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Dependencia: comunicarse para vivir

Dependencia: comunicarse para vivir

Una caída, una complicación médica, un golpe afectivo o psicológico, un brusco agravamiento de lesiones cerebrales y..., de repente, una persona pierde, de forma temporal o definitiva, su capacidad de ser autónoma. Toda una vida se desploma bruscamente, y es necesario decidir de inmediato en qué condiciones podrá seguir viviendo.

Cuidar a una persona de edad supone tomar partido por la vida. La vida significa comunicación, y cuidar consiste también en mantener una eficaz red de comunicación. La disponibilidad, por grande que sea, tiene unos límites que es preciso no franquear para no agotarse física y psíquicamente.
Es importante establecer un calendario de visitas para hallar, entre todas las personas del entorno del mayor, los mejores momentos para verle, asegurándole un ritmo adecuado de visitas así como las necesarias referencias temporales, teniendo siempre en cuenta la disponibilidad y las obligaciones de cada uno. No hay que olvidar, además, que una visita corta pero frecuente es siempre preferible a una larga de tarde en tarde.

Como a todo el mundo, a las personas con escasa autonomía les complace que los demás se interesen por lo que hacen, por lo que ven en la televisión, por lo que leen o por lo que piensan. Hay que preguntarles, dejarlas que se expresen a su manera, con sus propias palabras. Y como a ellas también les interesa lo que sus familiares o amigos hacen, hay que dejarlas que pregunten para que estén al corriente de los detalles de cada día, de los hechos intrascendentes que forman parte de la vida.

Encontrar el tono de conversación adecuado
Entablar un diálogo auténtico con los padres ancianos no es fácil para los hijos debido a que, con frecuencia y a lo largo de los años, entre ellos se ha establecido un tipo de diálogo edulcorado. No es raro que unos y otros hayan acabado adoptando la costumbre de elegir las noticias que se intercambian, dando prioridad a las buenas y silenciando las que pueden ser causa de inquietud o de conflicto. Como resultado, surgen comportamientos estereotipados y artificiales. Cuando sobreviene la crisis, padres e hijos deben aprender de nuevo a hablar entre ellos. Ahí reside la mayor de las dificultades y, a la vez, la clave de la comprensión y la confianza mutuas.

¿Qué tipo de diálogo debe adoptarse? Las órdenes están fuera de lugar. Éste es un principio básico, una condición indispensable para un intercambio verbal equilibrado, respetuoso con el otro y eficaz. Si hay que convencer a un padre anciano para que abandone su domicilio por peligroso o mal adaptado, hay que evitar frases como «No puedes quedarte aquí; la casa no está preparada, es peligrosa», porque la reacción puede ser una rotunda negativa, ya que el mayor se puede sentir herido al considerar, con razón, que se decide sin contar con él. El diálogo debe recurrir a vías distintas al autoritarismo, aun cuando éste se exprese de forma cariñosa. Es preferible expresar la misma idea recurriendo a frases como «Estoy preocupado por ti. Tengo la sensación de que esta vivienda no presenta todas las garantías de seguridad; tengo miedo de que te pase cualquier cosa y de no poder intervenir con rapidez». De esta manera, la idea se personaliza, se argumenta y no resulta autoritaria. Y, al ser más afectiva, abre la puerta al diálogo.

No hay que olvidar nunca la vivencia social de las personas mayores.
En su época, los viejos, como se les llamaba entonces, convivían con las familias y disfrutaban de un respeto que, a veces, llegaba hasta la veneración. Los tiempos han cambiado: muchas mujeres trabajan fuera de casa; ha variado el papel que desempeña cada uno de los miembros de la familia, y la propia estructura de ésta se ha modificado profundamente. Además, las personas mayores han vivido la guerra, una época en la que la supervivencia era esencial. Y esa experiencia tiene su peso cuando la dependencia las golpea.

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