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Dependencia: superar las reacciones de culpabilidad o agresividad

Dependencia: superar las reacciones de culpabilidad o agresividad

Una caída, una complicación médica, un golpe afectivo o psicológico, un brusco agravamiento de lesiones cerebrales y..., de repente, una persona pierde, de forma temporal o definitiva, su capacidad de ser autónoma. Toda una vida se desploma bruscamente, y es necesario decidir de inmediato en qué condiciones podrá seguir viviendo.

La persona enferma, y también las de su entorno, suele manifestar con frecuencia sentimientos de culpabilidad o agresividad. La agresividad puede exteriorizarse de distintas formas: violencia verbal –blasfemias, acusaciones, insultos–, violencia física –mordiscos, bastonazos–, irritabilidad extrema o rechazos diversos –a comer, a vestirse, a hablar–. Pero culpabilizar a la familia con reproches, llamadas incesantes, quejas o una resignación fingida son otras tantas formas de agresividad.

Los familiares de ancianos dependientes se debaten entre la sobreprotección y la condescendencia. Su papel es, ante todo, el de permitir a las personas dependientes vivir lo mejor posible preservando la propia libertad. Pero esto es mucho más fácil de decir que de hacer, porque se tropieza con diversos escollos. Entre ellos, la preocupación por la eficacia, que a menudo empuja a actuar en lugar del anciano cuando él podría desenvolverse por sí solo, aunque fuera más despacio. Otro es la pena de ver a los padres debilitados, lo que conduce a hacerlo todo por ellos para sentirse seguro y alejar cualquier sentimiento de culpabilidad.

La ansiedad, corolario de la dependencia
La pérdida de autonomía suele estar acompañada de manifestaciones más o menos intensas de ansiedad. Inquietarse más de la cuenta, sin razón aparente, demostrar excesivo nerviosismo ante situaciones banales, o dramatizar acontecimientos sin importancia son indicios de la vulnerabilidad de la persona que padece ansiedad. Este tipo de personas se sienten desarmadas ante las vicisitudes de la vida y engrandecen hasta la angustia la aprensión natural provocada por algunos acontecimientos. Los padres se preocupan cuando sus hijos hacen un viaje largo por carretera. Se trata de una inquietud natural. Sin embargo, una persona vulnerable la acrecienta de forma irracional.

Los problemas de ansiedad pueden tener repercusiones físicas: palpitaciones, obstrucción de la garganta, opresión torácica, agitación... Ante estas manifestaciones, de nada sirve increpar a la persona que las padece. Conviene consultar al médico antes de que estos problemas se conviertan en verdaderos obstáculos para la vida cotidiana.

Frente a las muestras de ansiedad, los especialistas recomiendan no presionar nunca a la persona para que reaccione. Esta actitud no conseguiría más que humillarla y aumentar su angustia. Por el contrario, se aconseja tranquilizarla y animarla a consultar al médico para que la informe sobre su problema, la aconseje y busque los remedios adecuados.

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