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Buenos aires, alma de tango

Lo imperdible

- Plaza de Mayo con Casa Rosada y Catedral. Plaza del Congreso: fuente. Avenida 9 de Julio. Calle Corrientes. Barrio de la Boca: Caminito. Barrio de San Telmo.

- Café Tortoni. Tanguerías. Locales de moda en los muelles de Puerto Madero.

- Teatro Colón. Feria de antigüedades de San Pedro Telmo (domingos). Museo de Arte Moderno. Parque Lezama y Museo Histórico Nacional.

- Atardecer en la Costanera Norte.

Información turística

- En España: 91 559 41 67

- En Buenos Aires: 011-43 12 22 32

www.argenpress.info

www.turismo.gov.ar

www.aerolineas.com.ar

Información general

- Moneda: peso argentino.

- Pesos y medidas: sistema métrico decimal.

- Electricidad: 220 voltios.

- Horario: 3 horas menos del GMT, que se eleva a 5 en verano (coincide con nuestro invierno).

- Idioma oficial: español.

- Religión oficial: católica.

- Prefijos telefónicos: para llamar a Argentina el 54.

- Para telefonear de Argentina a España el 00 34 y el número de abonado.

- Horario comercial: de 9.00 a 19.00 h.

- Horario de bancos: de 10.00 a 15.00 h.

POR QUÉ NOS GUSTA...
Hay tantas razones por las que nos gusta la capital del tango que no tendríamos espacio aquí para enumerarlas.

Buenos aires, alma de tango

Buenos aires se ha ganado a pulso su supremacía urbana en hispanoamérica, e incluso, en todo el hemisferio sur. aquella ciudad misteriosa que retrató manuel mújica láinez, aquella impregnada de la nostalgia de los emigrantes, aquella sofisticada de borges, es un trozo de europa, culta y arrabalera, vanguardista y futbolera, llena de contrastes que enriquecen el encuentro social en sus calles céntricas, siempre repletas de gente, siempre hiperactivas.

Nadie llega a Buenos Aires sin referentes literarios y musicales. El viajero debe visitarla eligiendo su capítulo preferido de ese gran libro escrito por los porteños desde 1586, cuando fue definitivamente fundada por Juan de Garay. Totalmente plana, asomada al Río de la Plata y con una traza en cuadrícula, Buenos Aires no ha dejado de crecer y de transformarse hasta convertirse en una compleja superposición entre la ciudad hispana y la porteña, entre la ciudad del tango y la de las grandes avenidas, entre la de los modernos centros comerciales y la fragmentada en urbanizaciones de lujo cerradas a golpe de verjas y vigilantes.

La realidad es que el viajero se mueve sólo por las calles más céntricas –lo que los locales llaman el microcentro-, pero no se debe olvidar que Buenos Aires es el resultado de la suma de 46 barrios que se extienden hasta formar una conurbación dispersa, que alcanza los 2900 kilómetros cuadrados, incluyendo la zona metropolitana, donde viven 12 millones de personas. Hay que reconocer la existencia de este gigantesco cuerpo, aunque sólo se visite la almendra central, para entender las claves de los arrabales y de sus gentes en perenne viaje al centro, a las descomunales avenidas donde Argentina se hace grandiosa. Y son estas avenidas por donde siempre comienzo mi visita a la capital federal. Cuando piso la avenida de Mayo, un ambiente familiar hace verdadero el tópico de que «Buenos Aires es la ciudad más europea de América». En sus librerías de viejo se encuentran las joyas de esa pasión literaria compartida por argentinos y españoles; en sus cafés, parece que nos espera alguna tertulia de corte literario o de psicoanálisis, que es el alter ego de la ciudad de Borges. Desde la plaza de Mayo hasta la del Congreso, me asalta la sensación de no haber cruzado el Atlántico, pero la luz me advierte del engaño. Sólo en estas latitudes las penumbras son tan violentas, sólo los verdes de los parques son tan intensos y el crepúsculo vuelve de oro los muros pétreos del Congreso, mientras la ciudadanía se entrega al descanso entre las estatuas que la ignoran.

