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Isla de djerba, un oasis en el mediterráneo

La isla de Djerba es uno de los lugares más visitados de Túnez por su fascinante historia, su singularidad y la calidad de sus 125 km de costa de arena fina
La «isla de las cien mezquitas» guarda un tesoro de historias y leyendas, en las que no faltan sirenas y los efectos de la “flor del loto”
Sus casas encaladas bordean las callejuelas estrechas, bulliciosas, y en los zocos, hervidero de actividades, comienza el típico juego del regateo
La sinagoga La Ghariba es la más importante de África y alberga una comunidad judía descendiente de aquellos que huyeron de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor
En Matmata, en la llanura bereber, las viviendas están excavadas en las rocas, enterradas bajo tierra, lo que le confiere al lugar el aspecto de un paisaje lunar
No se pierda la ruta de los palacios del desierto. Muchos de los llamados ksour, fuertes cerrados, se han convertido en hoteles turísticos.

Exotismos termales y talasoterapia a la carta

Túnez cuenta con 35 centros de talasoterapia que convierten a este país en líder del sector. También hay 98 manantiales termales, principalmente en el norte del país. Muchos de los manantiales de agua mineral se han usado para este propósito desde la época romana y púnica. Las más conocidas son aquellas especializadas en reuma, artritis, pulmón, problemas de piel, circulatorios...

Arte culinario

La gastronomía tunecina tiene como plato típico el cordero y el cuscús. Destacan también los platos de pescado y el tajine (una mezcla de huevos, carne y verduras). Se cocina con aceite de oliva; se condimenta con especias como anís, cilantro, comino, alcaravea, canela o azafrán y se sazona con menta, zumo de naranja o agua de jazmín y rosas. Los restaurantes ofrecen asimismo cocina internacional.

Aunque Túnez es un país islámico, el alcohol no está prohibido. Produce excelentes vinos de mesa, vinos espumosos, cervezas, aperitivos y licores locales, destacando el Boukha (destilado de higos) y el Thibarine.

Información turística:

Oficina de turismo: Torre de Madrid, planta 4, oficina 1 (Madrid). Tel.: 91 548 14 35.


Guía práctica
- Cómo llegar. Tunisair vuela regularmente desde la capital de Túnez hasta el aeropuerto de Djerba y oferta, además, vuelos desde Madrid y Barcelona hasta la isla, con escala en Túnez.
- Alojamiento. Una opción interesante es el hotel Maritim Yadis Djerba (5 estrellas). Situado a 20 km de la capital Houmt Souk. Con campo de golf de 18 hoyos. Centro de talasoterapia. Baños de Cleopatra con leche de cabra y pétalos de rosa (media hora 60 €). Magníficas instalaciones. Excelente gastronomía. Route Touristique, B. P. 84, 4180, Tunisie. Tel.: (+216) 75 747 410. Fax: 216 75 747 223. E-mail: info.dje@maritim.com.tn. En España: C/ Agustín de Foxá, 16, 7º, 6 E. 28036 Madrid. Tel.: +34 91 323 77 56. Fax: +34 91 323 27 13. E-mail: ndominguez.mad@maritim.com.
Casa tunecina con encanto: Dar Dhiafa:www.hoteldardhiafa.com. Precios: de 110 a 180 €, habitación doble + desayuno internacional o tunecino.
- Idioma. El idioma oficial es el árabe. En las principales ciudades se habla francés e inglés.
- Religión. La religión principal es el islam; minoría católica, protestante y judía.
- Electricidad. 220 voltios.
- Comunicaciones. Teléfono. código internacional saliente: 00 (+34 para España). En casi todo el país son posibles las llamadas internacionales directas. Las ciudades principales cuentan con un código urbano: Túnez 71.
- Documentación. Pasaporte. Visado: Para los españoles no es necesario en estancias inferiores a 90 días.
- Moneda. Dinar tunecino (TD). 1 dinar equivale a 1,7 €, aproximadamente. Cambio: todos los bancos cambian dinero, así como la mayoría de los hoteles a partir de tres estrellas.
- Tarjetas de Crédito. Mastercard, American Express, Visa.
- Compras. Las compras típicas son los objetos de cobre; los objetos en madera de olivo o de cuero; prendas de vestir (kaftans, jelabas, el burnuses); la alfarería y la cerámica; las muñecas con trajes tradicionales; los bordados; las vajillas de plata fina y las joyas. Entre lo más afamado de Túnez se encuentran las alfombras.

POR QUÉ NOS GUSTA...
Porque te hace sentirte el protagonista o la protagonista de un cuento encantado.

