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Oeste de canadá: la última frontera

La Montañas Rocosas, columna vertebral de Norteamérica, alcanza en Canadá su mayor complejidad orográfica con 30 cimas que sobrepasan los 3 000 m.
Repartida entre los estados de Alberta y la Columbia Británica sigue separando dos mundos: el de los , cowboys, concentrados en Calgary, y el de la tecnificación, centrada en Vancouver
La mítica cordillera, dividida en parques nacionales, ha merecido la declaración de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO
El viajero tiene que asumir los peligros sin ir armado. Habitan allí el oso pardo y el oso gris, el más peligroso, aunque no suele abandonar las alturas

Avistando orcas

Los ferrys que comunican con la isla de Vancouver llevan a los viajeros hasta Victoria, para tomar las embarcaciones rápidas que se dirigen al estrecho de Johnson, donde viven cerca de 300 orcas. La experiencia desata la adrenalina y se agradece al regreso el ambiente relajado de la ciudad colonial, donde la tradición británica resulta más ortodoxa que en la propia metrópoli.

Lo imperdible

- Centro de Vancouver y Museo Antropológico.

- Parque Nacional de Yoho y lago Esmeralda.

- Parque Nacional de Banff y lago Louise.

- Parque Nacional de Jasper y helero Columbia.

- Isla de Vancouver.

- Ciudad de Victoria y observación de ballenas.

Prismáticos en mano

Aunque ningún animal salvaje quiere la presencia del hombre, se puede contemplar con facilidad a los wapitís –gigantescos ciervos–, ardillas listadas, águilas, halcones, cabras blancas, caribús y alces.
Advertidos de que está absolutamente prohibido darles de comer, quienes quieran ver a otras especies deberán apostar por los observatorios de fauna y por muchas horas de espera.

El amanecer y el anochecer son los mejores momentos para contemplar la fauna. En la profundidad de los bosques, junto al oso, viven apartados de la presencia humana los pumas y los linces, los gatos monteses y los lobos, los coyotes y las martas, las nutrias y los castores, el mítico urogallo y el águila imperial.

Pasaporte

- Idioma. Inglés. Es difícil encontrar francófonos, pese a ser también lengua oficial del país.

- Moneda. Un dólar canadiense = 0,60 euros.

- Diferencia horaria. Costa oeste -9 horas; Calgary -8 horas.

- Corriente eléctrica: 110/115 V. Enchufes tipo americano.

- Clima: Veranos cálidos. Inviernos templados y muy lluviosos en la costa del Pacífico, donde el mar no se hiela.

- En las Rocosas nieva abundantemente. Paraíso del esquí.

Información Turística

- Embajada de Canadá en Madrid. Tel. 91 423 32 50.

- Consulado de Canadá en Barcelona. Tel. 93 412 72 36.


Guía práctica
- Requisitos de entrada. Pasaporte, con una validez mínima de seis meses. El visado no es necesario para una estancia inferior a 90 días.
- Cómo llegar. Existen numeroso vuelos a Vancouver, vía Londres, Frankfurt u otra capital europea. Air Canada y Lufthansa. Existen viajes programados por Viajes Catai, Mundi Color, Travelplan y Politours.
- Transporte en el interior. Buena red de autobuses. Facilidad para el alquiler de coches y de autocaravanas. Imprescindible realizar algún trayecto en tren. La agencia de Vancouver Dominon Tours organiza numerosos recorridos por la Columbia Británica y las Rocosas, con guías en español.
- Qué comprar. Artesanía indígena: tallas de madera y piedras semipreciosas. Prendas de lana, trabajos en cuero, pieles, cerámica y joyas.
- Gastronomía. Los hoteles sirven cocina de corte internacional. Influencia norteamericana en la comida rápida. En Vancouver existen restaurantes de 25 nacionalidades. Recomendados
los restaurantes chinos y los italianos.
- Teléfono. Para llamar a España hay que marcar el código internacional 011, el prefijo 34 de España y el número de teléfono.

POR QUÉ NOS GUSTA...
Porque es un territorio tan vasto, que podemos encontrar cualquier cosa que nos apetezca hacer.

Oeste de canadá: la última frontera

La naturaleza posee uno de sus escenarios más espectaculares en las montañas rocosas de canadá. los picos contorneados por la blancura de los hielos eternos dibujan la silueta de la mítica cordillera, tachonada de lagos de origen glaciar que devuelven al cielo un intenso color esmeralda.

