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El lago léman, espejo de los alpes

Decimonónicos barcos de pasajeros continúan uniendo las ciudades balneario y las grandes villas que, repletas de museos, galerías de arte y festivales de música, acogieron a artistas, millonarios y exiliados de lujo
Léman no solo colecciona personalidades, también lo hace con organismos internacionales. Lausana es sede del Comité Olímpico Internacional (COI). Ginebra, de las Naciones Unidas.

Ginebra disfruta de un alto nivel de vida, reflejado en sus elegantes calles y monumentales edificios, ocupados por bancos, museos y galerías de arte.

La ciudad olímpica muestra su corazón medieval. Desde el siglo VII fue la ciudad de los obispos, que impulsaron el desarrollo económico y político.

Un viaje en barco nos llevará al castillo de Chillon, la mayor construcción defensiva, a Montreux, la ciudad balneario que se considera heredera de la Belle Époque, y a las vinícolas Morgues y Nyon.

Visita al Palacio de las Naciones Unidas y a la sede de la Cruz Roja

La visita al edificio de las Naciones Unidas resulta obligatoria para quienes pisen Ginebra por primera vez. La entrada de las Banderas y la Esfera Armilar parecen dar la bienvenida frente a la panorámica de los Alpes y el Mont Blanc. Las azafatas desgranan los acontecimientos históricos de la sede de la ONU en Europa. A la Sala del Consejo General le sigue otra mucho más curiosa, la Sala Francisco de Vitoria, dedicada al español considerado el Padre del Derecho Internacional. Los muros están decorados por otro gran compatriota, el pintor Sert.

De las 200 instituciones públicas y privadas de Ginebra, destaca la Cruz Roja, que representa la solidaridad internacional. Su museo despierta las conciencias más adormecidas y reafirma a todos los pacifistas.

Museo y Parque Olímpico

En Lausana abre sus puertas esta curiosa institución cultural encargada de custodiar la historia de los juegos olímpicos desde los tiempos de Grecia, hasta la actualidad. Las diferentes sedes olímpicas, la evolución de los deportes, la incorporación de las mujeres, son algunos de los temas tratados en modernos dioramas. Mención especial merece el barón Pierre de Coubertin, padre del olimpismo moderno. Las vitrinas muestran las antorchas, medallas, ropa de los diferentes deportes utilizada en las diferentes olimpiadas, así como los recuerdos de los grandes atletas. En su jardín hay muchas esculturas de artistas españoles, pues no hay que olvidar que Samaranch dirigió durante muchos años la sede olímpica.

Pasaporte:

- Cómo llegar. Vuelos diarios desde España a Ginebra. Desde Barcelona sale el tren Rápido Talgo con destino a Ginebra.

- Documentación necesaria. Pasaporte.

- Salud. Cartilla internacional de la Seguridad Social.

- Moneda. Franco suizo.
- Climatología. Información actualizada en www.meteosuisse.ch.
- Idioma. Francés, excepto en las tierras altas del cantón del Valais, donde se habla el alemán.

Guía práctica
- Hoteles: Existen numerosas ofertas de fin de semana a partir de 89 francos suizos la noche (información completa en www.geneve-tourisme.ch/). En Ginebra, recomendamos dos clásicos:
Hotel Beau-Rivage. Quai de Mont Blanc, 13. (5 estrellas).
Hotel Ambassador. Quai des Berges, 21 (4 estrellas).
- Gastronomía. La ciudad de Ginebra posee más de 50 restaurantes incluidos en la Guía Michelin. Si se quiere algo excepcional, el mejor es Le Domaine de Chateauvieux, con más de 900 referencias de vinos y dos estrellas en la Michelin. Tel. 41 (0) 22 753 15 11. También es muy famoso La Colombiére à Lully (1 estrella Michelin), tel. 41 (0) 22 757 10 27.
- Compras.- Antigüedades, relojes, joyería, firmas internacionales, artículos de diseño, vinos, quesos.

POR QUÉ NOS GUSTA...
Porque es tranquilo, natural, relajante, por la belleza del entorno... Un placer para la vista y para el espíritu.

El lago léman, espejo de los alpes

A los pies de los alpes, el ródano forma el lago léman, cuya orografía se extiende por la historia de la cultura universal. intelectuales y artistas encontraron en sus orillas un refugio donde vivir y crear. ginebra y lausana acogen numerosas instituciones internacionales, entre las que destacan la sede europea de la onu, la cruz roja y el comité olímpico internacional.

