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Corto y a raya

lunes, 7 de julio de 2014

Corto y a raya

La frecuencia con la que de pequeños íbamos a la peluquería solía ser, por lo general, de una vez al mes; eso sin contar con que uno no volviera con un trasquilón y hubiera que volver para que intentaran apañar aquel desaguisado. Y es que, en cuestión de longitud del pelo, no había discusión: si estaba un pelín más largo de lo habitual: ¡al peluquero!, o ¡al barbero!, como también solía ser habitual llamar al “trasquilador” del barrio. De ese modo, no había manera de tener un poco de flequillo para hacerse un tupé; con lo que favorecía a los chavales de entonces, o eso pensábamos nosotros.

Tampoco en cuestión de variedad de peinados había mucho donde elegir. En realidad, solo había un tipo de corte de pelo: “corto y a raya”. De hecho, el peluquero ya ni preguntaba. En cuanto nos veía entrar por la puerta, ya sabía lo que tenía que hacer: nos ayudaba a sentarnos, ajustaba el sillón, cogía la maquinilla y las tijeras… y a perpetrar “el crimen cabelludo”.

A veces, en casos excepcionales, como celebraciones familiares, comuniones o fiestas de guardar, se consentía que nos dejarán el flequillo “a lo Marcelino”; o sea, no como el entonces delantero del Zaragoza, sino como el que llevaba Pablito Calvo en la película Marcelino pan y vino. No era exactamente un tupé, claro, pero al menos, por un tiempo, rompíamos con la rutina de aquel corte de pelo infame que tan poco gracia nos hacía.

[José Molina]

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