Isla de djerba, un oasis en el mediterráneo

La costa meridional tunecina es el punto de encuentro entre el desierto y el mar mediterráneo donde confluyen naturaleza, leyenda e historia de una tierra fascinante. descubre el embrujo de los poblados bereberes escucha el susurro del mar, tal vez oigas el irresistible canto de las sirenas que seducía a los navegantes…

En el norte de África, a unos 45 min. de avión desde Túnez, se encuentra, en el golfo de Gabes, la exótica isla de Djerba, como un oasis bañado por el Mediterráneo... Después de la independencia de Túnez, en 1956, esta tierra ha visto en el turismo una de sus principales fuentes de ingresos, lo que la ha convertido en uno de los lugares más visitados de Túnez por su fascinante historia, su singularidad y la calidad de sus playas. No en vano sus 125 km de costa de arena fina y blanca escondida entre los palmerales garantizan una escapada de auténtico descanso durante todo el año. La vegetación exultante se ha adaptado a un suelo rocoso firme y desafiante frente a la seducción irresistible de las aguas turquesas.

El recorrido que nos lleva a explorar «la isla de las cien mezquitas» va de norte a sur. Partimos de la capital Houmt Souk rumbo al sur. Al pasar por el fuerte Borj El Kebir, (siglos XIII y XIV) descubres que la isla guarda un tesoro de historias y leyendas. Cuentan que los españoles invadieron Túnez en tiempos de Carlos V y los tunecinos acudieron al pirata Barbarroja para derrotarlos. Barbarroja dejó su huella en una de las torres de este fuerte, ya que la construyó con las calaveras de los invasores. Fue destruida en el siglo XIX, pero un obelisco recuerda su macabra historia.

Cuenta Homero (poeta griego, s. V a. C) en la Odisea que Ulises y sus marineros, huyendo del canto embelesador de las sirenas, llegaron a «la isla de los lotófagos». Allí probaron la exquisita «fruta del loto», y quedaron sumidos en una feliz amnesia. Tan solo Ulises, que evitó comerla, pudo rescatar a sus compañeros de aventuras. En la actualidad, los tunecinos exhiben esta isla como escenario de tal episodio, para que el viajero reviva esas epopeyas que permanecen en la memoria gracias a los relatos de sus gentes. Relatos enraizados en el sentir de un pueblo que sigue conservando la esencia de sus tradiciones, como se percibe de una forma evidente al continuar la ruta, callejeando por su centro urbano.

Tiburones al peso
Por «el barrio del mercado» se extiende un peculiar aroma que despierta los sentidos, cóctel de especias que impregna los zocos de la isla.

Caminando por sus recovecos, nos rodea un vaivén de artesanos. Un hombre sentado trata el barro con las manos, convirtiendo cada chorro en filigrana artística, cada material en artísticos objetos decorativos.

Los viejos oficios se perpetúan incluso en las refinerías de aceite, que continúan hoy activas de la forma más rudimentaria: con un camello, una rueda, cuerdas… y una cueva para almacenarlo.

Sus casas encaladas bordean las callejuelas estrechas, bulliciosas, y en los zocos, hervidero de actividades, comienza el típico juego del regateo. Te rodean miles de cestas, telas de seda, bordados, objetos de cerámica y plata a buen precio (20 € un brazalete)...

Pero hay que darse una vuelta por la lonja para ver un espectáculo original: la subasta del variadísimo pescado. Una veintena de individuos se disputan en árabe y francés las mejores piezas. Hoy, excepcionalmente, se vende tiburón al peso. Un hombre sentado a cierta altura sobre un cojín muestra uno de metro y medio. «A 10 € el kilo». «Con curry está bueno», añade en un francés coloquial.

El olorcillo a salitre se mezcla con las mil y una especias perfectamente colocadas en los pequeños puestos. De una puerta enmarcada por un arco de medio punto cuelga un collar de guindillas. Frasquitos de colores prometen esencias afrodisíacas, según nos cuenta el comerciante con una sonrisa bajo su gorrito carmesí de damasco, mientras se fuma una sisha, y chapurrea un comentario jocoso en un idioma que no entendemos.

Los ojos se prendan ahora de los atavíos para una improvisada danza del vientre. Las repentinas ráfagas de viento crean imágenes fantásticas, ondulando los velos como si el cuento de Aladino cobrase vida. Las babuchas de Alí Babá cuelgan de los tenderetes… Las hay de todos los colores, brillantes, doradas, de falsas piedras preciosas… Pero el hechizo se rompe con unas palabras en perfecto castellano: «Más barato que en Andorra». Todo es curioso y sorprendente, como por ejemplo la manera en la que hacen sus mantas artesanales. Tardan diez horas en realizar una de dos metros por dos y utilizan 1200 hilos. Son de algodón y teñidas con plantas vegetales.