La grandiosidad arquitectónica del centro bonaerense se inicia gracias al auge económico de los últimos decenios del siglo XIX, cuando independiente y rica, la ciudad recibió una emigración masiva, sobre todo de italianos y de españoles, y se abrió en amplias avenidas que tomaron como referente el urbanismo monumental que Haussmann aplicó en París. Pero Buenos Aires también tiene un toque madrileño, que se percibe en esa superposición de estilos arquitectónicos que demuestra la supremacía de los argumentos de la especulación frente a los románticos intentos de conservar la arquitectura del pasado. Aunque la capital federal posee una escala mayor y un tráfico todavía más caótico, como se percibe en la descomunal avenida 9 de Julio, que algunos se empeñan en considerar la más ancha del mundo. Cruzar esta avenida puede resultar agotador y, ciertamente, supone un descanso darse una vuelta por la peatonal calle Florida, orillada de comercios que ofrecen las más variopintas tendencias de la moda. Entonces se comprende que el toque madrileño tiene una mayor importancia en la forma de vivir que en la puramente estética: la calle centra la existencia, las plazas son como foros para el encuentro, y los bonaerenses parecen querer presenciar todos los acontecimientos y conocer todo lo nuevo.

La plaza de Mayo
Casi sin sentirlo, se llega a la plaza de Mayo, que es lo mismo que decir a la Catedral y a la Casa Rosada y, sobre todo, a presenciar cómo los argentinos se fotografían junto a la residencia de su Presidente. Siempre me emociona esta plaza donde han tenido lugar los grandes acontecimientos de masas del país. La historia tiene en ella sus rostros más conocidos, comenzando por los fundadores hispanos que la trazaron como plaza de armas, reconvertida luego en centro de las mercaderías. Se suceden los rasgos de los padres de la patria y el recuerdo de la multitudinaria celebración de la Independencia el mes de mayo de 1810, que dio nombre a la plaza. También aparecen los rostros de Perón y de Evita, con sus multitudes, y los millares de bocas que gritaban contra la Junta Militar. En los cuidados jardines todavía impresiona encontrarse con alguna de las madres de la plaza de Mayo que, tenazmente, continúan evitando que el olvido caiga como una cortina del tiempo.

Su majestad, el tango
Después de la evocación tomo la calle más impresionante, la avenida de Mayo, que seduce con su sabor europeo. En el célebre Café Tortoni se puede recordar a los numerosos intelectuales españoles que ocuparon mesa y sentaron cátedra, entre ellos a Federico García Lorca. La decoración no ha sucumbido a las reformas de lo nuevo-viejo tan en boga en medio mundo. Él es, sin más, un pliegue del pasado. Hasta Corrientes llego, para vibrar entre sus restaurantes y librerías trasnochadoras, sus cines, sus teatros y sus viejos cafés que se abren a la noche porteña y recuerdan el tango, aun a sabiendas de que la dirección «Corrientes 348, segundo piso ascensor» solo fue un invento del compositor.

El contrapunto a la grandilocuencia hiperactiva de las avenidas asalta en el barrio de San Telmo, con su fisonomía colonial y su alma bohemia. Repleto de tiendas de artistas y de anticuarios, los domingos celebra mercado al aire libre en la plaza Dorrego. Entonces las pulperías se llenan de compradores y vendedores. La animación nocturna del barrio no decae ningún día. Las tanguerías de la calle Balcarce son una institución, donde las orquestas de bandoneones y los tanguistas arrastran la nostalgia del suburbio. El buen momento que vive el tango en todo el mundo mantiene el alza de los locales bonaerenses y se podría trazar una ruta del recuerdo. Hacia el sur se abre paso el barrio obrero de La Boca, donde asalta el suburbio histórico, gris y duro, el de los emigrantes y la añoranza, el de la dura vida de los malecones del canal Riachuelo, el del tango. Una dureza que se rompe en Caminito, con las viejas casas de cinc y madera pintadas de colores refulgentes. Conquistado por el turismo, Caminito es producto de una simbiosis entre los descendientes de los estibadores genoveses, que construyeron las casas con los materiales de los desguaces de los barcos, y el pintor Quinquela, que les enseñó la viveza del color. Él mismo se ocupó de decorar Caminito con pinturas murales, relieves y esculturas, para crear una especie de galería al aire libre del arte callejero; casas museo tanto en el exterior como en el interior, donde puede encontrarse alguna exposición. Y tal vez se pueda ver a alguna pareja que acometa un tango por unas pocas monedas. El arte mendigo tiene la añoranza del suburbio de emigrantes. Cualquiera de las letras de los tangos aquí se vuelve cierta. Pero los niños juegan al fútbol en los callejones y surge otro mito. Ante el estadio del Boca Juniors se debe recordar la gran pasión nacional y, sobre todo, que Maradona fue jugador del equipo arrabalero.

