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Blog de José Luis Sampedro. Plusesmas.com

Experto en genealogía

LA ORDEN DEL TOISÓN DE ORO (IV)

viernes, 11 de febrero de 2011

Durante los reinados de los Monarcas de la Dinastía de los Habsburgo en España (impropiamente autodenominados Casa de los Austria) el Toisón fue otorgado a un buen número de personajes de relevancia y las actividades de la Orden siguieron su curso natural, con algunas modificaciones sin especial importan¬cia, manteniendo inalterado su prestigio y brillantez. La sobria apariencia de Felipe IV no quiso prescindir de tan ilustre emblema aunque, como dijera el eximio Manuel Machado:
"Sobre su augusto pecho generoso
ni joyeles perturban ni cadenas
el negro terciopelo silencioso".
En el auge de la sociedad barroca, el áureo cordero se convirtió en un símbolo característico de la Monarquía Hispánica, pero la Monarquía Hispánica no es sólo un conjunto de estados regidos por un Soberano que, casualmente, vinculase en una unión personal bajo su autoridad unos territorios extensos. La Monarquía Hispánica era un conjunto de medios humanos y materiales de muy diversa procedencia ligados por una misión común, religiosa, política y social.
No se trataba de sojuzgar bajo los intereses materiales de Castilla, o de España, al resto de las posesiones de la Dinastía. Los Habsburgo entendían que esta misión era mantener, extender y defender el modelo católico de sociedad. La consecución de un espacio seguro en el Mediterráneo, infectado de piratas protegidos por el turco, y la recuperación para la cristiandad de los territorios ocupados por el Islam, eran tarea fundamental para este fin. Se añade a todo ello la propagación de la Fe católica en las posesiones de ultramar y todo ello nos dará un esfuerzo comparable a los trabajos de Hércules; Hércules, uno de los argonautas, fue presentado por los genealogistas como antepasado de la Dinastía, a través de complejos árboles que pasaban por Príamo y la Casa Real de Troya, hasta llegar a los francos y, de ellos, a los primitivos Habsburgo. Por todo ello, Carlos II, perdidas ya las esperanzas de engendrar un heredero, encargó a Lucas Jordán una representación simbólica referente al Toisón para decorar el Salón del Trono del Palacio del Buen Retiro. Toda la Mitología se convierte así en una especie de gran testamento dinástico mediante el que Carlos II explica a su sucesor, Felipe V, que la Monarquía Hispánica ha de seguir su propio destino centenario.

Esta tarea hercúlea es el reflejo de la restauración por Jasón y los argonautas del orden alterado antes de su expedición, y Carlos II considera como un todo la herencia española y borgoñona por él custodiada. No sólo el causante, también el heredero lo entendía así. Luis XIV, abuelo del Duque de Anjou, nuevo Rey Felipe V de España, no reclamó la Jefatura del Toisón para su nieto mayor, al que, tras la batalla de Nimega, concedió, (como nos recuerda el Duque de Maura) el título de Duque de Borgoña, sino que la respetó en la línea española de su segundo nieto. De haberse seguido la línea de la Casa Real Francesa, hoy sería Soberano del Toisón el Infante Don Carlos, Jefe de la Casa Real de las Dos Sicilias, como descendiente primogénito, por su madre, Doña Alicia de Parma, de la hermana del Conde de Chambord.

La extinción de los Austria varones en España, en 1700, con el citado Carlos II, planteaba numerosos problemas de toda índole. El Rey, antes de morir, designó sucesor, porque le correspondía genealógicamente tal condición, al antes citado Duque de Anjou, nieto de su hermana Mª Teresa y bisnieto de su tía Ana. Contra esta designación, completamente acorde con el derecho legítimo, levantaron sus banderas, fundamentalmente, el Imperio (regido por los Habsburgo descendientes por línea de varón del Emperador Fernando, hermano de nuestro Carlos I) y los ingleses y holandeses que no podían tolerar impasibles, lógicamente, la alianza que suponía el que España y Francia estuviesen regidas simultáneamente por sendos príncipes de una misma Dinastía.

En el interior, el modelo francés unificador era rechazado por las clases más pudientes de los reinos foralistas (Aragón, Cataluña, Baleares y Valencia, fundamental¬mente) que se pusieron claramente de parte del Archiduque Carlos (Carlos III para ellos) también descendiente de Felipe IV por línea femenina, pero de peor derecho dinástico que el nuevo Felipe V de España.

