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Blog de Dolors Colom Masfret. Plusesmas.com

Directora Científica del Master Universitario de Trabajo Social Sanitario. Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Profesora asociada del Grado de Trabajo Social. Universidad de Barcelona (UB). Directora de la revista Agathos, atención sociosanitaria y bienestar.

«No soy yo quien se retira, si no el mundo el que se disuelve»

martes, 22 de mayo de 2012

Así se expresaba Hannah Arendt el 23 de diciembre de 1973 en una carta enviada a su gran amiga Mary McCarthy para comunicarle la muerte de su amigo, crítico literario y ensayista, Rahv Phillip. Textualmente Arendt escribía: «Como si envejecer no fuera, como decía Goethe “abandonar poco a poco su apariencia” –me da lo mismo–, sino la transformación paulatina, (más bien repentina) de un mundo lleno de caras familiares (de amigos o enemigos, no importa) en un desierto poblado de caras extrañas. En otras palabras, no soy yo el que se retira, si no el mundo el que se disuelve: una tesis completamente distinta». [Entre amigas. Correspondencia entre Hannah Arendt y Mary McCarthy, 1949-1975. Editorial Lumen. 2006: 524]

El paso de los años cosecha en muchas personas, me incluyo, sensaciones similares. Las amistades, los amores, van muriendo. Algunas, por suerte para ellas, para ellos, mueren metafóricamente, cuando el tiempo, combinado con las circunstancias particulares, pone de manifiesto el deterioro de los hilos que se pretendían eternos. O, da relieves diferentes entre los grandes afectos floridos antaño. En el film «Entre vivir y soñar» el personaje de Ana, interpretado con maestría por Carmen Maura, da vida a esta sensación de desconcierto de una de las partes, la que recuerda, la que sigue amando, la que no puede olvidar y anhela el reencuentro. La escena ocurre cuando Ana viaja a París y se encuentra con Pierre, interpretado por Thierry Lhermitte, el joven que la enamoró treinta años antes. Ana descubre que él no recuerda. Se da cuenta de que ese vapor de amor que la movía por dentro de su cotidianeidad, que nutría la ilusión de que con Pierre todo habría sido diferente, era un mal invento suyo. Treinta años de un pensamiento que desaparece cuando por fin lo encuentra, treinta años hundidos bajo sus pies cuando él, detrás de su delantal de chef, no sabe de qué le habla Ana. Los esfuerzos de Ana para brindarle lo más precisos detalles, para ella incombustibles, para él ni siquiera cenizas, consiguen, al cabo de un buen rato, que atine con aquel verano que pasó en España.

Los recuerdos de uno suelen estar muy desajustados a los recuerdos del otro. Lo ocurrido en el mismo momento transcurre de diferente forma por las venas. La diferencia es que mientras uno recuerda y no puede olvidar el otro olvida y no puede recordar. Y si le rememoramos aquello que nos unió, como le ocurre al personaje de Pierre, no sabrá de qué le estamos hablando y quizás, compasivo, nos invite a una vichyssoise para compensarnos de su olvido. Treinta años de desmemoria, compensados con una sopa.

Escribo estas líneas empapada de la sensación de Hannah Arendt y del estupor que aparece en la cara de Ana, la soñadora, sentada en el restaurante de Pierre, el olvidadizo. La muerte de Robin Gibb, de los Bee Gees, ha cristalizado los más remotos recuerdos de aquellos años setenta. Cuando en el 2003 murió su hermano gemelo Maurice me ocurrió algo parecido pero con Robin la pena se ha agrandado. Estoy mezclando el mundo de la filosofía con el mundo del rock pero el pensamiento soltado por dentro es impredecible. Alrededor de la música de los Bee Gees edifiqué utopías que los años no logran empañar. Viví grandes momentos grabados con fuego en el recuerdo. Pasé tardes encerrada en el cuarto simulando estudiar cuando en realidad revivía lo acabado de vivir.

La adolescencia tiene ese misterio, un minuto parece un lustro mientras que el misterio de la vejez es como convierte un lustro en un minuto. En la juventud todo tarda en llegar y en la vejez todo llega al momento. Y mientras, la música que nos acompañó de jóvenes, al volver a escucharla en la madurez, en la vejez, parece jugar a detener nuestro tiempo. Entonces, si cerramos los ojos, como me sugirió hace poco mi querido amigo Fernando, nos daremos cuenta de que, de nuevo, somos aquellos que fuimos, de que todo lo vivido sigue latiendo en nuestro interior. ¡Hasta siempre Robin Gibb!

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