El contraste entre las tierras bajas y las cumbres es el denominador común del recorrido por los cantones de Vaud, Valais y Ginebra, que comparten el gran lago. A bordo de los decimonónicos barcos de pasajeros se descubren las orillas del Léman. La flota, la mayor que existe en Europa de tiempos de la Belle Époque, continúa uniendo las ciudades balneario y las grandes villas que acogieron a artistas, millonarios, aristócratas y exiliados de lujo, dando lugar con el tiempo a poblaciones profundamente cultas, repletas de museos, galerías de arte, festivales de música, hoteles de época, restaurantes gastronómicos, teatros y monumentos a las personalidades que le dieron fama universal. Si el castillo de Chillon recuerda a Lord Byron y Montreux a Scott Fitzgerald, a Hemingway y Stravinsky, Vevey presume de haber tenido entre sus vecinos a Dostoïevski, Víctor Hugo y Charles Chaplin. Pero el lago Léman no solo colecciona personalidades, también lo hace con organismos internacionales. En Lausana, la segunda ciudad más importante del lago, aguarda el Museo y Parque Olímpico por ser sede del Comité Olímpico Internacional (COI). En Ginebra, la capital indiscutible del lago y la más internacional de Centroeuropa, se encuentra la sede europea de las Naciones Unidas (la antigua Sociedad de Naciones creada en 1919) y de la Cruz Roja Internacional. Los jardines, los palacetes y los grandes relojeros son los símbolos de la riqueza y el poder de una urbe unida al recuerdo de Calvino y Rousseau.

Aguas arriba del Ródano, el itinerario se interna en el cantón del Valais, donde existen 40 picos que superan los 4000 metros de altitud. Por su valle central el Ródano desciende rodeado de viñedos. La presencia romana se encuentra en Sión, aunque su traza sea medieval. Más arriba, aguarda el país del cielo, donde se es testigo del poder del planeta blanco concentrado en los grandes glaciares, como el de Aletsch, el más largo de Europa, y estaciones de esquí, como Crans Montana. Y de nuevo surge el contraste entre las ancestrales costumbres de los prados altos y la tecnología puntera de las estaciones invernales.

Las orillas del Léman
A bordo de los barcos de línea se inicia el descubrimiento de las orillas del lujo. Conviene empezar por los orígenes y desembarcar en el castillo de Chillon, la mayor construcción defensiva del Léman desde los tiempos más remotos. En el siglo XII pasó a ser una posesión de los condes de Saboya y pronto se erigió en cabeza de la red de fortificaciones del lago que controlaban la ruta del Gran San Bernardo, el paso abierto a través de los Alpes hacia los territorios de la actual Italia. Además de las salas donde se alojaban los nobles, resulta apasionante contemplar el entramado de estructuras de madera habituales en aquel tiempo y que han desaparecido en la mayoría de los castillos. Chillon fue también una cárcel y todavía se distinguen las firmas dejadas por los prisioneros y los visitantes, algunos tan ilustres como Lord Byron, que se inspiró en el prisionero François Bonivard para escribir su célebre poema «El prisionero de Chillon». El barco continúa sus escalas, pero lo mejor es caminar por el paseo que, junto al agua, bordea mansiones y cuidados jardines, y cuyos bancos siempre están ocupados por gente de mirada ensimismada ante un paisaje de aguas plateadas y cumbres nevadas. Paso a paso, se penetra en el territorio del lujo absoluto camino de Montreux, la ciudad balneario que se considera heredera de la Belle Époque. Cuando en el siglo XIX la aristocracia europea descubrió el cálido microclima que reina en el lago y la bonanza del aire de las altas cumbres, comenzaron a edificarse suntuosos hoteles.

También se levantaron colegios exclusivos y sanatorios privados que se escalonan ladera arriba en un entramado urbano entre jardines, que garantiza que las ventanas se abran sobre una panorámica excepcional. Actualmente hoteles, colegios y sanatorios se mantienen como entonces, aunque el monumento a Freddie Mercury recuerde a una oleada posterior de famosos, que sustituyeron a Andersen, Scott Fitzgerald o Stravinsky, que compuso numerosas obras inspirado en la sonoridad del lago. También ha cambiado la forma de divertirse. El baile en los salones de los grandes hoteles ha sido sustituido por la animación de los clubes de jazz.

Las antiguas poblaciones del lago ahora forman un continuo urbano hasta Lausana. Nos paramos en Vevey ante la estatua de uno de sus vecinos más célebres, Charles Chaplin, pero Henri Nestlé y sus chocolates también contribuyeron a hacer famosa la población. Sin embargo, lo que permanece inalterable es el excursionismo por la red de senderos y el espíritu deportivo.

Lausana, la olímpica
El muelle de Ouchy recibe a los numerosos visitantes que se dirigen al cercano Museo y Parque Olímpico. Sin lugar a dudas es la segunda ciudad más importante del Léman, después de Ginebra, aunque su fisonomía sea distinta, ya que está situada en un impresionante paisaje que asciende desde las orillas del lago hasta la estación invernal de Chalet-à-Gobet, diluyéndose, según se asciende, los límites entre el campo y la ciudad. Parece lógico que una vida tan inmersa en la naturaleza propicie la práctica de los deportes. A media altura entre el lago y las cumbres, la ciudad olímpica muestra su corazón medieval. Desde el siglo VII fue la ciudad de los obispos, que impulsaron el desarrollo económico y político. Esto explica la fabulosa catedral gótica, de una importancia capital en el arte suizo. Su portada medieval muestra un conjunto de esculturas góticas consideradas auténticas obras maestras, mientras que en el interior la soberbia altura de las naves se acrecienta con la belleza de las vidrieras que muestran la visión medieval de la existencia.