La Guerra, internacional y civil, duró trece años y su fin significó el asentamiento de los Borbón en España con la aquiescencia final de las potencias implicadas a cambio de la renuncia coaccionada (y contraria al Derecho Dinástico francés tradicional) del derecho de los descendientes de Felipe a la Corona de Francia, a fin de evitar una posible unión de ambos reinos. Por su parte, el Archiduque perdió gran parte de su interés por haber recaído en él la titularidad del Imperio, donde reinó como Carlos VI.

Los diversos tratados con los que se selló la nueva situación de 1713, reconocían que Carlos VI podía usar, mientas viviese, a modo de pretensión, los títulos referentes a la Corona de España. Nada se decía expresamente del Toisón; de hecho se respetarían las nominaciones de caballeros de la Orden por él realizadas y, a su muerte, debería quedar la rama española como única titular.

Pero los Habsburgo, haciendo caso omiso de estas previsiones, y alegando un irrelevante derecho fundado en la descendencia por varonía de Felipe el Hermoso, siguieron ejerciendo por su cuenta la Soberanía de la Orden, pese a las protestas de la Casa de España y de sus Embajadores.

Además, parte del archivo y el rico tesoro de la Orden quedaron físicamente en poder de los Habsburgo y aún hoy puede admirarse en Viena, a pesar de las reclamaciones formuladas por el Rey Don Alfonso XIII desde 1919, una vez caído el Imperio Austro-Húngaro, hasta su propio exilio en 1931.

Es el caso que la situación de hecho a la que se llegó, sin ningún acuerdo escrito que la oficializase, es que había UNA Orden del Toisón de Oro cuya Soberanía se arrogaban DOS personajes, el Rey de España y el Jefe de la Casa de Austria, sin que ninguno de los dos reconociese al otro como tal, pero actuando de manera que se aceptaban recíprocamente los respectivos nombramientos de caballeros.

Las formas se cuidaban de tal manera que, en los inevitables intercambios de dignidades entre ambas Dinastías, los Monarcas españoles otorgaban la Orden de Carlos III a los austriacos y éstos correspondían con la de San Estaban. Cuando un caballero del Toisón nombrado por cualquiera de los dos jefes de hecho intentaba ingresar nuevamente por concesión del otro, se le contestaba que no era posible dado que ya era miembro de la otra rama; así ocurrió cuando Luis II de Baviera, el famoso Rey Loco, ya caballero del Toisón austriaco, hizo saber su interés en que Alfonso XII le otorgase el español. Luego veremos que esta situación ha cambiado muy recientemente, al menos desde el punto de vista de nuestra Patria.

Debe reconocerse, sin embargo, que la Casa de Austria mantuvo la tradición y la pureza de los estatutos en grado bastante mayor que lo hizo nuestra Dinastía, como ahora veremos. Finalizaremos esta alusión a lo que podríamos llamar el Toisón austriaco señalando que cuando estas líneas se escriben, 1995, no queda claro si el jefe de esa rama es el Archiduque Otto, como generalmente se acepta, o su hijo primogénito, Karl, en quien en un momento dado, y por motivos coyunturales, renunció sus derechos dinásticos. Creemos que sólo se refería a los relativos a la Corona de Austria y que el Toisón, como herencia genuinamente borgoñona, no se incluía en esta renuncia.

Pero volviendo al desarrollo de la Orden bajo la Soberanía de nuestros Reyes de la Dinastía Borbónica señalaremos el gran aprecio que hacia ella demostró Don Felipe V y lo claramente que había prendido en la Casa de Francia la idea de que el Toisón estaba indisolublemente unido a la Corona de España hasta el extremo que, desde la Paz de las Damas (1529), Francisco I de Francia y sus sucesores, aún ejerciendo efectivamente el poder sobre la base territorial del antiguo Ducado de Borgoña, no intentaron reivindicar la Soberanía de la Orden por este motivo; más aún, en dicho tratado se reconocía al Rey de España la utilización del título de pretensión de Duque de Borgoña y, expresamente la Soberanía del Toisón. Los Reyes de Francia aceptaron los toisones concedidos por los de España, pese a ostentar la primogenitura genealógica de la Casa de Borgoña, pues la Corona de Francia era incompatible con los derechos dinásticos dimanados del Ducado borgoñón, aunque este título se usó por el nieto primogénito de Luis XIV, como ya hemos dicho en párrafos anteriores.

No obstante, Felipe V mantuvo aún cierta diferenciación entre su papel de Rey de España y de Jefe de la Orden en el momento (1724) de abdicar la Corona española en su hijo primogénito, convertido así en Luis I. Esta abdicación estaba motivada por el interés en convertirse en Regente de Francia durante la minoría de Luis XV y, en su caso, en sucesor de éste si moría sin hijos, como fácilmente podía acaecer; y todo ello, fijémonos bien, sin que le detuviesen los tratados internacionales con los que culminó la Guerra de Sucesión (Utrech y Viena, fundamentalmente).

