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Cuenca te espera siempre encantada

El trazado asimétrico y su abrupta orografía han convertido a Cuenca en Patrimonio de la Humanidad
Cuenca se ha moldeado a sí misma lejos de la planificación urbana. La urbe medieval creció con falta de espacio y se verticalizó, dando lugar a los primeros rascacielos.

Sobre el casco medieval gravita la herencia de las tres comunidades que la habitaron.

Los mozárabes estaban asentados en su mayoría en el actual barrio de San Martín, cuyas estrechas calles forman uno de los enclaves más típicos, entre la Plaza Mayor, la hoz del Huécar y las Casas Colgadas.

La judería estaba establecida alrededor del Alcázar, entorno a la actual torre de Mangana y el solar de la antigua sinagoga.

Los cristianos ocuparon el resto de la ciudad vieja, afincándose la aristocracia en la calle de San Pedro, cuyas fachadas muestran una serie de escudos nobiliarios.

Lo imperdible

- Semana de Música Religiosa de Cuenca, que coincide con la Semana Santa, con numerosos conciertos en las iglesias y en el Teatro Auditorio.

- Tribunal de la Inquisición, actual Archivo Histórico.

- Iglesia de San Pedro, de origen gótico y planta octogonal, que parece que ocupa
el solar de una antigua mezquita.

- Casas Colgadas, traza medieval siglos XIII y XIV, reformado en el siglo pasado.

- Catedral basílica de Nuestra Señora de Gracia.

- Iglesia de San Miguel, convertida en auditorio.

- Convento de los Descalzos y bajada a la ermita de las Angustias.

- Ayuntamiento, siglo XVIII.

- Plaza de la Merced y Museo de la Ciencia.

- Torre de Mangana, sobre la ruinas del antiguo alcázar.

- Iglesia del Salvador. Siglo XVIII.

Información turística:

C/ Alfonso VIII 2, 16001 Cuenca. Tel.: 969 241 051. www.cuenca.org


Guía práctica
Hoteles
- Parador Nacional de Turismo: 969 232 320
- Hotel Leonor de Aquitania: 969 231 000
- Posada de San José: 969 211 300
Restaurantes
- El Figón de Pedro: 969 226 821
- Casas Colgadas: 969 223 509
- El Figón del Huécar: 969 223 509
Compras
Cerámica, papel hecho a mano, objetos de papel. Queso manchego, resolí (licor típico de Semana Santa).

POR QUÉ NOS GUSTA...
Es una ciudad bella y acogedora

Cuenca te espera siempre encantada

La originalidad orográfica y la asimetría de la arquitectura popular inspiraron a escritores y pintores y lograron el reconocimiento de la unesco como patrimonio de la humanidad. meca de la vanguardia artística y sede del museo de arte abstracto, la propia cuenca es, con su trazado asimétrico y su abrupta orografía, la más vanguardista de las creaciones.

Resulta inevitable recordar ante las Casas Colgadas el antiguo eslogan turístico «Cuenca es única», en clara referencia a la originalidad de la ciudad asomada al abismo. No hay duda, pocas ciudades en el mundo poseen una situación y una fisonomía tan singular. Las hoces que rodean el espolón rocoso donde se alza el casco viejo convierten Cuenca en una ciudad paisajística en la que triunfa la belleza de la desarmonía y la arquitectura popular más pura.

La simbiosis entre el campo y la urbe es total. A cada paso, el campo entra en la ciudad por los recovecos y los miradores más insospechados. Las calles descienden hacia los abismos y se prolongan por los románticos caminos que se adentran en las hoces.

Única, irrepetible
Al pasear por su casco antiguo es imposible que no surja el asombro ante el juego entre la arquitectura popular y la belleza del paisaje. Más allá de los estilos arquitectónicos, Cuenca se ha moldeado a sí misma lejos de la planificación urbana, de la plomada y de la escuadra y el cartabón. La urbe medieval que albergó a musulmanes, judíos y cristianos creció con falta de espacio entre las murallas y los profundos derrumbaderos, casi inexpugnable; se verticalizó para ganar espacio en altura dando lugar a los primeros rascacielos del barrio de San Martín. Se abrieron ventanas y puertas sin pensar en la simetría de las fachadas, se trazaron calles que avanzan en difícil límite con el abismo y se vuelven túneles que atraviesan mansiones. El pueblo ideó chimeneas, creó voladizos, y los muros se inclinaron desafiando la ley de la verticalidad hasta lograr que Cuenca fuera irrepetible en cada uno de sus rincones.

