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Michoacán, el santuario de las monarcas

El peso de la cultura indígena y la perfecta conservación de la arquitectura colonial convierten el viaje en una ruta iniciática al origen de la historia vivida en común por los tarascos y los españoles
El casco antiguo de Morelia, la capital del estado fundada con el nombre de Valladolid, ha sido incluida en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO
El zócalo asombra por su monumentalidad y tamaño, ya que está formado por tres plazas que se van uniendo para formar un todo donde queda patente la riqueza de la época colonial
Desde Angangueo se inicia la subida a uno de los santuarios de la mariposa monarca. Cerca de 35 millones de lepidópteros abandonan cada año los bosques canadienses hasta llegar al verdor del bosque mexicano
La supervivencia de la cultura indígena es especialmente significativa en torno a Pátzcuaro, que fuera el principal centro religioso del reino tarasco

Expedición al volcán Paricutín

Los más aventureros deben dirigirse hacia la cordillera Neovolcánica del norte del estado, donde se encuentra el pueblo de Angahuan, habitado por indios purepechas que visten con sus trajes seculares. A lomos de caballo, se parte hacia el volcán Paricutín y el campo de lava de 40 kilómetros cuadrados que sepultó el pueblo de San Juan Parangaricutiro. De él solo se salvó la torre de la iglesia.

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Por toda la cultura a nuestro alcance en mitad de una frondosa naturaleza.

Michoacán, el santuario de las monarcas

Los descendientes de los indios tarascos preservaron su rica cultura ancestral y guardaron durante cientos de años el secreto de los santuarios de las mariposas monarcas, descubiertos hace tan solo 30 años. creían que la llegada y partida de las mariposas monarcas anunciaban al «dios de la lluvia», aquel que «llora sobre méxico».

En busca de los santuarios, dejamos la ciudad de México para adentrarnos hacia el oeste en el estado vecino, el de Michoacán, asomado al océano Pacífico. Las modernas vías de comunicación contrastan con la fisonomía de la soberbia Morelia, donde el Renacimiento y el Barroco se tallaron en las piedras rosadas de los palacios y los templos. El peso de la cultura indígena –que se percibe todavía con una fuerza apasionante– y la perfecta conservación de la arquitectura colonial convierten el viaje en una ruta iniciática al origen de la historia vivida en común por los tarascos y los españoles.

Morelia, la capital del estado, mantiene vivo el recuerdo de la España colonial con un casco antiguo que ha sido incluido en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Fundada con el nombre de Valladolid en 1541, cambió de denominación para rendir homenaje a José María Morelos, héroe de la Independencia. Y lo cierto es que la arquitectura de Morelia está más próxima a la sobriedad castellana que a la popular andaluza. La elegancia de corte salamantino de los edificios se une a la grandiosidad de las calles, que fueron trazadas para crear perspectivas monumentales ante los templos y los palacios, como el del Gobierno, en cuyo patio el muralista Alfredo Zalce se explayó contando la historia del estado y de los caudillos morelianos que tuvieron un gran protagonismo en la independencia del país.

El espacio urbano del Zócalo asombra por su monumentalidad y tamaño, ya que está formado por tres plazas que se van uniendo para formar un todo donde queda patente la riqueza de la época colonial. Los soportales de la plaza de Armas y la catedral barroca son los máximos atractivos para los numerosos visitantes nacionales que recibe la ciudad, que se ha convertido en un símbolo de regeneración urbana. Hace unos años, cerca de 8000 puestos de venta ambulante ocupaban todo el casco histórico, poniendo fin al ambiente artístico de Morelia. Por otro lado, eran indispensables para la economía de muchas familias. Tras años de lucha ciudadana se ha logrado que desaparecieran al conceder a los vendedores espacios de venta en mercados estables y una buena cantidad de dinero.

Ahora Morelia se enfrenta a su fama de ciudad cultural, con una universidad famosa en todo México, que acogió a numerosos exiliados españoles como profesores.

Desde la fuente de las Tarascas, homenaje a las indias del valle de Guayangareo que acudían a la ciudad a vender frutas, se abre una Morelia más popular, con el paseo que bordea el acueducto repleto de puestos de comida, tiendas de baratijas en los días festivos y mariachis.

Los santuarios de las monarcas
Tomamos la carretera de Las mil cumbres que atraviesa la región de los grandes bosques. El agua se manifiesta en millares de torrentes, cascadas, lagunas y fuentes termales. A tan solo 11 kilómetros de Morelia, la población de Charo es la puerta de acceso al Parque Nacional José María Morelos.

Seguimos rumbo a Angangueo, atravesando la región minera de la que procedía la plata embarcada en las carabelas españolas. De vez en cuando, aparece un pueblo de casas de madera pintadas de vivos colores y calles empedradas. Frecuentemente, en la plaza hay un grupo de hombres tocados con sombreros charros conversando a la sombra dulzona de los plataneros. Ven pasar a los turistas camino de los santuarios de las mariposas. Tal vez los recuerden de cuando eran niños y fueron a verlos con el maestro, mucho antes de que la UNESCO los diera a conocer al mundo.

