor digamos: traba-jando por el bien común. En definitiva, actores, actuando en su teatro. Y así caminando por la vida profesional, la pericia imprime en cada uno, una credibilidad que inspira la confianza.

Para los profesionales, su pericia es la profesionalidad sólo alcanzable ejerciendo en el tiempo, aprendiendo de quienes les precedieron y dejaron sus propias huellas en los senderos del saber. Estudiando constantemente para ir depurando sus prácticas para, precisamente, conocer el funcionamiento de las cosas. Profesionalidad, una palabra que abre las puertas a un mundo de soledades, de esfuerzos, de estudios, de contradicciones, también de gratificaciones. La profesionalidad es una actitud y una responsabilidad de la que jamás, los profesionales, hacen dejación. Ser profesional es sobre todo ser responsable.

Acudimos a los profesionales, y no a cualquier otra persona, porque los primeros ponen su saber, su conocimiento, en definitiva, su pericia, a nuestro servicio. Nos ayudan a superar las dificultades. Disuelven nuestras dudas.

Diagnostican y tratan nuestras enfermedades sin olvi-darse de nosotros. Alivian nuestros temores y todo tipo de trastornos. Los profesionales huyen del oropel. Se nutren de la ciencia. Y como ya señaló en 1915 Abraham Flexner, estudioso y crítico con los modelos de enseñanza, sobre todo de la medicina, los profesionales, con el tiempo, ganan en motivación y altruismo.

Si se fijan bien, si se convierten en observadores conscientes del escenario actual, les resultará muy fácil diferenciar cuando habla un profesional de cuando habla una falsificación. Una pis-ta, las palabras de los primeros tranquilizan. Las palabras de los segundos crispan e irritan.

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