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Vacaciones para toda la familia

Vacaciones para toda la familia

El veraneo en familia, con hijos y nietos, puede ser un plan idílico o una fuente de conflictos...

Por diversas razones, afectivas, económicas, de comodidad…, los hijos deciden que no hay nada mejor que pasar las vacaciones, prole incluida, en la casita de campo o de la playa de sus padres. ¿No es eso lo que queríamos? Hemos crecido y, dentro de la gran familia, hay dos o tres familias, con intereses y necesidades a veces difícilmente conciliables de forma espontánea. Y el problema está servido. ¿Qué hacemos para que todos podamos pasarlo bien?

Para la psicóloga Julia Silva, del Centro de Psicología y salud Terapia y Más, la respuesta está clara. Para empezar, «conviene no confundir los deseos y las expectativas individuales con las compartidas, porque el plan perfecto puede no ser el mismo para unos que para otros. Y cuando los deseos no coinciden, se impone hacer un plan que resulte apetecible para todos. Para ello, cada uno debe comunicar lo que desea y negociar entre todos para llegar a un acuerdo».

Sobrecarga de trabajo

Una vez superado el primer peldaño, serán precisas grandes dosis de comprensión y capacidad de adaptación para que la convivencia sea un éxito, sin olvidar la previsión para adelantarse a los posibles problemas, lo cual incluye, de acuerdo con Julia Silva, «establecer unas normas comunes y el reparto de las tareas». Ese fue quizá el error de Teresa: «Tengo dos hijas casadas con dos niños y dos hijos más con sus respectivas parejas. El mes de agosto pasado, durante unos días, coincidimos todos en el apartamento de la playa. Éramos doce. Empecé feliz esta aventura, en la que pusimos la mejor voluntad. Pero enseguida, el salón se empezó a llenar de ropa, toallas, trastos, gorras, manguitos, chupetes… Los horarios eran dispares y, sobre todo, yo estaba a disposición de todos, porque las hijas se relajaban (¡trabajan tanto el resto del año!), los yernos se dedicaban a sus aficiones… Por cierto, uno de ellos es adicto al ordenador, con lo cual ocupaba una plaza de sofá a todas horas. Y los niños, los pobres, reclamaban sus comidas, sus siestas, su ritmo de vida… Acabé más que enfadada. Tuve que poner a todos firmes y me resultó muy desagradable, después de lo que me sacrifiqué para que fuera un éxito…».

Estallar por una tontería

La experiencia de Teresa es una de tantas. Cuando se juntan varias familias, cada una con sus pautas y normas, hay que hacer un esfuerzo para que, sin que ninguna renuncie completamente a sus costumbres, se encuentren –y se respeten– unas normas comunes que eviten los choques. Además, «cuando algo molesta, es necesario decirlo de forma positiva, porque, si nos callamos, vamos acumulando tensión y, al final, estallamos por una tontería», precisa Julia Silva en clara alusión al enfado final de Teresa.

Y es que la comunicación es fundamental para eludir desenlaces negativos y experiencias estresantes. Y también para evitar dolorosos malentendidos.

Maribel y su marido han acabado organizando sus vacaciones sin contar con sus hijos. «Tenemos dos chicos: uno casado, con un niño de cuatro años y una niña de uno, y otro soltero. Hace tres veranos, arreglé la casa de la playa con la ilusión de que todos vinieran a pasar unos días con nosotros. No vinieron. El soltero se fue de viaje, y el casado pasó una semana con la familia de ella. Y, más o menos, es lo que han venido haciendo estos veranos. Mi marido –cuenta Maribel– me lo decía: no vendrán, son hijos, no son hijas… Los echo de menos y, a veces, me pregunto: ‘¿Es que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres no debería reflejarse también en estas pequeñas cosas que en el fondo hacen sufrir tanto?».

Una escuela para la vida

Cuando la experiencia resulta positiva, las vacaciones en familia son muy beneficiosas para todos. «Los distintos modelos de familias, con sus pautas y normas particulares, pueden brindar a los adultos una oportunidad para aprender cómo hacen los demás para solucionar los problemas», comenta Julia Silva. «Y para los niños es muy enriquecedor, porque la convivencia con otras familias, además de la suya propia, les permite ver que hay otros modelos, lo que contribuirá a que de adultos sean unas personas más flexibles y capaces de adaptarse al entorno. Además, favorecerá que desarrollen habilidades sociales, que aumente su autoestima y la seguridad en sí mismos, a la vez que aprenderán a respetar las diferencias», concluye la psicóloga.

Lo importante es tener un objetivo común. «Cuando el fin último es pasarlo bien, el esfuerzo que supone renunciar a algunos hábitos que molestan a los demás y mostrar comprensión hacia los de los demás merece la pena», sostiene Julia Silva.

P. H.

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