Desde Angangueo se inicia la subida a uno de los santuarios de la mariposa monarca, entre los bosques de oyamel, reliquias de los bosques boreales, en la gran Sierra Madre Occidental. El calor, la humedad y una altitud de 3200 metros imponen una subida lenta. Un ruido sordo sale de la penumbra del bosque. Por el sendero comienzan a verse bellos ejemplares de la monarca, que anuncian el espectáculo de la cumbre. Hace tan solo 30 años que el zoólogo Fred Urquhart consiguió descifrar el enigma de una de las mayores migraciones del planeta. Cerca de 35 millones de mariposas monarcas emprendían todos los años un largo viaje desde los bosques canadienses, impulsadas por un surtidor de vientos, hasta llegar al verdor cálido del bosque mexicano. De improviso, se entra en el santuario, donde los troncos de los árboles parecen altas columnas totalmente cubiertas de mariposas. Todo el paisaje boscoso refulge con las tonalidades de cobre que brilla en millones de alas. Cuesta trabajo creer que estos bellos lepidópteros abandonen los bosques canadienses con la llegada de los primeros fríos y recorran 4000 kilómetros hasta llegar a los santuarios donde invernan y se reproducen. Todavía sigue siendo un misterio cómo logran orientarse y llegar al lugar exacto, misterio acrecentado por el hecho de que ninguna mariposa puede completar el ciclo de la emigración, ya que son las descendientes de las que partieron las que regresan. Para muchos científicos es una prueba de que existe memoria genética.

Respeto al entorno y al pasado
A la asombrosa preservación del medio ambiente se une la supervivencia de la cultura indígena en todo el estado de Michoacán, pero de manera muy significativa en torno a Pátzcuaro, que para los indios purepechas era la puerta del cielo por la que llegaban los dioses. Asomada a un lago de aguas plateadas, fue el principal centro religioso del reino tarasco. Su importancia no decayó con la llegada de los españoles que se asentaron en el lugar en el año 1534. Vasco de Quiroga trasladó el obispado de Tzintzuntzan a Pátzcuaro, iniciando una labor evangelizadora guiada por el respeto a los indígenas, lo que condujo a la salvación de su cultura y al sincretismo religioso. Todavía en la actualidad se descubre que dentro de las imágenes cristianas más veneradas por los tarascos, o purepechas, se encuentra escondido un ídolo indígena.

Quiroga, distanciándose de la actitud violenta del conquistador Nuño de Guzmán, aplicó la filosofía de Tomás Moro, contenida en la Utopía. A ello obedece la fundación de hospitales y colegios donde los purepechas aprendieron las técnicas artesanales que todavía hoy les permiten subsistir. El reformador pasó a ser llamado Tata Quiroga por los indígenas, quienes aún siguen agradeciéndole sus enseñanzas. Las aldeas que rodean el lago están especializadas cada una de ellas en una artesanía específica:

labores textiles, tallas de madera, lacas, bordados y alfarería. Pueden visitarse en Tzintzuntzan unos curiosos bastiones ciclópeos circulares que servían para rendir culto al dios Sol y un recinto sagrado donde se alzan la iglesia, la residencia de los monjes, las casas de los indios y hasta la campana que llamaba a la comunidad a comer, a trabajar y a descansar. Su conservación es tal que impresiona tanto como la visita al Cristo yaciente que, según la tradición popular, crece, por lo que es vigilado continuamente por algún miembro del pueblo, no vaya a escaparse.

Durante la época de Quiroga...
Pátzcuaro fue la segunda ciudad más importante de las tierras americanas. Su belleza perdura en los muros encalados y en las calles empedradas, que forman un damero en torno a la gran plaza de Armas, bautizada con el nombre de Vasco de Quiroga. Los soportales y los palacios se suceden, como el de Huitziméngari, el hijo del último gobernante purepecha, y la casa del Gigante, antigua residencia de los Condes de Menocal, ambos con fabulosos patios. Por la trama urbana se reparten la iglesia de la Compañía de Jesús, el Sagrario, la capilla de Cristo y la basílica de Nuestra Señora de la Salud, levantada en estilo renacentista sobre un centro ceremonial prehispánico, que Quiroga eligió para su lugar de enterramiento.

Pátzcuaro está tan bien conservada que todavía se puede rastrear la cultura indígena y la española de los primeros conquistadores, en la que se unían los elementos medievales y los del Renacimiento. Los descendientes de los purepechas, llamados por los españoles tarascos, pasean ataviados de trajes de vivos colores entre un conjunto monumental donde la arquitectura popular se funde con la palaciega y eclesiástica colonial. En la plaza de Gertrudis Bocanegra las gentes se aprietan en los soportales en su ir y venir al mercado de artesanía y de comida tradicional. Desde esos soportales, donde los vendedores ambulantes lanzan sus pregones al aire, se siente la calma de la colonia, su pujanza, su belleza de madera, teja y adobe.

Las calles descienden hacia el gran lago que da nombre a la ciudad. Es el momento de embarcarse hacia alguna de las seis islas, donde se alzan pueblos diminutos de pescadores que viven rodeados del paisaje azul de las montañas. Los madrugadores podrán ver faenar a los pescadores mariposa, que lanzan sus redes con forma de alas para capturar los peces, principal base de la cocina autóctona. Nosotros nos dirigimos a la isla de Janitzio, donde la leyenda dice que los reyes purepechas guardaban sus tesoros. Los edificios trepan por las laderas formando una piña de suaves colores. Por las calles serpenteantes, las casas de comidas y las tiendas de artesanía aguardan al viajero. Una sensación de calma, de alejamiento físico y mental, de habitar un tiempo que ya no existe en otros lugares del mundo, acompaña al viajero por Michoacán, amado por los mexicanos y olvidado por los touroperadores internacionales.


Texto y fotos: Acacia Domínguez Uceta.

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