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Fascinante estambul

A pesar de los sitios, saqueos y pillajes, de cruzados y jenízaros, de haber sentido como ninguna los zarpazos de la codicia humana, Estambul no deja de fascinarnos con su eclecticismo.
Sus calles, con miles de puestos ambulantes, son un hormiguero humano
La basílica de Santa Sofía (Haghia Sophia o Santa Sabiduría) es la joya del imperio bizantino, con la cúpula más bella del mundo.
El palacio de Topkapi, residencia de los sultanes otomanos durante 400 años, perdura como un recuerdo de Las mil y una noches, con sus jardines y estanques
El Gran Bazar es una ciudad dentro de la ciudad. Es una enorme red de galerías cubierta, repleta de comercios.

Visitas obligadas

- Travesía en barco por la confluencia del Bósforo con el Cuerno de Oro.

- Basílica de Santa Sofía y mezquita Azul.

- La calle Istikal Cadessi, la más concurrida y popular de Estambul.

- Hotel Ciragan, antiguo palacio del sultán.


Evitar

- Cambiar más dinero del necesario, pues las liras turcas son muy inestables.

- Regatear si no se va a comprar: se considera de mal gusto.

Procurar

- Ir en primavera u otoño, cuando el clima es más agradable.

- En temporada baja, las agencias de viajes tienen buenas ofertas.

- Hacer las excursiones con el guía de la agencia.


Nuestro pasaporte
- Clima. Los inviernos pueden ser muy fríos y los veranos muy calurosos. La primavera y el otoño suelen ser agradables y son las épocas recomendadas para viajar a Estambul y a Turquía en general.
- Preparar el viaje. Casi todas las agencias de viajes españolas tienen viajes semanales a Estambul y Turquía. Fuera de las épocas de vacaciones españolas hay ofertas muy ventajosas. Los viajes organizados suelen incluir desplazamiento desde el aeropuerto de destino al hotel, desayuno y compañía de guía. Es mejor contratar con la propia guía de la agencia las visitas turísticas opcionales (se pueden preguntar precios en España antes de contratar en viaje).
- texto Moneda. En casi todas las tiendas aceptan euros. No se emocione al creerse millonario cuando cambie euros por liras turcas. ¡Un euro equivale más o menos a millón y medio de liras turcas! Como la moneda es muy inestable, no conviene cambiar más de lo necesario.
- Gastronomía. La cocina turca es variada y apetitosa: son muy ricos los entremeses («meze»); las berenjenas, calabacines o tomates rellenos gratinados; el pollo con arroz y frutas secas; el yogur turco; las «delicias turcas» (dulces para muy golosos). Los restaurantes populares exponen fuentes con guisos preparados en los escaparates, con lo que se puede pedir «a dedo», señalando lo que apetece a cada cual. En las calles se puede comprar pan de sésamo («çimit»), pizza turca («pide») y doner kebab (láminas de cordero superpuestas, asadas en vertical y trinchadas para tomar en bocadillo). En los muelles de Eminonu, desde donde parten todos los transbordadores, se puede tomar pescado asado con cebollas asadas (¡toda una institución en Estambul!).
- Desplazarse. La mejor forma de ver el viejo Estambul es a pie. Un tranvía que parte desde la estación marítima de Eminonu atraviesa el viejo Estambul. Desde Eminonu hay líneas permanentes por vapor o «autobús marítimo» hacia todos los barrios de las orillas. En Beyoglu, un funicular une los muelles con la villa de Pera. Un tranvía recorre también la calle más concurrida y popular de Estambul: Istikal Cadessi. Los taxis son relativamente baratos y llevan contador. Los guías aconsejan coger los que están a la puerta del hotel. Los autobuses no son recomendables. Hay una sola línea de metro, que sale de la plaza de Taksim.
Hoteles y restaurantes con historia.
- Café Pierre Loti. El favorito del escritor francés, gran enamorado de la ciudad. Ofrece un maravilloso panorama sobre el Bósforo.
- Hotel Pera Palas. Abierto en 1892 para acoger a los pasajeros del Orient Express, fue el preferido de grandes personajes, entre ellos Greta Garbo, el mariscal Tito o la propia Agatha Christie, que escribió en él su «Asesinato en el Orient Express». Su restaurante pasa por ser el más bello de Estambul.
- Hotel Ciragan. Antiguo palacio del sultán magníficamente restaurado, hoy es el hotel más lujoso de Estambul. En él se han alojado jefes de Estado como François Mitterrand o Bush. Merece una visita, aunque sea para tomar un café.