De norte a sur, las Montañas Rocosas son la auténtica columna vertebral de Norteamérica, el lazo de unión de las frías tierras septentrionales y los desiertos ardientes. En su recorrido desde Canadá a Estados Unidos y a México se pliega, unifica razas, lenguas y culturas aborígenes, que tuvieron que convivir con la influencia británica y la civilización hispana. La gran cordillera alcanza en Canadá su mayor complejidad orográfica con 30 cimas que sobrepasan los 3 000 m de altitud y una anchura de 805 km. Fue la última frontera de los pioneros, la divisoria entre las infinitas praderas de los bisontes y las tierras de la costa del Pacífico. Repartida entre los estados de Alberta y la Columbia Británica, en la actualidad sigue separando dos realidades, la del mundo de los cowboys y la riqueza del petróleo concentrados en Calgary y la de la sociedad más opulenta y tecnificada del planeta, centrada en Vancouver.

La Columbia Británica
Los ingleses mantuvieron a la Columbia Británica como un refugio de riqueza y de calma en el fin del mundo, entre los deshabitados territorios de Alaska y el Yukón, las cumbres de las Montañas Rocosas y el Océano Pacífico. Su capital, Vancouver, es hija de la alta tecnología que ha colonizado las tierras vírgenes. Las torres de cristal y los rascacielos de la última generación bordean la Robson Square, como auténticos palacios destinados a albergar bancos y empresas que han convertido Vancouver y su área de influencia en una de las zonas más ricas del planeta. La línea del progreso tecnológico avanza 35 km hacia el sur, hasta el estado estadounidense de Washington, donde se completa el universo de los más ricos entre los ricos. Pero los habitantes de Vancouver conocen los problemas de su vecino del sur y se jactan de que las calles de su ciudad son, además de elegantes e impolutas, tranquilas y seguras. No se ven policías y sus dos millones de habitantes forman una sociedad multirracial que cumple la prohibición de usar armas de fuego. Los últimos en incorporarse a este estado del bienestar de corte nórdico fueron las personas y los capitales provenientes de Hong Kong. En broma se habla de Hongkuver, y lo cierto es que el 50% de su población no ha nacido en el Canadá. Desde el Harbour Centre Tower, a 167 m del suelo, la ciudad de acero y cristal se funde majestuosamente con la bahía a la que arribó el capitán Cook en 1778 y reclamó como territorio de Su Graciosa Majestad, olvidando que en 1774 y 1775 habían llegado, respectivamente, los navegantes españoles J. Pérez Hernández y J. F. de Bódega y Cuadrado. A vista de pájaro, destacan los edificios levantados con motivo de la Exposición Universal del 1986, como la cúpula geodésica del museo interactivo Science. Desde el Canadá Place, se observa el mayor puerto canadiense del Pacífico y los paquebotes que parten rumbo a Alaska. La dialéctica entre la urbe moderna y la naturaleza es tan abierta que los confines no están delimitados. Los parques parecen trozos de bosques vírgenes y las urbanizaciones de la periferia se internan en la umbría de los territorios salvajes. En el cañón de Capilano se enmudece ante el puente colgante que salva los abismos. Los árboles centenarios y la belleza del bosque pluvial, que deja vivir al oso y al puma, hablan de otra realidad, la del mundo incontaminado de los aborígenes, de los indios concheros del Pacífico, de las pacíficas tribus que se consideraban parte de la naturaleza. Su desarrollo espiritual se plasma en los tótem en los que tallaban en madera animales fabulosos. En el ultramoderno Museum of Anthropology se custodian las colecciones de arte de los indígenas que ayudaron a los colonos a sobrevivir, a costa de su propia existencia. Una deuda histórica impagable pese a los esfuerzos de la Asamblea de las Primeras Naciones, organización de las tribus que luchó por la mayor autonomía de las reservas. La realidad es que la sociedad nativa, pese a la exención de impuestos, sigue ocupando el puesto más bajo de la sociedad.

La travesía de las Rocosas
Entre los rascacielos de los centros financieros de Vancouver y de Calgary, las Montañas Rocosas invitan a la aventura. Desde la capital de la Columbia Británica parte la Trans-Canada Highway que, tras llegar a la gran cordillera y atravesarla hasta Calgary, continúa rumbo a las costas del Atlántico para completar sus 7821 km de trazado. Antes de arribar a las Rocosas, el paisaje comienza a volverse grandioso en las Montañas Costeras y en las de Columbia, donde aguarda el Parque Nacional Glacier con sus 400 glaciares. La carretera se interna en la mítica cordillera, dividida en parques nacionales que han merecido la declaración de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La inmensidad de los valles, como el del río Yoho y las cascadas de Takakkaw, que saltan 380 m entre la evaporación del agua y el ruido ensordecedor, llevan a otra dimensión, al gigantismo del continente americano. Por los senderos del Parque Nacional Yoho se encuentran antiguos campamentos donde pasar la noche con un hálito de aventura. El bosque se quiebra en el lago Esmeralda, donde aguardan las canoas y donde abre sus puertas uno de los hoteles más evocadores, con sus cabañas de madera siempre solicitadas por las parejas en luna de miel. Una red de carreteras secundarias y senderos, orillada de hoteles y áreas de acampada, se interna en la penumbra de los bosques.

