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¿Qué es la dependencia?

¿Qué es la dependencia?

Una caída, una complicación médica, un golpe afectivo o psicológico, un brusco agravamiento de lesiones cerebrales y..., de repente, una persona pierde, de forma temporal o definitiva, su capacidad de ser autónoma. Toda una vida se desploma bruscamente, y es necesario decidir de inmediato en qué condiciones podrá seguir viviendo.

La primera consecuencia de la pérdida de autonomía es la necesidad de depender de otras personas. Para empezar, de las del entorno más próximo, generalmente de la familia y, en primer lugar, de los hijos. Pero también de los profesionales: médicos, enfermeras, asistentes a domicilio...

Sin pretender ponerse «en la piel» de la persona dependiente, lo que resulta imposible, es esencial comprender lo que supone la pérdida de autonomía para el afectado y para su entorno. Y supone, ni más ni menos, el final de una vida normal.

Un combate codo con codo

La dependencia no es una cuestión de edad. Sobreviene cuando un problema de salud –enfermedad de Alzheimer, depresión, fracturas...– impide a una persona valerse por sí misma en la vida cotidiana.

La dependencia no es solamente la enfermedad de una persona, sino también un conjunto de dificultades y de sufrimientos para su entorno que se superponen unos a otros: dolor al ver sufrir a un ser querido, al comprender que la situación es, en algunos casos, irreversible, al creerse impotente o al calcular la magnitud del cometido, dolor por el sacrificio de los hijos, por no sentirse a la altura de las circunstancias... Aunque inevitables, estos sufrimientos recíprocos del enfermo y de su familia deben superarse para elaborar un plan de acción aceptado y asumido por ambas partes. Porque no hay que olvidar que el combate lo libran las dos partes unidas, no una contra la otra, sino codo con codo, no oponiéndose sino colaborando: el combate contra la dependencia lo ganan o lo pierden las dos partes juntas.

Buscar ayuda ante la dependencia

Enfrentados a la dependencia de un ser querido y a la perspectiva de un empeoramiento, es difícil escapar al sentimiento de culpabilidad. Por una parte, se tiende a culpabilizar al padre que envejece penosamente y, al mismo tiempo, a avergonzarse por esa actitud. Por otra, uno se reprocha no poder hacer nada para impedir o suavizar las penalidades del proceso de envejecimiento. Sin embargo, no somos todopoderosos. Moralmente, nadie puede asumir una carga superior a la que puede soportar. Por eso, pedir ayuda externa es indispensable: por ejemplo, el asesoramiento de un experto, psicólogo o psiquiatra, que nos ayude a desenredar el sentimiento de culpa («Mi padre siempre ha dado la talla, en cambio yo no estoy a la altura»), a atenuar la preocupación de la familia y a aceptar una ayuda externa. En los casos de ciertas enfermedades como Alzheimer, además de la orientación de los especialistas, se puede contar con el apoyo y la experiencia de asociaciones y voluntarios.

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