Para lo que nos interesa en relación con el Vellocino de Oro, Felipe V acordó, con buen criterio, levantar el juramento de fidelidad que le habían prestado los caballeros del Toisón para que pudieran prestársela al nuevo Soberano. Ello significa que no estaba afianzada aún plenamente la identificación de la Soberanía de la Orden con la titularidad de la Corona de España. De igual manera había actuado el César Carlos al abdicar en 1555; y Felipe II, al ceder en 1598 condicionalmente la soberanía de los Países Bajos a su yerno el Archiduque Alberto y a su hija Isabel Clara Eugenia, señaló expresamente que se reservaba para sí el Toisón, independientemente de la base territorial otrora perteneciente a Borgoña.

Curiosamente, los planes de Felipe V se truncaron y quien falleció no fue Luis XV sino su propio sucesor en España, Luis I, muerto de viruelas tan sólo seis meses después de ceñir la Corona, por lo que él mismo la recuperó. Sus sucesores, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV mantuvieron la regia estima hacia la Institución que estudiamos, aún cuando el dicho Carlos III fundase la Orden de su nombre, a la que, creemos importante subrayarlo, se llamaba expresamente ESPAÑOLA (Real y Distinguida Orden Española de Carlos III), quizás para diferenciarla de la borgoñona del Toisón, de la bizantina de San Jorge y de la napolitana de San Genaro, todas ellas tan vinculadas al Rey de España.

No es este momento de profundizar en las causas de la crisis de 1808, pero sí veremos con algún detalle las consecuencias que tuvo para la Orden. En primer lugar hemos de señalar que, en los momentos anteriores de amistad con Napoleón, Carlos IV le concedió el Toisón, junto a ciertos personajes de su entorno. Terminada la contienda, repuesto Fernando VII en el trono de sus mayores, estos nombramientos fueron anulados y, dice Cárdenas de Montehermoso, arrancadas las correspondientes páginas de los libros registro de la Orden. Quedó a salvo de esta medida Eugenio de Beauharnais, hijo de la Emperatriz Josefina, hijastro de Napoleón, y uno de los personajes mejor considerados, con rara unanimidad, por los historiado¬res.

José I, Rey intruso, declaró abolidas las Ordenes nacionales de Carlos III y de Mª Luisa, en 1809, pero exceptuó de esta medida al Toisón. En su creencia de que le correspondía su jefatura por el mero hecho de ser el Rey de España, lo ostentó junto a la Orden Real de España, que él mismo había creado, y puede comprobarse en sus retratos oficiales esta ostentación. Los toisones por él designados no fueron, lógicamente, ratificados por Fernando VII ni por ninguna otra persona.

Como curiosidad anecdótica y ejemplo de megalomanía, expondremos a continuación algunos detalles acerca de una Orden creada por Napoleón I con el nombre de Orden de los Tres Toisones, cuyos datos fundamentales tomamos de André Damien.

Después de la batalla de Wagram, el Emperador concibió la creación de una condecoración, a modo de Orden, puramente militar, promulgando su constitución por Cartas patentes dadas en el Palacio de Schönbrunn, cercano a Viena, el 15 de agosto de 1809. Excepcionalmente podía conferirse a los grandes dignatarios del Imperio y a ciertos altos cargos, como el Presidente del Senado, pero sus destinata¬rios eran combatientes que hubiesen sido heridos por tercera vez. Se preveían cien grandes caballeros, cuatrocientos comendadores y mil caballeros. Fuera por las presiones de los caballeros de la preexistente Legión de Honor, por las críticas al sistema de propuesta o por convertirse en yerno del Emperador de Austria por su matrimonio con la Archiduquesa Mª Luisa, lo cierto es que Napoleón abandonó este proyecto sin realizar ningún nombramiento. El 27 de septiembre de 1813 la Orden de los Tres Toisones de Oro y sus bienes fueron unidos a la Legión de Honor. En el Museo de las Ordenes de París queda como recuerdo de este frustrado proyecto una pomposa vidriera apócrifa, de principios del siglo XX, representando al efímero Napoleón II en una imposible pose de coronación, efecto de la pasión bonapartista desatada con motivo del centenario del I Imperio. La cartela del retrato se refiere al desdichado Rey de Roma como Gran Maestre de la Orden Imperial de los Tres Toisones. Estos tres vellocinos significaban el austriaco, el español y un tercero que se creaba. En cualquier caso, esta fantasía napoleónica no significó la desaparición del verdadero Toisón de Oro.