POR QUÉ NOS GUSTA...
Por su exotismo, por los colores, los sabores y los olores, por los bazares bulliciosos y las playas tranquilas...

Fascinante estambul

única ciudad del mundo a caballo entre dos continentes, la antigua constantinopla se ofrece al visitante con la seducción de un pasado milenario y la pasión de un presente palpitante y repleto de posibilidades.

Toda mi vida había soñado con llegar a Estambul por mar. Tenía la idea enquistada desde que, de niña, aprendí la Canción del pirata, el poema de Espronceda, y aquello tan rotundo de «Asia, a un lado; al otro, Europa; y allá en su frente, Estambul...», como si esa ciudad fuera el auténtico final de todos los viajes soñados y reales. Los aviones nos privan hoy de la gloriosa experiencia de surcar los Dardanelos y el mar de Mármara (que, en este orden, separan el Mediterráneo de Estambul), y captar la primera visión de la ciudad desde el estrecho del Bósforo (que, a su vez, separa la ciudad del mar Negro), al igual que los bucaneros de antaño, cuando el dinero del mundo vibraba con el aroma de las especias, las sedas, las piedras preciosas que llegaban de Oriente. A falta de eso, opté por un sucedáneo. Nada más llegar al hotel –el Mármara, en la plaza de Taksim, centro neurálgico de la ciudad–, pregunté a Aysel, nuestra eficacísima guía, por las travesías del estrecho en barco y me apunté a una de ellas.

Un mar de sensaciones
«Si quieres tener una impresión imborrable de Estambul, no abras los ojos hasta la confluencia del Bósforo con el Cuerno de Oro (estuario que vertebra la zona europea y cuyas aguas parecen doradas en los atardeceres soleados)», me recomendó la guía. «Desde ese lugar, se abarca toda la ciudad».

Tenía razón... hasta cierto punto. Descomunal, tentacular, el intento de capturar el espectáculo de la ciudad de un golpe era una auténtica acrobacia visual. Estambul está delante, detrás, a los lados, al fondo, blandiendo sus minaretes hacia el cielo. Sobre todo, está en torno del agua, fundiéndose con ella en la gran avenida acuática del Bósforo. Vistas desde el trasbordador, las orillas son una interminable orla de fastuosos palacios (el más ostentoso es el de Dolmabahçe, del siglo XIX), deliciosas «yali» (villas que llegan a cotizarse en decenas de millones de euros), edificios oficiales, mercados (como el Egipcio o de las especias), mezquitas, parques y embarcaderos, y las enormes moles de los puentes de Gálata (sobre el Cuerno de Oro), del Bósforo (con 1 074 metros) y el nuevo de Mehmet Fatih (10 metros mayor que aquél), que unen la zona asiática con la europea. Surcando esas aguas rebosantes de secretos y cambalaches de dudosa legalidad, miles de embarcaciones de todos los tipos y tamaños, desde cargueros a pesqueros (a pesar de la contaminación, las aguas del Bósforo siguen aprovisionando de pescado a la ciudad), decenas de transbordadores y ominosos petroleros que arriban desde el mar Negro tan cargados de crudo como lo permite su línea de flotación.

Viento del este, viento del oeste
«Si hubiera que elegir una ciudad como capital de Europa, esa sería Estambul, la antigua Constantinopla», dijo Napoleón hace dos siglos. Aunque la capital de Turquía se trasladara a Ankara en 1923, cuando se derogó el sultanato y Mustafá Kemal Ataturk fue proclamado primer presidente de la República Turca (Ataturk, «padre de los turcos» en turco, occidentalizó las costumbres, unificó el idioma, adoptó la escritura occidental y decretó la creación de un estado laico), Estambul sigue ejerciendo una atracción desaforada. Pasado el estupor del paisaje, lo primero que choca es la cantidad de gente que se mueve en la ciudad. Desde el amanecer hasta la madrugada, sus calles son un hormiguero humano, compuesto mayoritariamente por grupos de hombres jóvenes, muchos de ellos llegados de la Anatolia rural en busca de empleo y modernidad. Todos caminan deprisa –hacia los autobuses, los embarcaderos, el puente de Gálata...–, deteniéndose apenas un segundo en los miles de puestos ambulantes (que, de paso, mantienen ocupados a gran número de ellos) para comprar maíz tostado, pan de sésamo, castañas asadas o un billete de lotería.... como si al frenar el paso fueran a esfumarse sus sueños. Si uno se fija un poco más, sorprende la variedad de tipos humanos: morenos mediterráneos, caucásicos de nariz prominente, rubios de aspecto eslavo, incluso de rasgos mongoles... En cuanto a las mujeres, la diferencia la marca el atuendo: o ropa ultramoderna o el cabello y el cuerpo cubiertos. Y es que el 95% de la población turca es musulmana, aunque, según nuestra guía, «afortunadamente, el 80% tiene ideas abiertas».