Los estudiantes de la Universidad y los miembros de la alta sociedad «acampan» por las calles medievales, cuyos pasadizos descienden vertiginosamente hacia las aguas del lago. La noche convierte la ciudad y el lago en una constelación de luces. Las calles históricas se vuelven paganas en torno a la plaza de la Palud, la del ayuntamiento, por los numerosos restaurantes y pubs de la zona. Pero hablando de luces, conviene recordar que durante el siglo XVIII la ciudad vive otro momento de prosperidad. Universitarios, editores, grandes enciclopedistas y hasta el propio Voltaire la hacen brillar en el Siglo de las Luces. Pero fue el doctor Tissot el iluminado más célebre y el que dio fama a la ciudad como centro de curas, renombre que prosigue en la actualidad gracias a prestigiosas clínicas. También explica la profusión de edificios neoclásicos como el teatro de la Ópera. Sus veladas se prolongaban en los salones del hotel Lausana que, por cierto, sirvió de residencia a Juan Antonio Samaranch, que fue durante muchos años el presidente del Comité Olímpico.

Lausana se mantiene como un potente foco cultural con numerosas galerías de arte y con la sede del célebre ballet de Maurice Béjart. La vuelta al pasado trae a la memoria a personajes que aquí vivieron, algunos olvidados, como la reina española Victoria Eugenia, que nunca aparece citada entre los vecinos ilustres.

La sirena del barco llama a los pasajeros para seguir viaje hacia Morgues y Nyon, que a su ambiente cosmopolita unen el ser centro de una importante zona agrícola, sobre todo vinatera. Los castillos rodeados de viñedos guardan profundas bodegas, como el de Prangins, convertido en museo de la historia suiza. Nyon representa la imagen perfecta que buscaban los viajeros del romanticismo, con las ruinas romanas enfrentadas al lago y al Mont Blanc. Junto al agua se alza como un superviviente el pueblo de pescadores, donde es posible tomarse algún pescado del lago recién capturado.

Ginebra, la más cosmopolita
Al otro extremo del lago Léman, Ginebra disfruta de un nivel de vida envidiado incluso por los ricos japoneses y estadounidenses. Los primeros comparan los fabulosos jardines y los segundos las mansiones que se asoman al lago. Pero ambos enmudecen ante la elegancia de las calles, el ambiente de ciudad salón impoluta, hecha para caminar entre monumentales edificios cuyos interiores están ocupados por bancos, museos y galerías de arte. En la rue Mont Blanc surgen las anécdotas, como el mausoleo del excéntrico duque de Brunswick a semejanza del de los Scaligeri en Verona. En las proximidades, el hotel Beau-Rivage era el lugar de alojamiento de la emperatriz Sissi cuando fue asesinada en el muelle. Su monumento la recuerda como un símbolo de las contradicciones del siglo XIX.

El Ródano y su afluente el río Arve trazan un cinturón de agua en torno al casco antiguo. Más allá de los famosos más frívolos, el monumento a Rousseau nos anuncia que la ciudad fue elegida por numerosos reformadores, filósofos, políticos, magistrados, científicos y escritores que desarrollaron el pensamiento europeo. Las casas de Rousseau y Voltaire se han convertido en museo.

Por mucho que se vaya a Ginebra siempre se visita la plaza de Bourg de Four, que sigue siendo el lugar de encuentro desde la época de los romanos. En el siglo XIV las famosas ferias de Ginebra, que atraían comerciantes de media Europa, se celebraban en esta plaza. El esplendor continuó, y la mayoría de las fachadas que hoy vemos fueron levantadas del siglo XVI al XVIII. Ocupada por las mesas de los cafés, abre la ruta de los anticuarios y los restaurantes de lujo. Cerca, las banderas anuncian el palacio del Ayuntamiento, sede del Gobierno del cantón de Ginebra y escenario de la firma de numerosos tratados, como el que puso fin a la Guerra de Secesión de los Estados Unidos o el de la Primera Asamblea General de la Sociedad de Naciones, en 1920.

El paseo por Ginebra se vuelve grave en torno a la catedral de San Pedro, una suma de estilos desde el románico hasta el neoclásico. La sobriedad del interior revela que estamos en la ciudad de Calvino y resulta un alivio escuchar el carillón catedralicio que convierte, en la ciudad de los relojeros, la medida del paso del tiempo en música. Al reformador se le debe también la fundación de la Académie, embrión de su reputada universidad, que difundió el protestantismo y cuyos edificios se encuentran repartidos en torno al parque de los Bastiones.

Adosado a una parte de las antiguas murallas que rodeaban Ginebra, se levanta el monumento a los reformadores. Cuatro gigantescas esculturas rinden homenaje a Guillaum. A estos reformadores se debió, entre otras cosas, que a mediados del siglo XVI se instituyese la educación pública obligatoria. Hoy, la gente se divierte en el parque, de espaldas al monumento se juegan partidas de ajedrez de piezas gigantescas y las parejas se besan en la hierba. Curiosamente, la llamada Roma protestante tiene en estos momentos una población católica mayoritaria. La convivencia es la moneda de cambio en estas tierras cosmopolitas de Suiza.


Texto y fotos: Acacia Domínguez Uceta.

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