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Recuerdos de Nochebuena

martes, 23 de diciembre de 2014

Recuerdos de Nochebuena

Inmersos como estamos en esta especie de fiebre navideña, en la que quedan incluidos familiares, amigos, conocidos y grandes superficies, resulta inevitable echar de vez en cuando una mirada hacia atrás, para recordar cómo vivíamos la Navidad en otros tiempos.

Cuando esta oleada de nostalgia me invade, recupero con fidelidad la imagen emocional que conservo de esa maravillosa noche del 24 de diciembre, en la que todo parecía como tocado por una varita mágica que transformaba el paisaje que, en aquel tiempo, nos invadía por dentro y por fuera.

Recuerdo especialmente con cariño las agradables visitas a las casas de los vecinos, para brindar por tan “gran acontecimiento” con una copita de anís para los hombres y una “palomita”, o sea, anís con un poco de agua, para las mujeres y los niños, que también tenían derecho a compartir la celebración. Y después de aquel emotivo “aperitivo”, la cena, a la que nadie faltaba: abuelos, padres, hermanos, tíos, primos y hasta algún primo segundo que uno no sabía ni que existía. ¡Qué más daba! Lo importante era pasar una noche de ensueño en compañía de los tuyos, un largo rato divertido y entrañable, en el que casi todo estaba permitido, ocurrencias y villancicos incluidos, y que, además, nos permitía saborear delicias culinarias que otros días del año era imposible, como pavo, gambas.. y deliciosos mantecados, polvorones, turrones duros y blandos y fruta escarchada, que tanto le gustaba a mi abuela materna.

Concluida la cena, en casa había siempre la saludable costumbre de salir todos a la calle a prolongar la Nochebuena cantando villancicos, convenientemente acompañados por el grupo de percusión compuesto por zambombas, panderetas y rasgueos de botellas de anís del Mono o de la Asturiana, que el repiqueteo no variaba mucha. Y como mi familia, muchas otras invadían las calles de la ciudad en la que vivía, ansiosas como la mía por mostrar su alegría. ¡Libres por una noche, que decía alguno!

Bueno, y finalmente, a la Misa del Gallo, que era un ritual obligado, aunque el resto del año no se pisara una iglesia ni por asomo. Pero esa noche sí, faltaría más. Cómo íbamos a permitirnos no asistir a aquella emotiva ceremonia, con la que silenciábamos la alegría de toda la noche, pero inundábamos los corazones de buenos deseos y grandes esperanzas.

[José Molina]

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