Mosaico de culturas
Es difícil saber cuántos habitantes tiene Estambul exactamente. ¿Diez, quince, veinte millones? ¡Qué más da! La ciudad lleva miles de años acomodándose al paso de gentes de todas las razas y condiciones. ¿Qué otra urbe del mundo puede presumir de haber sido capital de tres imperios –romano, bizantino, otomano– y sobrevivido a ellos? A pesar de los sitios, saqueos y pillajes, de cruzados y jenízaros, de haber sentido como ninguna los zarpazos de la codicia humana, Estambul no deja de fascinarnos con su eclecticismo. En un majestuoso frente a frente, la basílica de Santa Sofía (Haghia Sophia o Santa Sabiduría), joya del imperio bizantino con la cúpula más bella del mundo, y la mezquita Azul, maravilla del arte otomano, se alzan como un desafío a las diferencias. Imponiéndose al trasiego de la Estambul actual, el palacio de Topkapi (residencia de los sultanes otomanos durante 400 años) perdura como un recuerdo de Las mil y una noches, con sus jardines y estanques, sus fastuosos aposentos y gigantescas cocinas, su colección de joyas de oro macizo y brillantes grandes como huevos..., por no desgranar del todo los secretos e intrigas del que, con 400 mujeres, fuera el mayor harén del mundo, demostración viviente del poder y riquezas del sultán.

Pero quizá más que en la historia petrificada, el espíritu de Estambul pervive en el día a día de sus gentes y las huellas que deja en los sentidos. Está en el aroma de los tés de manzana que te ofrecen gratuitamente en tiendas y bazares; en las llamadas a la oración de los muecines entremezcladas con la música tecno que emana de discotecas y boutiques; en el aroma de especias y de doner kebab asándose en cada esquina; en el tráfico caótico y los cláxones impenitentes; en los pulidísimos puestos de pescado ribereños; en los regateos inacabables de las tiendas; en los antiguos barrios que huelen a una negligencia de siglos.

Camino del aeropuerto, con la visión de una Estambul insomne que refleja sus luces en el Bósforo, siento ya un nuevo sueño enquistado en mi mente: tengo que volver a esta ciudad.

De compras en el Gran Bazar
Se trata de una ciudad dentro de la ciudad. Es una enorme red de galerías cubierta, repleta de comercios: joyerías, zapaterías, sastrerías, artesanos, anticuarios, vendedores de alfombras, restaurantes, cafés, salones de té, bancos...

Antiguamente, los comerciantes se agrupaban por gremios. Hoy hay algunos que siguen fieles a sus calles de origen como los joyeros, los fabricantes de alfombras o los orfebres.
Aunque el vendedor espera el regateo, no está considerado de buen gusto enzarzarse en la negociación si no se tiene intención de comprar. Los asiduos aconsejan ofrecer la mitad de lo que pide el comerciante y, a partir de ahí, negociar.

Alfombras, joyas, artículos de cuero, pieles, pipas de espuma de mar (una piedra calcárea que absorbe la nicotina), narguiles (pipas de agua) y las famosas cajas de limpiabotas (muy ornamentadas, recubiertas de latón y otros adornos)... son artículos que aprecian especialmente los turistas entendidos.

Omnipresentes té, café y raki. Todas las semanas, los comerciantes del Gran Bazar de Estambul adquieren fichas en establecimientos que solo preparan té. Los comerciantes llaman por teléfono a estas tiendas, y los empleados acuden al comercio para ofrecer vasos de té caliente a los clientes. El té de manzana es especialmente delicioso y no quita el sueño. El café turco se prepara con café molido muy fino y en cacitos de cobre. Se sirve sin colar, por lo que hay que dejarlo reposar.

El «raki» es una especie de anís que los turcos toman a cualquier hora, incluso con la comida.
El vino es considerado un lujo sofisticado, por lo que conviene consultar precios antes de pedirlo.


Texto y fotos Marisol Guisasola

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