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En busca de Bobby Fisher

jueves, 27 de noviembre de 2014

En busca de Bobby Fisher

Hace unos cuantos días se jugó la última partida de la final del mundial de ajedrez, en la que el joven talento noruego de 24 años Magnus Carlsen derrotó al ya veterano ajedrecista indio de 44 Viswanathan Anand.

La noticia, obviamente, ha sido difundida con cierta relevancia en los medios de comunicación y, por supuesto, los seguidores del ajedrez han vivido durante casi un mes un apasionante duelo por ver quién se comía a quién, o algo parecido.

En nuestro país, como es fácil suponer, al común de los españoles la noticia le ha pasado casi sin pena ni gloria, que en cuestiones de mover ficha no andamos muy sobrados. Tiempos aquellos, se dirá más de uno, en los que teníamos a nuestro Arturito Pomar, un niño prodigio del ajedrez, que triunfaba por el mundo dando “jaque mates” a diestro y siniestro; o sea, como aquí dentro nos hacían a nosotros, pero sin que el resto del mundo se enterara de ello.

Aquella fue, sin duda, una época en la que el ajedrez tuvo un cierto interés popular, como igualmente lo tuvo cuando, allá por 1972, un ajedrecista estadounidense llamado Bobby Fisher, algo excéntrico y con pinta de profesor de química, osó enfrentarse en la final del mundial nada menos que al soviético Borís Spaski, un tipo duro de roer, infranqueable como un “telón de acero”.

La gran cita mundialista tuvo lugar en Reikiavik, la capital de Islandia, tal vez por si la cosa se ponía caliente, y su repercusión fue tal, que aquel enfrentamiento cara a cara se llamó el “match del siglo”. Y es que la cosa no era para menos: en plena guerra fría, y creciendo como crecía la tensión entre EE UU y la URSS, lo de Fisher y Spaski se antojaba más que problemático. Hasta los españoles, que, como ya he adelantado antes, no hemos sido muy dados a temas de reyes, reinas (con perdón), damas, torres, caballos y peones, estuvimos bien atentos al desenlace de aquel ya legendario “duelo a muerte” en Reikiavik, que al menos sirvió para que nos enteráramos un poco de qué iba aquel juego tan complejo y reflexivo.

Como muchos recordarán sin duda, Bobby Fisher fue quien se alzó con el título de campeón del mundo, gesta que volvería a repetir hasta 1975, lo que lo convirtió en un auténtico héroe nacional en su país, y en realidad en todos aquellos lugares del mundo, incluyendo España, que tanto en deporte como en otras cuestiones sociales y políticas se habían posicionado del lado “de los buenos”, o eso pensábamos nosotros.

Lo que en Estados Unidos ya no supieron vislumbrar es que aquel superhéroe del ajedrez acabaría por salirles rana. Después de sus apoteósicos triunfos, en 1975 se retiró a disfrutar de la vida mundana, y no volvió a jugar en público, hasta que, en 1992, volvió de la nada para disputar un torneo en Yugoslavia, en el que debería enfrentarse a su “amigo” Spassky. Aquello, en fin, se complicó, ya que una resolución de la ONU prohibía su celebración, pero eso ya son cuestiones que pertenecen a otra parte de la memoria que ahora no viene a cuento.

[José Molina]

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