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Conservar el mejor recuerdo

Conservar el mejor recuerdo

Nadie se siente feliz al ver cómo el paso del tiempo y los estragos de la enfermedad dejan su huella en la imagen de alguien a quien se quiere. En esas circunstancias, es fácil ceder a la tentación de tratar de conservar el recuerdo de tiempos mejores.

TESTIMONIOS:

«Mi madre está en una residencia, se encuentra enferma y ha perdido la razón. No puedo soportar la visión de su deterioro, quiero recordarla como era, una mujer guapa a la que yo admiraba. Por eso, prefiero no ir a verla. ¿Soy una mala hija?»
Martina S.

«Mi madre va a cumplir 78 años. Los primeros síntomas de su Alzheimer se manifestaron hace unos quince años. Ahora no me reconoce y ha perdido la facultad de hablar coherentemente.
Con respecto a mis hijos, tomé una decisión: no irían a visitarla para que guardaran un grato recuerdo de ella. Pero yo voy a verla una vez a la semana: siempre me abraza con entusiasmo, como si, instintivamente, recuperara un gesto innato; me “habla” y parece feliz con mi compañía. No quiero privarla de todo eso. ¡Su estado actual no ha podido borrar lo que fue! Sus compañeras en la residencia ya me conocen y mi visita semanal se ha convertido para ellas, algunas de las cuales no tienen familia, en algo tan importante como para mi madre. Y luego está el personal de la residencia: aunque no me culpo por haber dejado a mi madre a su cuidado, porque yo personalmente no puedo hacerlo, pienso a menudo en qué dirían si mi madre estuviera completamente sola, abandonada por sus hijos.»
Marisa Q.

«Trabajo en una residencia y conozco el caso de tres hermanos cuya madre padece un Parkinson muy avanzado. La anciana es completamente dependiente, su conversación resulta incoherente y no puede andar. Antes de la enfermedad, era una mujer muy activa y elegante. Cada uno de los hijos ha reaccionado ante su deterioro de una forma completamente diferente. La hija visita a su madre regularmente, se ocupa de cuanto necesita y parece haberla aceptado tal como está. El hijo mayor la va a ver una vez a la semana y hace con ella ejercicios verbales y de memoria para “hacer trabajar” la cabeza de su madre, lo que tal vez podría indicar que no acaba de aceptar su limitación actual. Por último, el hijo menor viene en escasas ocasiones porque sufre y se deprime al ver a la anciana en esa situación: huye de la residencia. En mi opinión, las tres actitudes son comprensibles. Todos ellos quieren a su madre, cada uno a su manera. Ninguno tiene la misma percepción de la vejez, de la enfermedad y de la muerte. Cada cual tiene su forma de sufrir y de manifestar cuánto sigue queriendo a su madre.»
Pedro L.

NUESTRA OPINIÓN:
Dejar un buen recuerdo a sus descendientes es uno de los deseos más comunes entre los pacientes al comienzo de su enfermedad. A medida que ésta avanza, lo más frecuente es que ese deseo desaparezca, como si un cuerpo o una mente que flaquea sólo resultara insoportable o vergonzoso por anticipación. Una vez que la enfermedad se ha adueñado de la persona, la visión que ésta tiene de sí misma es la que le proporciona su entorno. Por eso es necesario que los familiares reciban ayuda para enfrentarse al sufrimiento y a la angustia de lo desconocido. No es fácil expresar lo indescriptible. Nuestra convicción es que la dignidad de una persona, joven o anciana, no depende de la imagen que da.

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