Por carretera se llega a la sinagoga La Ghariba, que significa «la maravillosa». Es la más importante de África y alberga una comunidad judía descendiente de aquellos judíos que huyeron de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor (586 a. C.) En este centro espiritual de peregrinación judía escuchamos la siguiente leyenda: «Una bella mujer extranjera llegó a esta isla y se instaló en una cabaña. Un día, la cabaña se incendió, y encontraron a la mujer muerta y todo absolutamente arrasado por las llamas, a excepción de su cuerpo, que se conservaba intacto. A partir de entonces y ante el insólito suceso, se inició una peregrinación a esta sinagoga. Gentes de todas partes del mundo se desplazan hasta aquí para rendirla culto».

Un ambiente místico envuelve el reducido espacio decorado con mosaicos azules, blancos y amarillos. Sumergidos en este espíritu de austeridad y misterio, salimos rumbo al desierto.

Aventura en el desierto
Por el suroeste nos adentramos en la llanura bereber. Pero, para llegar a este destino, es necesario tomar un ferry. La travesía dura unos 20 minutos. Si el viajero quiere, puede llevar el coche en la embarcación (previo pago de 50 céntimos de euro). En Matmata, descubrimos un pueblo eminentemente troglodita, sus habitantes conservan todavía parte de esas moradas excavadas en las rocas y algunos mantienen sus viejas costumbres. Son viviendas que están enterradas bajo tierra, con cámaras excavadas en roca blanda alrededor de cráteres, que confieren al lugar el aspecto de un paisaje lunar. Durante todo el año mantienen una temperatura de 18º C, lo que implica un clima fresco en verano y templado en invierno. Este decorado natural recrea un horizonte de lujo, escenario de rodajes cinematográficos inmortalizados en grandes películas como La guerra de las galaxias o El paciente inglés.

De palacios del desierto a hoteles rurales
Por el desierto de piedra y roca, en coche, dirección sureste, se llega a Tataouine, a 72 km, uno de los territorios más pintorescos de la isla. En este punto comienza la ruta de los palacios del desierto, los llamados ksour. Son alcázares o fuertes cerrados, formados por varios pisos con celdas abovedadas llamadas gorfas, que se usaban para guardar las cosechas o como refugio en caso de conflicto bélico. Hoy día algunas de estas fortalezas han sido restauradas y convertidas en hoteles turísticos de aire rural. De estos antiguos graneros, destacan el Ksar el Ferch y el palacio de Ksar Heda Da.

Otra de las formas de vivienda que aún permanece como morada tradicional son los llamados menzels. Se trata de habitáculos rodeados de tapias de barro y chumberas, donde todavía se abastecen de agua gracias a sus pozos y aljibes. Estas originales casas diseminadas entre los olivos centenarios, las higueras y algarrobos recrean un paisaje de gran belleza y paz ante los ojos de un visitante que queda sumido en la más absoluta admiración.

Excursión a Túnez
Un séquito de farolas árabes a ambos lados de la acera custodian la arteria principal de Túnez capital, la avenida Burghiba, donde se encuentran los hoteles de lujo y las cafeterías de renombre. Una vez alejados de la burbuja del lujo y glamour tunecino hay que recorrer su centro histórico y adentrarse en el tipismo de la urbe porque Túnez es un auténtico tesoro y, aunque es imposible descubrirlo en una excursión rápida, al menos se puede intuir. Es imprescindible acercarse al texto Museo del Bardo, el más antiguo del país, que exhibe el conjunto de mosaicos romanos más importante del mundo, así como visitar las impresionantes ruinas de la antigua Cartago y la localidad de Sidi Bou Said, situada a 20 km, un referente en el Mediterráneo de la bohemia, una cita ineludible para pintores, escultores y escritores del panorama internacional, seducidos por la luz y la magia de estas tierras. Personajes como André Gide y Paul Klee se reunían en el Café des Nattes para contemplar el mar sereno y cálido. Empinadas callejas de fachadas blancas, abarrotadas de comercios, contrastan con el azul celeste de puertas y ventanas y el negro de la forja que decora cada detalle. Un ambiente que te atrapa nada más llegar.

En el Café des Delices, leen los posos del café. Y en el Café de las Esterillas, se disfruta de una decoración al más puro estilo árabe, que invita a sentarse en el suelo rodeado de cojines. Delicatessen: sirven té con piñones y yuyus (rosquillas) con un chorrito de jazmín.

Y para los amantes de la navegación, el puerto de Kantaoui ofrece amarre para 340 barcos. Además, dispone de escuela de navegación, alquiler de barcos y tiendas bien surtidas con todo tipo de material náutico. Los precios son competitivos, sobre todo durante el invierno. Hay un puerto deportivo recientemente abierto en Monastir con medios similares y el Club Le Nautique, de Sidi Bou Said, cuenta además con material para hacer esquí acuático.


Pilar Carrizosa.

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