El recién llegado debe recorrer a pie el eje longitudinal, empinado y tortuoso, que avanza desde el puente de la Trinidad hasta la plaza del Castillo, y articula el conjunto urbano, comunicando la parte baja y la alta de la ciudad fortificada. El mejor consejo es que dejen el coche en la parte baja y tomen el autobús número 1 o el 2 hasta el Castillo, porque el bajar cuestas es mucho más cómodo que el subirlas. Paso a paso irá descubriendo un conjunto urbano tan bien conservado que solo se explica porque Cuenca, antes de ser patrimonio de la Humanidad, fue Conjunto Histórico Artístico, beneficiándose de la protección legal.

Tres culturas
Las casas se aprietan como una piña, creando una imagen que apenas ha cambiado. Sobre el casco medieval gravita la herencia de las tres comunidades que la habitaron, y resulta fascinante descubrir cada una de sus zonas. Los mozárabes estaban asentados en su mayoría en el actual barrio de San Martín, cuyas estrechas calles forman uno de los enclaves más típicos, entre la Plaza Mayor, la hoz del Huécar y las Casas Colgadas, un barrio que sirvió de inspiración a numerosos dibujos de Lorenzo Goñi. La judería estaba establecida alrededor del Alcázar, entorno a la actual torre de Mangana y el solar de la antigua sinagoga. Los cristianos ocuparon el resto de la ciudad vieja, afincándose la aristocracia en la calle de San Pedro, cuyas fachadas muestran una serie de escudos nobiliarios, desde la Plaza Mayor hasta la plaza del Trabuco. Muchas de estas casas fueron recuperadas por escritores y pintores, que todavía las mantienen como auténticos tesoros de la arquitectura tradicional. Al inicio de la calle, la estatua a Federico Muelas rinde homenaje al poeta que fue cronista de la ciudad en los momentos de mayor efervescencia intelectual.

La Plaza Mayor, de trazado irregular, es tan imprevisible como el resto de Cuenca. En ella, la Catedral ni cierra ni preside ninguna perspectiva. Es, como las calles que la rodean, compleja y todavía inacabada. Desde que se empezó a construir en el siglo XII, en pura transición del románico al gótico y tocada por la influencia normanda, cada época ha dejado su impronta, hasta la actualidad con las vidrieras de los pintores abstractos. El resto de la plaza pertenece a los bares, a los ceramistas y al ayuntamiento, por cuyos soportales pasan los que suben y los que bajan como si fuera una gigantesca puerta.

Desafío al vértigo
Desde la Plaza Mayor se parte hacia las hoces. A un lado está la del Júcar y el barrio de San Miguel con su iglesia dedicada a auditorio, y el descenso al santuario de las Angustias; al otro, la hoz del Huécar, dejando atrás el Palacio Episcopal, el Museo Diocesano, el Arqueológico y llegando por fin a las célebres Casas Colgadas y su Museo de Arte Abstracto, con Zóbel a la cabeza de sus creadores. Pronto se llega a la hoz, a la cornisa de casas colgadas, a las rocas que parecen damas de piedras y atlantes, al puente que desafía al vértigo, al Teatro Auditorio de Cuenca y al convento de San Pablo, convertido en parador de turismo y, gracias a los Príncipes de Asturias, en uno de los lugares más románticos de España. Los paseos continúan entre las huertas y la orilla del río. O bien se pueden tomar las rutas panorámicas que dejan en la retina algunas de las mejores vistas de la ciudad medieval.

