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Blog de Dolors Colom Masfret. Plusesmas.com

Directora Científica del Master Universitario de Trabajo Social Sanitario. Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Profesora asociada del Grado de Trabajo Social. Universidad de Barcelona (UB). Directora de la revista Agathos, atención sociosanitaria y bienestar.

Treinta años después de la muerte del pintor Joan Ponç, Mar, su esposa, recuerda al genio amigo de los diablos

martes, 23 de diciembre de 2014

Este año 2014 se han cumplido treinta años de la muerte Joan Ponç, el pintor amigo de los diablos que encandila e inquieta a los amantes, también detractores, de su obra. Fue en Saint-Paul-de-Vence, el 4 de abril de 1984 cuando Joan Ponç se desplomaba y exhalaba su último aliento. Junto a él, íngrima, su esposa Mar Corominas se desfondaba. El mundo también se hundió para ella que sin saberlo entonces, a sus pies empezaban a abrirse los suelos por cuyas grietas brotarían inmediatamente las dificultades en exceso.

Joan Ponç, aquel «volcán activo» cuyas pinturas desbrozaron para observadores mundanos, lo inalcanzable de los diablos, dejó infinitos trazos de lo indecible. El «volcán activo» se tornó «volcán durmiente» dejando sus quimeras sembradas para la posteridad. La ausencia llenó el vacío en donde sus huellas habitaban y sus demonios quedaban, por siempre más, atados a los lienzos. Cualquier posibilidad se extinguió a la muerte del pintor. Con cincuenta y siete años de incesante creación, con la muerte de Ponç, el mundo del siglo XX heredaba una de las obras pictóricas más extensas y valoradas. Su esposa, Mar, con quien pasó los últimos quince años de su vida, su asidero constante cuando las fuerzas le flaqueaban, contra vientos y mareas, daría continuidad, una vez más, pero esta vez en solitario, a los deseos del genio muerto.

De vez en cuando, imagino el alma de Ponç regresar a su estudio, allá donde lindando con el barranco, se precipita la ladera de tierra y piedras, allá donde descansan interrumpidos sus sueños. Los verdes estacionales se suceden año tras año mientras él, ajeno, se va eternizando. El olvido no ha logrado alcanzarlo, sus diablos lo enfrentan en el mundo invisible, su esposa Mar, lo enfrenta en el mundo visible. Joan Ponç ya es obra poética y pictórica. Y sigo imaginando las noches, el silencio habitando el lugar donde yace su cuerpo y su alma pletórica, atestiguando la inmortalidad de su legado, paseando gozosa por los lugares donde se expresó.

La vida permitió a Ponç crear una obra única porque escogió el camino de la originalidad, no el de la imitación. Ante un cuadro de Joan Ponç uno no necesita ver la firma, sabe que está ante un cuadro de Ponç. Sus imitadores, que los tuvo, conjeturo que no aguantaron el peso de lo que significaba imitarlo, sospecho que fueron aplastados por la imposibilidad de impresionar nada parecido, nada capaz de desatar las mismas emociones y vivencias. Los diablos estaban con Ponç. Es imposible imitar a los genios. Al final, los imitadores se rindieron y siguieron otro camino, desconozco si encontraron el suyo o se engarzaron con el de alguien más asequible.

El pasado 11 de diciembre casi todos los medios de prensa escrita, en sus páginas de cultura se hacían eco de las palabras de su esposa, Mar Corominas, pronunciadas en el encuentro con la prensa en el salón de su casa: «es preciso promover una gran exposición de Joan Ponç, grande, no por el número de obras sino por la grandeza e importancia de las mismas». Fue allí en aquel espacio íntimo, en donde el pintor asomaba por las fotos de las estanterías que los vi juntos de nuevo. Fue allí en donde algunas de sus obras estaban expuestas que me asomé a ese mundo de creación dolorosa que se fue. Y sin darme cuenta me perdí por alguno de los puntos de la tela que conducen al infinito. El 28 de noviembre Joan Ponç habría cumplido 87 años, o sea, un niño.

Al terminar el texto, leo en prensa que hoy se cumplen treinta años de la muerte del poeta Vicente Alexandre. Y ya es Navidad, disfruten y pasen tiempo con los suyos, la vida se va yendo.

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