Por su lado, durante la Guerra de la Independencia, los poderes provisiona¬les que rigieron la España no sojuzgada por los franceses hicieron concesión del vellocino, ratificada por el Deseado a su vuelta del exilio, al Duque de Wellington, generalísimo de los ejércitos aliados, primer anglicano admitido por la rama española del Toisón. El Emperador de Rusia, ortodoxo, el Rey de Prusia, luterano, y otros muchos personajes de confesión distinta a la católica significaron una primera modificación del espíritu de los estatutos fundacionales. En este punto se llegó al extremo al concederse en 1870 a los soberanos de Turquía y Túnez, ambos mahometa¬nos, contra cuya religión expansionista se pensó la creación de la Orden. No obstante lo cual, aún en 1814, se mantenían ciertas esencias del espíritu originario de los estatutos, pues se llegó a anular el nombramiento por el que se agració al Regente británico, luego Jorge IV, ya que había obtenido el Toisón austriaco, pese al problema que planteaba en esta rama el no profesar la Fe católica. Se iba imponiendo, sin embargo, cada vez más la idea de que la Orden de los Duques de Borgoña era, en realidad, una distinción otorgada por el Estado español. El proceso se agrava a partir de 1833, cuando fallece el Soberano, Fernando VII , y le sucede una mujer, su hija Isabel II. Según los estatutos debía haber sido declarado Soberano del Toisón su esposo, Don Francisco de Asís y, antes de celebrarse este matrimonio, si se hubiesen respetado las previsiones del fundador, haber constituido un a modo de Regencia de la Orden.

No sólo no se hizo nada de esto, sino que se dictaron sendos Decretos, en 1847 y 1851, por los que se regulaba su concesión como si de una condecoración estatal española se tratase por lo que, caída la Monarquía de Isabel II en 1868, el General Serrano, como Regente del Reino, y Amadeo I siguieron otorgándola; Amadeo I, sin vinculación efectiva en su carácter de Rey de España con la Dinastía de Borgoña. Si se hubiese consolidado la Dinastía de Saboya en el Trono de España y los Borbón hubiesen continuado en el exilio, se habría dado la paradójica situación del nacimiento de otra Orden del Toisón: Isabel II y sus descendientes exiliados, como herederos de la Casa de Borgoña, bien que contestados por la Casa de Austria, lo habrían ostentado y otorgado, mientras que Amadeo I y sus sucesores, en cuanto que Reyes de España, actuarían de igual manera con una condecoración estatal española de igual apariencia formal y nombre que la creada por Felipe el Bueno.

Suprimida por la I República en 1873, no fue expresamente restablecida en 1875, con la Restauración borbónica en la persona de Alfonso XII, por lo que no queda claro si los Decretos de 1847 y 1851 afectan a la Orden a partir de esta fecha, aunque se siguen innovando las prácticas seculares de su concesión y desarrollo. Parece que Alfonso XII hubiese tomado un cierto interés en la recuperación del ceremonial primitivo del Toisón, quizás movido por su matrimonio con una Archiduquesa de Austria y por su estancia en aquél Imperio como alumno en el Theresianum de Viena durante su adolescencia en el exilio. Tras su prematuro fin, su hijo Alfonso XIII innovó algunos usos, como la práctica de nombrar caballeros a los Infantes, sus hijos, no en el momento del Bautizo, como venía siendo lo habitual en la Corte de España, sino con ocasión de ciertos eventos: así, los Infantes Don Juan y Don Gonzalo no ingresaron en la Orden hasta 1927, con motivo de las bodas de plata de su augusto padre con el ejercicio efectivo de la Realeza. Entre las anécdotas vinculadas a la Orden del Toisón durante este reinado citaremos el que la cadena del collar lucido por Alfonso XIII el día de su boda, en 1906, resultó rota en el atentado de Mateo Morral y uno de sus eslabones, como relicario, depositado por la Infanta Doña Paz en el santuario bávaro de Nuestra Señora de Alftting.

Caída la Monarquía nuevamente en 1931, la II República se apresuró a declarar otra vez extinguida la Orden del Toisón y Don Alfonso XIII, su Soberano, no concedió públicamente ninguno en el exilio (aunque algunos dicen que en 1938 lo otorgó a su nieto, el hoy Rey Don Juan Carlos I, en su Bautizo).

