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La iconografía familiar (I)

La iconografía familiar (I)

Por José Luis Sampedro Escolar, Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

Desde los tiempos de la antigüedad, entre los hombres civilizados, ha existido una suerte de culto a los antepasados que trataban de conservar no sólo su nombre y sus hechos, sino también su imagen, la memoria de su aspecto físico.

Así, los romanos tenían el altar de los antepasados con bustos y relieves que los representaban con gran realismo, destacando las imágenes de cuerpo entero y bulto redondo. Las esculturas monumentales estaban reservadas a los dioses y a los emperadores, por lo que el resto de los mortales, siempre que tuviesen medios económicos para ello, debían conformarse con bustos o cabezas que terminaban generando auténticas galerías familiares, agrupadas en el ara de los antepasados.

En tiempos tardíos, por influencia helenística y copta, se dieron con alguna asiduidad retratos pintados, que aparecen normalmente en sarcófagos de aire egipcio, algunos de un verismo extraordinario.

Durante la Edad Media, los retratos no son de gran fiabilidad, ni tan siquiera los de los más poderoso personajes (Reyes, Emperadores, Pontífices y Obispos) que se representan en sepulcros, manuscritos, estelas y monedas de forma harto esquemática. Lo único que nos aportan es una idea de su atuendo y los rasgos generales. A finales de este periodo y principios del Renacimiento, resurge el género del retrato, tanto en los Países Bajos, Borgoña y Flandes, como en Inglaterra, Italia, Francia y España.

La opulenta burguesía del Centro y el Norte de Europa anhela dejar su rastro visual como donantes de obras de arte a la Iglesia o como muestra de respeto y afecto en los esponsales. Los Reyes de Inglaterra y Escocia se hacen pintar en tablas de pequeño tamaño que pronto serán un modelo seguido por sus respectivos cortesanos y por otros personajes de la Europa de su tiempo. En los países mediterráneos, seguramente por influencia de la Corte de Maximiliano de Austria, la iconografía principesca adquiere tintes de programa propagandístico para ensalzar las glorias de cada Dinastía ( Habsburgo, Visconti, Gonzaga, Médici, …). Basta citar la realización de los encargos imperiales por Alberto Durero para confirmar la certeza de esta aseveración. No olvidemos que, por estas fechas, los genealogistas áulicos de Maximiliano se empeñaban en trazar su descendencia de Eneas, de Hércules y desde el mismísimo padre Adán, según fastuosos códices conservados en la Biblioteca del Monasterio de El Escorial.

Al margen de otras consideraciones, resulta innegable que gracias a ellos podemos conocer los rasgos de estos príncipes y estudiar científicamente el famoso prognatismo de los Habsburgo sin tener que llegar a examinar los restos mortales de tan ilustres personajes. Esta tarea de estudio fisiognómico, basándose en los huesos de los protagonistas de la Historia, se ha realizado con diversas osamentas, como las del Cid, la de Yaroslav el Sabio, Iván el Terrible y otros muchos.

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Iconografía familiar (II)
La iconografía familiar (III)

José Luis Sampedro Escolar
Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

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