De nuevo surge la monumentalidad de las rocas jugando con las casas, los chopos dorados y el agua siempre verde del Júcar que inspiró versos como los escritos por Gerardo Diego: «Agua verde, verde, verde/ agua encantada del Júcar/ verde del pinar serrano/ que casi te vio en la cuna». Aguas que nos llevan camino de su nacimiento hacia el Juego de Bolos, la playa y los pinares que envuelven los paisajes más impresionantes de la serranía conquense, donde el Ventano del Diablo, la Ciudad Encantada, Tragacete y los nacimientos del río Cuervo y del Júcar son los parajes cuya orografía alcanza una originalidad única, como la de la ciudad de Cuenca.

Así lo veía José Luis Coll
Hace unos días me encontré con uno de esos tipos que, nada mas verlos, te dices a ti mismo: «Éste es un imbécil». Y pocos minutos después lo confirmas, lo aseguras, lo podrías jurar. Total, que el individuo en cuestión me dice: «Creo que vas diciendo por ahí que eres de Cuenca». A lo que yo repuse: «No es que lo vaya diciendo, es que soy de Cuenca». El tipo se echó a reír y añadió entre un manantial de babas: «Tú no puedes ser de Cuenca, puesto que Cuenca no existe». Al principio, pensé que se trataba de una broma estúpida, sin gracia ni fundamento, pero el animalejo insistió: «Cuenca ni existe ni existió jamás. Ni, por supuesto, existirá nunca».

Aquello ya empezó a molestarme, porque ni tenía verosimilitud ni gracia ninguna. «¿De dónde te sacas que Cuenca no existe?». A lo que me respondió: «¿Y tú, de dónde te sacas que Cuenca existe?». «Hombre –le dije–, ahí tienes la historia y los mapas. Cuenca fue liberada por Alfonso VIII». «¿Y tú cómo sabes eso? ¿Es que estabas allí? ¿Es que viste el momento de su liberación? ¿Es que luchaste por su libertad?». «Yo no –repuse–, pero lo hicieron otros». «¿Y esos otros, eran amigos tuyos?». «Mira, –arremetí ya con cierta rabia–, ahí tienes la carretera de Valencia. Pues en esa dirección está Cuenca. Y además, mira». Saqué mi carné de identidad. «Aquí lo dice: José Luis Coll, natural de Cuenca». «Ahí dirá lo que tú quieras, a saber si no habrás confeccionado tú mismo ese carné». «¿Cómo lo voy a confeccionar yo?».

Ya no sabía qué decir. Le propuse llamar al ayuntamiento de Cuenca. «¿Al ayuntamiento? ¡A saber qué número marcarás diciendo que es el ayuntamiento de Cuenca!». «Bueno, pues a la policía». «Mira –me dijo–, si llamas a la policía preguntando que si existe Cuenca, te van a tomar por loco. A nadie se le ocurriría llamar a la poli para saber si existe una ciudad con nombre absurdo y desconocido. Es como si yo dijera: ¿Existe la ciudad de Cuerfinade? A lo que me contestarían algo sobre mi padre, que en paz descanse».

Les confieso que ya no sabía qué argumentar ni de qué forma seguir aquella conversación. Porque lo que sí les juro es que Cuenca existe. En ella he nacido, en ella tengo familia y amigos, en ella conocí a la que hoy es mi mujer y la madre de mis cinco hijos. En ella di los primeros pasos de mi vida, en ella me bañé en dos ríos: Júcar y Huécar... En ella estudié –no estudié– el Bachillerato, en ella conocí gentes hoy muy famosas... En ella nació mi hermano, y en ella mis dos hijos mayores. «¿Y cómo me puedes demostrar que todo lo que has dicho es cierto?». «¿Porque es verdad?». «¿Y cómo sé yo que todo eso es verdad?». «¡¡Porque lo digo yo!!».

Lo cierto es que estoy hecho un lío. Pero de lo que sí estoy seguro es de que Cuenca existe. Y desde hace mucho tiempo. Meses, e incluso años y, si me apuran, siglos. Aunque hay gentes muy peligrosas que, ora por envidia, ora por mala intención, son capaces de decir que el Guadalquivir es un río, o que el Mont Blanc es una montaña. De cualquier manera, de una manera o de otra, yo le pienso demostrar que Cuenca existe. Y que es una de las más bellas ciudades que han hecho entre Dios y el Hombre.


Texto y fotos: Acacia Domínguez Uceta.

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