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Costumbres

Fiestas de san Cayetano, san Lorenzo y La Paloma

jueves, 7 de agosto de 2014

Fiestas de san Cayetano, san Lorenzo y La Paloma

Desde hace más de 100 años, durante la primera quincena de agosto, en el madrileño barrio de Lavapiés se celebran las populares fiestas de san Cayetano, san Lorenzo y la Paloma (de la Virgen de la Paloma, para ser más exactos), las celebraciones más castizas de la capital.

Por suerte, aún sigue viva buena parte de la tradición de estos entrañables festejos, de esos que le dan a un barrio su verdadero sentido de ser, o sea, los que por unos días sirven para revivir el espíritu colectivo y solidario de todos sus vecinos.

Como siempre, las calles se engalanan de guirnaldas, pañuelos, banderas, mantones de manila y farolillos en honor de los respectivos patrones de cada zona del barrio: san Cayetano (7 de agosto), san Lorenzo (día 10) y la Virgen de la Paloma (día 15), y los mayores del lugar lucen con garbo sus trajes y vestidos de chulapos y manolas, como manda la tradición y la voluntad castiza de quienes los llevan. Tampoco faltan, como es menester, limonada, organillo, chotis y pasodobles, sin los que estas fiestas seguramente no serían lo mismo.

Una año más, por tanto, parece repetirse el mismo escenario, el mismo argumento y los mismos protagonistas. Pero, por desgracia, lo que ya no es lo mismo es el alma de este hermoso barrio de Lavapiés, que hace treinta, cuarenta o cincuenta años latía durante estos días de fiesta con verdadero fervor y entusiasmo, quizá porque, en aquel tiempo, sus vecinos, los de sus calles angostas y los de sus corralas, encontraban una buena razón para sentirse vivos y disfrutar. Así, lo que hoy es negocio, entonces era agasajo, como ese vaso de limonada que en cada portal algún vecino te regalaba, y lo que hoy es ruido desmedido, entonces eran los ecos de una verbena sencilla y desenfadada, en la que se mezclaban con alegría los olores de las gallinejas, el dulce frescor de la limonada o del licor de madroño, los sonidos agudos del organillo y las alegres melodías de chotis y pasodobles, que requerían buena presencia y mucha compostura.

[José Molina]

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