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Periodo de vacaciones

Las vacaciones suelen dar ocasión para que los abuelos y los nietos convivan durante unas semanas. Convivencia que puede resultar difícil cuando el estado de salud de los mayores es precario.

TESTIMONIOS:

«Durante las vacaciones, me tengo que ocupar de mis nietos de 2, 4 y 5 años. Además, cuido de mi madre, de 81, que está muy débil. Los niños son muy traviesos, y a mi madre la cansan mucho. Al cabo de tres días en esta vorágine, estoy ya agotada. ¿Cómo puedo seguir cuidando de mi madre sin renunciar al placer de ver a mis nietos?»Eva

«Somos seis hermanos. Vivimos en distintos puntos de España. Desde hace muchos años, pasamos la Navidad en la casa de nuestra madre, y a esta tradición se han sumado nuestros hijos. Éstos disfrutan mucho estando juntos y con lo que llamamos “la sobrinada”, que es una marcha campestre organizada por uno de mis hermanos. Aunque la casa de mi madre es grande, el jaleo que se organiza es monumental, sobre todo a las horas de las comidas y de acostarse. La abuela, que apenas puede moverse y que sufre otros achaques, no para de quejarse, pero es la “reina” de la reunión. En el fondo, disfruta al ver a sus hijos y nietos tan unidos, y sé que espera esos días con ilusión. La alegría compensa las molestias.»C. S.

«En casa, nos juntamos muchos y, para que las cosas funcionen, hemos tenido que establecer reglas. Las comidas se hacen por turnos, y cada uno tiene sus responsabilidades de acuerdo con su edad: poner la mesa, limpiar el baño... ¡Incluso los niños, que vienen cada verano durante las vacaciones! Nos ha costado años conseguirlo. Aceptar, por ejemplo, que cada uno tiene su manera de hacer la cama o de doblar los calcetines. Porque son estos pequeños detalles los que generan tensión. El verano pasado, los dos niños mayores, ya casi en la adolescencia, tomaron la iniciativa de hacer con la segadora un sendero en la hierba para que la silla de ruedas de mi padre pudiera rodar fácilmente por la parcela hasta un tilo donde podría disfrutar del aire libre a la sombra. Al principio, pensamos que era una tontería, pero luego los dejamos hacer. Como mi padre madruga mucho, esa mañana todos nos levantamos temprano. Los chavales se pusieron manos a la obra y todos disfrutamos muchísimo, ¡sobre todo mi padre! Creo que momentos así hacen olvidar todas las riñas y disputas familiares propias de la convivencia.»Margarita V.

NUESTRA OPINIÓN:
Para los niños es una gran suerte poder conocer a sus abuelos y bisabuelos, y muy beneficioso, aunque ello entrañe cambiar algo los hábitos. La convivencia con sus mayores permite a los pequeños descubrir su ubicación en el árbol familiar, y les enseña que las personas nacemos, crecemos, envejecemos y morimos y que, con el paso del tiempo, vamos dejando de ser tan fuertes como en la juventud. Aprenden también a tomarse las cosas con calma y a desterrar la impaciencia del «ahora mismo».

Los mayores, por su parte, pueden sorprendernos con su enorme capacidad de adaptación. Además, cuando ven vida a su alrededor, aumentan sus ganas de vivir.

Lo único que hay que prever es que el periodo de convivencia no sea excesivamente largo y que esté bien planificado.

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