De regreso al Buenos Aires de la opulencia, me dirijo a la plaza de Francia, donde el Centro Recoleta y el Buenos Aires Desing ejemplarizan la corriente mundial de los centros comerciales y de ocio, con restaurantes y locales de copas. Pero la caminata prosigue hasta el cementerio de La Recoleta, para poner una flor en la tumba de Gardel y comprobar que los porteños siguen invitándole a un cigarro, que humea entre los dedos de bronce de la estatua del cantante más universal de Argentina. Se dice que Gardel es el único que canta mejor después de muerto, porque nadie lo ha logrado superar. También allí se puede visitar el último lecho de Evita después de su muerte: su sepultura en el cementerio de La Recoleta se presenta con una rica verja rebosante de flores que dejan los visitantes. Parece que ningún lugar es adecuado para el descanso de la dama, pues tras largos años de idas y venidas con su cuerpo inerte, todavía hoy se critica que se haya elegido precisamente este lugar para enterrarla, un cementerio de ricos para la defensora de los pobres.

Borges nos recuerda que hay otro Buenos Aires, menos popular y repleto de referencias literarias. Nadie niega que la ciudad sea el centro cultural de Sudamérica desde comienzos del pasado siglo. Al Teatro Colón, de acústica perfecta, se acude a presenciar las grandes representaciones operísticas, donde trabajan a diario 1400 personas. Y el texto Teatro Nacional Cervantes –monumento nacional– demuestra la plena vigencia del género teatral. Para seguir conociendo Buenos Aires hay que pasear por el texto parque de Palermo y la Costanera Norte, con sus espacios deportivos y sus asadores al aire libre. Los restaurantes más caros se encuentran en el remodelado Puerto Madero, donde se puede caminar por una pasarela que recorre el puerto, cruzar el puente de Calatrava, buscar las similitudes con el puerto de Barcelona, y desde donde se pueden observar también los rascacielos. Más allá, la ciudad deja de ser de los viajeros para diluirse en esa inmensa red de carreteras, de urbanizaciones cerradas y de suburbios de una de las mayores conurbaciones del planeta.

Guía práctica
- Documentación: Pasaporte.
- Compras: Artículos de piel y ropa. En las calles Santa Fe y Alvear se encuentran las mejores boutiques: en el Patio Bullrich y en las Galerías Pacífico. Los artículos de cuero se venden en tiendas fastuosas: bolsos, prendas de vestir, complementos para la práctica de la hípica, botas de caña. El establecimiento más famoso es Casa López, con tiendas en la plaza San Martín y en Galerías Pacífico. Otra alternativa es Ross&Carusso (avda. Santa Fe, 1601), abierta desde 1868 y frecuentada por la familia real española. Las antigüedades hay que buscarlas en el mercadillo dominical de San Telmo y en los anticuarios del barrio. Las joyerías tienen precios atractivos. Las chocolaterías como el Lion d´Or son irresistibles para los golosos.
- Carnes a la Brasa: La cocina autóctona está presidida por la parrillada de vacuno, regada con buen vino, ya que el país es el cuarto productor del mundo. Hay asadores criollos para todos los bolsillos:
La Estancia (Lavalle), La Chacra (Córdoba), Hereford (avda. Rafael Obligado. Costanera Norte).
Más asequibles son La Raya (Pavón 3062) y los carritos de Costanera Norte, como Años Locos.
- Direcciones: Consulado de España: Guido 1760. (011-48 11 00 70).
- Espectáculos de tango:
El Viejo Almacén (011-43 07 73 88)
La Ventana (011-43 31 02 17)
Casa Rosada (011-43 61 82 22). Hay que reservar.
- Excursiones en transbordador: Montevideo y playas del Este con Ferrylines (011-43 15 68 00) y Buquebús (011-43 11 11 59).


Texto y fotos: Acacia Domínguez Uceta.

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