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EL NIDO VACÍO

Nuestros hijos se emancipan: ¿Alegría o disgusto?

Nuestros hijos se emancipan: ¿Alegría o disgusto?

Cuando somos conscientes de que nuestros hijos han tomado las riendas de su vida y no cuentan más con nuestra aprobación, es el momento de colocarnos detrás de ellos, estar ahí y soltar amarras. Aquellos pequeños a los que hemos querido tanto, van a afrontar solos todas sus decisiones.

A muchas personas esta situación les entristece, como si se produjera una separación definitiva. Sin embargo, solo significa un cambio en la relación. El tiempo transcurre más rápidamente de lo que somos capaces de aceptar, pero la realidad se impone y hay que decir «adiós a nuestros pequeños» y saludar a estos adultos, que además son nuestros hijos.

En ocasiones, no cambiamos nuestras actitudes maternales hasta que son ellos mismos quienes nos recuerdan que ya son autosuficientes.

Vicky y Alejandro se dieron cuenta de esto el día en que su hijo con dieciocho años entró en casa y les anunció: «Me he comprado un piso». Sus padres se devanaban la cabeza preguntándose: «¿Cómo era posible que hubiera tomado esta decisión él solo? ¿Con qué dinero? ¿Cuándo? ¿No le habrán engañado? Pero ¿por qué no ha contado con nosotros?». En el fondo pensaban: «¿Cómo se atreve a ser adulto tan pronto y sin nuestro permiso?».

Hemos pasado tanto tiempo cuidándolos, protegiéndolos, ayudándolos que inconscientemente nos instalamos en este rol: «Yo soy grande y tú pequeño». No queremos que pasen por malas experiencias, deseamos evitárselas, con la ingenua idea de que pueden aprender en cabeza ajena. Hay que reconocer que esa posición de protección nos hace sentir un sutil aire de superioridad y poder. Creemos que somos imprescindibles y más expertos, sin duda esta sensación es agradable, aunque con el tiempo se convierte en una pesada carga.

Pero las personas cambian, y aunque no queramos, tenemos que abandonar ese papel. No podemos ahorrarles el poder de equivocarse ni evitar que saboreen las mieles o las hieles de su propia experiencia. Sobre todo cuando de quienes estamos hablando no es de adolescentes, sino de hombres y mujeres que ya tienen una cierta edad.

Los padres tenemos conductas protectoras por amor. Queremos lo mejor para ellos. Sin embargo, protegiéndolos les decimos indirectamente que no confiamos en sus capacidades, en su saber hacer y, como resultado, nuestros hijos se escapan del radio de acción de nuestro ojo vigilante.

Margarita tiene un hijo de 29 años. Es ingeniero, trabaja en diferentes ciudades europeas, pero su madre creía que iba a estar siempre presente en sus decisiones. Se sorprendió el día que Ernesto llegó a casa, le presentó a su novia, y anunció que se iban a casar un mes más tarde. Ernesto no quiso preocupar a su madre, y tampoco quiso que se entrometiera en esta decisión tan importante para él.

La relación entre padres e hijos es una dinámica en la que se entrelazan necesidades contrapuestas de dependencia-independencia, poder y sumisión. Relaciones tamizadas por necesidades inconscientes que nos hacen mantenernos en posiciones inmóviles: «Yo soy mayor, sé más, tengo más, y tú sabes menos, tienes menos recursos, y por tanto, dependes de mí».

Lo más curioso de esta posición paternal es que, si dejamos de protegerlos o estar encima, creemos ser malos padres. También, los hijos, al querer escapar de nuestro control, sienten que cometen una traición o que son malos hijos. Por esta razón, se levantan barreras difíciles de derribar y, en ocasiones, nuestros hijos se separan abruptamente, aprovechando un enfado o amparándose en una importante justificación.

Es imprescindible cambiar esta dinámica. Los padres siempre seremos padres y ellos nuestros hijos. El amor nos unirá para siempre, pase lo que pase, lo sepamos expresar o no. El amor estará ahí, en el seno de la familia y en nuestro profundo sentir. Lo que cambia, y tiene que ser así, es la posición existencial en la que nos hemos instalado tantos años.

Mónica tiene una hija de 27 años. Se fue a Estados Unidos a completar su formación. Después de dos años de ausencia, se presentó en casa con su «chico». Tras un año y medio de noviazgo, se habían casado un par de meses antes. Mónica describió la situación como si hubiera recibido un puñetazo, algo que la dejó casi sin respiración y, por supuesto, sin saber qué decir. En sus ratos de soledad pensaba en qué se había podido equivocar. Además, el temor de ver a su hija unida a una persona de otra cultura, idioma y religión diferentes ocasionó escenas catastróficas. Llegó a estar verdaderamente abatida y no quería aceptar a su yerno.

Por muy comprensible que sea la reacción de Mónica, no es una buena actitud. Como todas las madres y padres, han de hacer un esfuerzo por recuperarse. Es necesario aceptar las decisiones de nuestros hijos, incluidas las uniones, matrimonios o separaciones, como algo verdaderamente de su incumbencia. No podemos hacer otra cosa que transmitirles nuestro deseo de que les vaya bien y que siempre estaremos a su lado si nos necesitan.

Si queremos seguir controlándolos, aunque sea por amor a ellos, recibiremos distanciamiento. Si queremos contribuir a que sus vidas conyugales les vayan bien, una de las actitudes que podemos tener es la de bendecir esa unión. Aceptar a la pareja de nuestros hijos sea como sea esta y procurar apreciar todas sus virtudes. No olvidemos nunca que ellos son los que eligen y, si todo va bien, serán los padres o madres de nuestros amados nietos.

Joaquina tiene un hijo de 35 años. Se entristeció el día en que su hijo decidió marcharse a otro país. Llegó a sentir que toda la vida de esfuerzo y atenciones hacia él no habían servido de nada. Pero logró superarse. Comprendió que los hijos tienen que volar y un día le escribió esta carta:

Querido hijo:

Tras la decisión de marcharte, confieso que me entristecí porque me gustaría tenerte cerca de mí y que nada cambiara, para seguir igual que siempre. He meditado mucho y me doy cuenta de que te toca vivir tu propia vida.

Te quiero por encima de todo, y comprendo que, siendo tu madre, ya he dejado de ser tu mamá. Soy una adulta con una vida propia y un futuro por definir. Y tú, ya no eres mi niño, eres un adulto con una vida propia y un futuro, también por definir.

Ya por fin, somos adultos, libres e independientes. Ya no pesa sobre mí la responsabilidad de tu futuro y tampoco pesa sobre ti la responsabilidad de que yo sea feliz y esté realizada como madre.

Tan solo cabe la expresión de la más sincera felicitación por tus decisiones, el deseo de que todo te vaya bien y darte mi bendición. Hasta pronto, te amo incondicionalmente, y si me necesitas, no dudes en contar conmigo, y si te necesito, te lo haré saber. Un beso.

Decir «adiós» a un tipo de relación es posibilitar que otra nueva y más enriquecedora se haga presente. Sentir, ver y apreciar a nuestros hijos como personas mayores nos acerca hacia el entendimiento, la amistad, el respeto y la igualdad. Que no nos necesiten igual que cuando niños significa que nos quieren, probablemente, de un modo más profundo.

Nuestra labor como padres ha de cimentarse en un amor incondicional, dar apoyo sin que sirva para controlar. Debemos confiar sin manipulación y, después de largos años de hacer lo mejor que sabemos para su educación, dejarles marchar.

Victoria Artiach. Psicóloga psicoterapeuta.

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