Las vicisitudes de la Familia Real en el destierro afectan en gran medida a la Insigne Orden. En 1933, el Infante Don Jaime, segundo hijo varón de Alfonso XIII, renuncia, por su condición de sordomudo -que, presuntamente, le imposibilitaba para el ejercicio de la Jefatura de la Causa Monárquica- a sus derechos a la Corona de España (renuncia que fue revalidada por el propio Infante posteriormente de forma expresa en diferentes ocasiones). Realizada estando aún soltero y sin hijos, esta renuncia haría pasar los Derechos de Sucesión al tercer hijo varón, el Infante Don Juan, que se convirtió así en el Príncipe de Asturias. En 1941, poco antes de su fallecimiento, Alfonso XIII abdicó en el dicho Don Juan, quien se convertía, para los monárquicos, en Rey de España en el exilio, conociéndosele en la Historia, a falta de efectiva proclamación, como Conde de Barcelona, título de Soberanía que adoptó y conservó hasta su muerte.

En 1960 se publicó un curioso libro, original del Marqués de Cárdenas de Montehermoso, en el que se defendía la tesis de que el Infante Don Jaime sólo había renunciado a sus derechos a la Corona de España, pero no lo había hecho a los del Ducado de Borgoña y a la Soberanía del Toisón, reabriendo así la vieja polémica de si iban unidas o no la Corona de España y la jefatura de la Orden borgoñona. No se tenía en cuenta, como recuerda el Barón de Pinoteau, que el Infante Don Jaime, con mucho fundamento, se decía Jefe de la Casa Cristianísima de Francia, y que la Corona del país vecino, según la Paz de las Damas de 1529, reconocía la Soberanía del Toisón en el Rey de España, como hemos recordado al hablar de la venida a España de Felipe V en 1700. En cualquier caso, Don Jaime otorgó varios toisones a personajes que le eran afectos de la nobleza francesa, como el Duque de Beauffre¬mont, a otros de la realeza que admitieron el nombramiento sin prejuicio ninguno, como el Príncipe Irakly de Georgia, y a personalidades más chocantes, como astronautas norteamericanos.

Posiblemente para reafirmar su convencimiento de que la Soberanía del Toisón iba aneja a la titularidad de la Corona de España, el mismo año de la aparición del libro de Cárdenas, 1960, el Conde de Barcelona otorgó el Vellocino de Oro al Rey Balduino de los belgas, con motivo de su matrimonio con la española Doña Fabiola de Mora. En la misma ocasión, el General Franco otorgó al Monarca belga el Collar de la Orden de Isabel la Católica; Balduino lució el Toisón durante el baile que la noche anterior a sus nupcias ofreció en el Palacio Real de Bruselas, mientras que en las ceremonias civil y religiosa optó por ostentar el collar otorgado por el Caudillo.

En los años inmediatamente siguientes, Don Juan concedió esta dignidad a su consuegro, el Rey Pablo de los helenos, y al Duque Roberto de Parma, hoy fallecidos, al Rey Constantino II y al hoy Infante de España Don Carlos, Duque de Calabria y Jefe de la Casa Real de las Dos Sicilias, auténtico primogénito del fundador Felipe el Bueno, según ya hemos señalado.

Intentando un acercamiento conciliador al Jefe del Estado, el Conde de Barcelona escribió en 1961 a Francisco Franco ofreciéndole tan preciado galardón. El Generalísimo le contestó declinando tal honor, con lo que evitaba reconocer en Don Juan ningún tipo de Soberanía, y aconsejándole que se asesorase históricamen¬te. Poco después, en 1964, Franco comentó con su primo y ayudante, Franco Salgado Araújo, las recientes concesiones del Toisón por parte de Don Juan al Duque de Calabria y al de Parma. Influido seguramente por las tesis de Cárdenas de Monteher¬mo¬so, el Caudillo manifestaba a su primo su convencimiento de que Don Jaime ostentaba la Jefatura de la Orden. Como curiosidad anecdótica marginal señalaremos que la Gran Cruz Laureada de San Fernando, impuesta a Franco en 1939 por el General Varela, fue regalada por Don Alfonso XIII y era la que su padre, Alfonso XII, recibió del General Espartero, antiguo Regente del Reino, cuando el Soberano le visitó en su retiro de Logroño.

Dado que en su carta, antes mencionada, el Conde de Barcelona afirmaba que era su deseo que el General Franco fuese el PRIMER español por él agraciado con tan alto galardón, parece que el ingreso del hoy Rey de España debió de producirse por nombramiento de su abuelo Alfonso XIII, posiblemente en el momento de su Bautizo, aunque en diversas ocasiones se ha citado como tal fecha de nombramiento la de 1941, ya fallecido Don Alfonso XIII, sin que haya mediado aclaración oficial alguna al respecto.

