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Testimonios reales

Aseo íntimo y pudor de las personas mayores

Aseo íntimo y pudor de las personas mayores

Cualquiera que se haya ocupado de sus padres ancianos o dependientes se ha planteado esta delicada cuestión. En muchas ocasiones, sin encontrar respuesta.

TESTIMONIOS:

«Mi padre es hemipléjico y no puede lavarse solo. Yo soy la única persona a la que permite ayudarle, pero hacerlo me da mucho apuro. ¿Cómo puedo superarlo?»Mónica S.

«Trabajo en una residencia de ancianos y procuro tratarlos con naturalidad y lo más cariñosamente posible. Si tengo que ayudar a alguno en la ducha, lo primero que hago es avisarle y pedirle que se quite, si puede hacerlo solo, el pijama y se ponga la bata. Le dejo solo y, cuando creo que ya ha terminado, vuelvo. Juntos preparamos el jabón, la toalla, las zapatillas y la ropa. Una vez en la ducha, no necesita más que quitarse la bata. Le pregunto si el agua está bien de temperatura y procuro darle conversación. Asearlos en la cama es algo que los ancianos llevan peor. Muchas veces dicen: “Nunca pensé que llegaría a esta situación”. Para evitarles la vergüenza, me pongo hablar con ellos de cosas que les interesen, que les gusten, mientras continúo lavándolos. La conversación es importantísima, sobre todo si es acerca de algo que les afecta, como la familia. De este modo, la relación entre nosotros cambia, se hace más estrecha, más personal. Además, durante la ducha o el aseo, me gusta preguntarles si están a gusto, si les resulta agradable, e insisto mucho en lo necesaria y reconfortante que es la limpieza.»Claudia

«Ayudar a una madre a asearse supone una experiencia difícil, sobre todo cuando quien lo hace es un hijo varón. Hay que vencer un cierto pudor y hacerlo con la paciencia, la ternura y, también, con las palabras adecuadas. En cada momento, es preciso decir lo que estás haciendo y medir los gestos para que el aseo no la incomode. Estas precauciones me permiten controlar la situación, y lo mismo les ocurre a mis hermanos (mi madre ha vivido siempre rodeada de hombres: su marido y siete hijos). Con el tiempo, he conseguido hacerlo con soltura y estoy muy satisfecho de ver a mi madre contenta.»Bernardo G.

«Mi madre tiene Alzheimer y tengo que ocuparme de su aseo íntimo. Al principio, me sentía muy incómoda. Yo recordaba a mi madre como era antes: una persona válida, púdica y autónoma. Tuve que vencer mis reticencias y decirme que ahora era ella quien necesitaba mi ayuda. Tenía que olvidarme de lo incómodo de la situación y pensar en lo mucho que la quería. Así todo resultó más sencillo. Me repetía que, en lugar de un atentado contra su dignidad, lo que yo estaba haciendo era dignificar su vida al permitirla estar limpia y sentirse bien.»D. B.

NUESTRA OPINIÓN:
El baño muestra el cuerpo desnudo. Si los encargados de asear a una persona dependiente no ven en ella más que un cuerpo envejecido en el que nunca querrían convertirse, el anciano sufrirá por la vergüenza. Si su desnudez se trata sin pudor, la persona tendrá la sensación de ser un mero objeto. Pero si nuestra mirada se humaniza, entonces esa persona, lejos de quedar reducida a un cuerpo desnudo, existirá en toda su integridad. Para que así sea, hay que tener en cuenta cómo miramos, la forma de tocar y las palabras. El aseo debe plantearse como algo que procura bienestar. Hay que ayudar a la persona a quitarse la ropa sin prisas para que no se sienta agredida, hablarle y tratarla delicadamente.

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