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Costumbres

A cobro revertido

miércoles, 26 de noviembre de 2014

A cobro revertido

Hoy día, que disponemos de teléfonos fijos, móviles, tablets, ordenadores y demás dispositivos que no acierto a saber con exactitud, resulta realmente fácil contactar con alguien casi en cualquier parte del mundo, cuestiones de cobertura y tarifas al margen.

Pues precisamente a los que hoy día les resulta tan cómodo y sencillo saber cómo se encuentra un familiar o un amigo al otro lado del atlántico, o incluso a este mismo lado, seguramente les parecerá increíble que, no hace tantos años, esa voluntad de querer saber cómo andan los demás siguiera siendo la misma, pero lo que ya no era igual era la dificultad que existía para poder tener una mínima noticia de alguien, salvo que nos lo hiciera saber por carta o por telegrama, caso este que más parecía la propuesta de paz del jefe de una tribu india, sobre todo cuando en se decía: “estoy bien – stop – padre qué tal – stop – iré pronto – stop – besos…”.

Y es que, tuviera uno o no tuviera teléfono, que esa era ya otra cuestión, llamar a alguien que viviera fuera de tu pueblo o de tu ciudad, y no digamos ya de España, era una auténtica aventura. Para empezar, no había comunicación directa, así que había que proceder al susodicho contacto telefónica solicitando a la operadora de la centralita de turno una “conferencia”; o sea, que tuviera la amabilidad, que no siempre era tal, de ponernos con la persona que estaba al otro lado del teléfono que nosotros previamente le habíamos suministrado.

El tema es que este sencillo proceso lo mismo podía durar diez minutos que dos horas. No había regla fija para que la llamada se produjera en un espacio concreto de tiempo. Además, claro está, no era igual llamar desde Bormujos a San Juan de Aznalfarache, que desde Mairena de Aljarfe a Hamburgo, que es donde seguramente muchos sevillanos, como manchegos, catalanes o gallegos, luchaban por llevar una vida mejor, y donde ya casi habíamos perdido el eco de sus voces.

Necesariamente había que dejar pasar el tiempo, todos pegados al teléfono, esperando a que, en cualquier momento, este sonara y una voz femenina nos dijera: “Aquí tiene su conferencia con Manuel Díaz” (no El Cordobés, que conste) o “con Isabel Pantoja” (no con la tonadillera, que conste también). Y de esa compleja y larga manera se producía el milagro de poder, por fin, hablar con Manolo o con Isabelita, de los que hacía meses que no sabíamos nada, y cuyas voces nos emocionaban más que nada en el mundo.

Eso sí, la conversación, además, no podía ser muy larga, porque por lo general costaba un riñón, y los tiempos no andaban como para deshacerse ni de pesetas ni de riñones. Para eso, con buen criterio, lo que se hacía era compartir gastos, lo que significaba que, a veces, la conferencia la pagaba el que llamaba y otras se solicitaba a “cobro revertido”, o sea, que su coste lo abonara el que la recibía. En fin, argucias y acomodos que había necesariamente que hacer para cumplir pequeños sueños.

[José Molina]

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