Por el gran interés que tienen las cartas cruzadas en este momento entre el entonces Jefe de la Casa Real de España y el Jefe del Estado, reproducimos a continuación íntegramente el texto de ambos documentos:

A S.E. el Generalísimo Don Francisco Franco, Jefe del Estado
Madrid
Mi querido General:
Al cumplirse los 25 años del acceso de Vuestra Excelencia al Poder tengo verdadera satisfacción en hacerle llegar mis más sinceros votos por su salud, dichosamente conservada en medio de tantas preocupaciones y trabajos patrióticos, y por su felicidad personal en unión de su familia.
Cuantas consideraciones de índole política pudiese yo añadir en esta ocasión quedaron ampliamente expresadas en la última carta que con motivo del 25 aniversario del Alzamiento tuve el gusto de escribir a V.E.
Le supongo enterado por el representante de España en Atenas de lo felizmente que se desarrollan los acontecimientos relacionados con el anuncio de la boda del Príncipe de Asturias.
Tengo la certeza de que este matrimonio, que ha sido acogido con expresiva cordialidad por todas las Cortes europeas y las Cancillerías del mundo occidental, será un servicio a nuestra Patria, beneficiando al creciente prestigio internacional de la España de hoy y asegurando para el futuro la continuidad de la Dinastía, que era asunto que me preocupaba hondamente desde la desgra¬ciada muerte de mi hijo el Infante Don Alfonso (q.e.p.d.)
Quiero ahora hablar a V.E., muy confidencialmente, de un asunto que por referirse a nuestras relaciones personales considero de verdadera importancia.
Cuando, por decisión propia, el Duque de la Torre cesó en el cargo de Preceptor del Príncipe de Asturias, algunas personas me propusieron que, como expresión de mi estimación y gratitud por los servicios prestados, le concediese el Toisón de Oro. Entonces contesté que, sin entrar a discutir los merecimientos del Duque de la Torre, yo no podía acceder a esta propuesta porque tenía firmemente decidido que el primer español a quien yo otorgaría el Toisón habría de ser al Generalísimo Franco.
Desde que se divulgó este propósito mío he recibido ya en varias ocasiones la indicación de que debería conceder el Toisón a V.E. y ahora deseo explicarle con toda sinceridad por qué no he aceptado esas sugestiones.
Siendo este honor la única cosa digna de su persona que las circunstancias me permiten ofrecer a V.E., no he querido, en modo alguno, que nadie suplantase mi libre iniciativa, con criterios personales cuya buena fe no discuto, pero que pueden estar inspirados en la preocupación de aparentar servicios a uno y a otro.
Precisamente por ser este honor -como ya he dicho- el único que hoy en día está en mi mano ofrecer a V.E., yo deseo que si V.E. se digna aceptarlo tenga un carácter más personal que político, siendo la expresión del reconocimiento por parte de la Dinastía de los altos servicios prestados por V.E. a España a lo largo de toda su vida de soldado y de hombre público. Desearía que en este homenaje se acumulen los merecimientos de sus campañas de Africa durante el reinado de mi Padre, que le expresó su amistad apadrinándole en su boda; los del General victorioso en una guerra que más que civil lo fue contra el comunismo interna¬cional, y, finalmente, la gratitud al gobernante que en medio de las necesidades de la táctica política para lograr la permanencia del Poder y luchando con la falta de visión de quienes sólo se preocu¬pan de la perduración de situaciones personales, ha sabido permanecer insobornablemente fiel a los ideales monárquicos de toda su vida marcando con firmeza, en este sentido, la ruta del futuro inmediato de España.
El acontecimiento familiar de la boda del Príncipe de Asturias, que yo desearía se matizase prudentemente con caracterís¬ticas nacionales, me parece ser la oportunidad que yo aguardaba para la realización de este espontáneo deseo mío, y espero que si V.E. encuentra acertado cuanto le expreso en la presente carta, tendremos oportunidad, cuando llegue el momento, de ponernos de acuerdo para que todo se haga de la manera más conveniente y provechosa al servicio de España.
Con saludos para su familia, reciba un cordial abrazo de su afmo.
Juan

Estoril, 27 de septiembre de 1961.


Palacio de El Pardo, 31 de octubre de 1961

A S.A.R. Don Juan de Borbón.
Mi querido Infante:
Oportunamente recibí su carta de 27 de septiembre con motivo del XXV aniversario de mi elevación a la Jefatura del Estado, y mucho le agradezco su felicitación y recuerdo en esta fecha para mi tan señalada. Si con este motivo se ha exteriorizado la gratitud del pueblo por los servicios que le he podido prestar, ha sido paralela la mía por la asistencia y la confianza que aquél me ha venido ofreciendo en estos veinticinco años, que son muestra de su nobleza y grandes virtudes, y que destruye la leyenda de que nuestra Nación sea un pueblo ingobernable cuando se pone todo el celo y el interés en servirle.
Nuestras Representaciones en Lisboa y Atenas me han tenido al tanto del desarrollo de los acontecimientos relacionados con la formalización de las relaciones del Príncipe Don Juan Carlos con la Princesa Sofía de Grecia, que tantas simpatías ha despertado y que por las prendas y virtudes de la elegida es de esperar que pueda hacer la felicidad del Príncipe y sea fuente de satisfacciones para el futuro.
Existe, sin embargo, en este matrimonio un aspecto que debo encareceros, que es el relacionado con la conversión de la Princesa a la fe católica y el de la ceremonia religiosa del enlace, pues lo que en este orden pudiera satisfacer a la nación griega, seguramente causaría efectos contrarios en la nuestra. Me llegan noticias de que, pese a la noticia que me disteis desde Suiza de que la cuestión religiosa estaba resuelta, algún cabo suelto ha debido quedar, cuando al parecer en Atenas se mueven el Primado cismático Teóclito y la Reina Federica pretendiendo que la ceremo¬nia religiosa de la boda se celebre ante el Sínodo de la Iglesia griega. He querido preveníroslo por los efectos desastrosos que de tener esto verosimilitud pudieran causar en nuestra Nación.
En cuanto al otro asunto que confidencialmente me exponéis en relación a vuestros proyectos sobre el Toisón, yo agradezco en su valor la estimación que hacéis de mis servicios a la Nación y a la causa de la Monarquía, al querer honrarme con tan preciado galardón, que por distintas razones estimo no es conve¬niente y no podría aceptar. En este orden creo debierais pedir información histórica sobre la materia.
Respecto al Duque de la Torre, mucho me alegra el aprecio que hacéis de sus servicios al lado del Príncipe D. Juan Carlos, y desearía que mi resolución no altere lo que en cuanto a él encon¬tréis más acertado, dentro de lo que estiméis vuestra potestad. De todas maneras, y por si tuvieseis otra idea, quiero poner a vuestra disposición mi firma para que, a indicación vuestra, pudiera serle concedido en su caso cualesquiera de los Collares de las Ordenes españolas existentes en la Nación.
Con mis saludos para su familia, reciba la expresión de afecto de su amigo, que le abraza,
FRANCISCO FRANCO


En 1972 el hijo y heredero de Don Jaime, Don Alfonso de Borbón Dampierre, casó, como es bien sabido, con la nieta primogénita del Caudillo, Doña Mª del Carmen Martínez-Bordiú y Franco; para solemnizar este enlace matrimonial, el Infante Don Jaime decidió conceder el Toisón de Oro a su primogéni¬to y al propio General Franco. Este, al igual que hiciera años antes con el ofrecimiento de Don Juan, declinó el honor recibido y devolvió al Infante el estuche con las insignias, sin lucirlas jamás. Por su parte, Don Alfonso tampoco quiso ostentarlas, provocando, según manifestó él mismo personalmente, un profundo disgusto a su padre.

En cualquier caso, cuando falleció en 1975, Don Jaime no había renunciado a ninguna de sus pretensiones francesas, españolas (incluyendo la herencia carlista) o borgoñona, pero su heredero Don Alfonso, Duque de Cádiz y Alteza Real en España desde 1972, sólo mantuvo seria y eficazmente las primeras, titulándose Duque de Anjou, dignidad que, a su desaparición, heredó su hijo, Don Luis Alfonso de Borbón y Martínez-Bordiú. Citemos aquí lo dicho al respecto por el propio Duque de Cádiz en sus Memorias, tal y como las publicó el semanario "HOLA" en 1983:

"Aún estando de acuerdo con mi padre en cuanto a que la Orden del Toisón de Oro es en su origen una Orden exclusivamente familiar, creo también que, con el tiempo y por su historia, se ha convertido en una Orden de Estado y que en este sentido debe estar unida exclusivamente a quien ostente, de forma personal y de hecho, la titularidad de la Corona. Así, el Rey de España deberá ser siempre su Soberano"

En cuanto a Don Juan, cesaron los nombramientos en 1964 y, después de la subida al Trono de su hijo Don Juan Carlos, en 1975, no se produjeron nominacio¬nes por parte del nuevo Rey hasta después del 14 de mayo de 1977, fecha de la renuncia de sus derechos por el Conde de Barcelona, pareciendo claro que los interesados aceptaban en esos extraordinarios momentos la postura de entender separada, en buena lógica, la Soberanía del Toisón y el efectivo ejercicio de la realeza en España. A poco de producirse la renuncia del hasta entonces Jefe de la Casa Real, su hijo el Rey Don Juan Carlos concedió el collar a su antiguo preceptor Torcuato Fernández Miranda en el momento en que éste cesó como Presidente de las Cortes, en junio de 1977. El nuevo Duque de Fernández Miranda eligió tan preciada insignia como única distinción ostentada en la solapa de su chaquet en el retrato oficial pintado por Félix Revello de Toro con destino a la Galería de Presidentes de las Cortes del Palacio de la Carrera de San Jerónimo.

Tanto en el caso del Duque de Fernández Miranda como en el del Marqués de Mondéjar, también agraciado con el ingreso en la Orden en 1977, los respectivos nombramientos no aparecieron refrendados por el Presidente del Gobierno al no publicarse en el Boletín Oficial del Estado, por ser órdenes comunicadas de Su Majestad. El Marqués de la Floresta, en reciente y documentada conferencia sobre este mismo asunto, sostiene, creemos que con fundamento, que esta es la posición más correcta, encuadrando el desarrollo de la vida de la Orden en el artículo 65 de la Constitución de 1978, en el que se determina que el Rey dispone libremente en lo referente a la organización de su Casa. Cesaría así la conceptuación, que creemos injustificada, de la Insigne Orden como una mera condecoración nacional en cuya concesión ha de intervenir el Gobierno del Reino de España, totalmente ajeno a una distinción nacida en el Ducado de Borgoña.

La práctica posterior a la promulgación de la Carta Constitucional ha sido, no obstante, la del encuadramiento rígido del Toisón a la cabeza de las Ordenes y condecoraciones estatales netamente españolas, publicándose los nombramientos en el Boletín Oficial del Estado, en español (no en borgoñón como mandan los estatutos, práctica seguida en el exilio por el Conde de Barcelona), y refrendándolos el Presidente del Gobierno, figura, insistimos, totalmente ajena a la Institución.

Otra importante alteración de los estatutos sobrevino en 1985: la Reina de los Países Bajos, Beatriz, recibió el collar, no sabemos si como caballero (como se denomina a las damas que ostentan la Legión de Honor o la Orden de Leopoldo, de Bélgica). Parece que quiso significarse, con este y otros actos protocolarios durante la visita oficial a España de esta Soberana, un radical cambio de actitud hacia las tópicas interpretaciones de la actuación en los Países Bajos de dos caballeros del Toisón: Felipe II y el célebre Duque de Alba.

Tras la Reina holandesa ingresaron en la Orden las otras dos soberanas por su propio derecho que hay en Europa, Margarita II de Dinamarca e Isabel II del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Los nombramientos hechos por Don Juan Carlos demuestran la alta estima en la que tiene esta muestra de su aprecio, pues se ha limitado a conceder el prestigioso collar a eximios servidores de la Monarquía (el actual Marqués de Mondéjar y los ya difuntos Don Torcuato Fernández Miranda, Don José María Pemán y el anterior Duque de Alburquerque); junto a ellos sólo lo ha otorgado al Príncipe de Asturias y a los Monarcas reinantes del mundo casi en su totalidad: las antes citadas soberanas titulares de los Países Bajos, Dinamarca y Gran Bretaña, el Rey de Suecia, Olav V de Noruega, el Rey Hussein de Jordania, el Emperador Aki-Hito del Japón (cuyo collar extraviado fue recientemente motivo de desgraciada actualidad para la Orden), el Gran Duque Soberano Juan de Luxemburgo y el Rey de los belgas, Alberto II. Los casos de estos dos últimos son bien notables pues representan la última gran innovación por parte española en los usos del Toisón de Oro: ambos soberanos han recibido sendos nombramientos oficiales del Rey de España cuando tanto el uno como el otro ya habían recibido con anterioridad tal merced del Archiduque Otto, Jefe de la Casa de Austria. Significa ello que, en la realidad, deja de haber UNA ORDEN con DOS RAMAS para oficializarse la idea, quizás más coherente, de entender que hay DOS ORDENES del Toisón de Oro, ignorando la encabezada por el Rey de España lo actuado por el Pretendiente austriaco, por serle indiferente, con buen criterio, según nuestro parecer. El hecho de que los interesados manifiesten su aceptación del vellocino español cuando ya ostentaban el correspondiente a la otra rama avala esta tesis demostrativa del prestigio conservado por tan señalada institución desde 1430 hasta nuestros días.

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