La protección de la célebre Policía Montada del Canadá no llega a los mil vericuetos de las Rocosas y el viajero tiene que asumir los peligros sin ir armado. Habitan allí el oso pardo y el oso gris, el mayor oso americano después del blanco del Ártico. También es el más peligroso, aunque no suele abandonar las alturas. Al leer los paneles donde se advierte de cómo hay que comportarse ante la presencia de un oso, se tiene la certeza de que se trata de un habitante privilegiado de los parques nacionales. Tiene todo tipo de derechos..., ¡tantos casi como los turistas!

La Trans-Canada Highway se interna en el Parque Nacional de Banff, atravesando la divisoria de aguas entre los ríos que van a morir al Atlántico o al Ártico y los que continúan hacia el Pacífico. Banff nació en torno a los manantiales de aguas termales descubiertos por los constructores del célebre Ferrocarril Canadiense del Pacífico. Cuando se ven pasar los lujosos convoyes de turistas conviene recordar que el trazado de esta línea férrea provocó el nacimiento de un país. Los actuales territorios de la Columbia Británica pusieron como condición para unirse a las regiones del este canadiense que el ferrocarril llegase al Pacífico. Los grandes exploradores, ayudados por los nativos, descubrieron los mejores pasos para las líneas férreas y Canadá rompió así sus limitaciones para convertirse en una gran nación.

Tras el ferrocarril llegó el progreso y en las estaciones se levantaron grandes hoteles como el de Banff Springs, que conserva el lujo decimonónico y el respeto absoluto a la naturaleza de los indígenas y los pioneros. Desde su inauguración en 1888, fue el centro de colonización de las montañas, el lugar donde se alojaban los primeros viajeros de la época victoriana deseosos de asomarse a los territorios vírgenes. En derredor suyo se extiende la elegante estación de montaña que, con las primeras nevadas, se transforma en uno de los centros de esquí más importantes de las Rocosas. Más de 80 senderos ascienden desde el bosque pluvial al bosque subalpino, a la tundra y por último a las nieves perpetuas. El que conduce a los lagos Vermilion pone en contacto al viajero con las tribus de los pies negros y de los kootenay, que cazaban bisontes en las praderas de Calgary, situadas a unos 120 km.
El viaje prosigue hacia el lago Louise y a la blancura del glaciar Victoria. Junto al lago, otro hotel decimonónico y lujoso en extremo recuerda al Ferrocarril Canadiense del Pacífico, que sigue trayendo viajeros hasta este corazón estético de las Rocosas.

Circulando entre los hielos
Desde el lago Louise nos desviamos por la Icefields Parkmay rumbo a los parques nacionales del norte. Se circula a gran altura, entre glaciares y lagos, por el tramo más apasionante del mundo. La espectacularidad del paisaje aumenta ante el lago Peyto, cuya forma de lobo deja paso a la panorámica de los picos helados que se prolonga por más de 80 km. La soledad empieza a acompañar al viajero. Pocos hoteles, algunos campamentos donde pasar la noche. Se recorre uno de los pulmones del planeta. La carretera avanza por el Parque Nacional Jasper hacia el helero Columbia, una capa de hielo de 390 km2 y cerca de 365 m de espesor que sobrevive de la última glaciación del Cuaternario. En el desierto blanco nacen cuatro ríos y avanzan dos impresionantes glaciares, el Saskatchewan y el Atahbasca. A bordo del «coche de las nieves» se circula por la lengua del Atahbasca, que alcanza una anchura de 1 km y una longitud de 5 km. Luego se camina por el espejo blanco mientras se escucha «La pared que llora», llamada así por los cursos de agua del deshielo. Las grietas parecen no tener fin. Los más osados entran en las cuevas de hielo que pueden alcanzar los 30 m de profundidad, pero los truenos provocados por las avalanchas quitan las ganas de la fría aventura.

La Icefields Parkmay continúa hacia las tierras septentrionales en busca de Jasper, situada a orillas del río Atahbaska. Un tótem tallado habla de los aborígenes desaparecidos, que frecuentaban las aguas termales del contorno. En invierno, Jasper se convierte en una estación de esquí para deportistas sin vértigo. Las caminatas por el parque pueden durar varios días y hay que pasar la noche en el bosque, por lo que resulta imprescindible comunicarlo a las autoridades del parque. En las alturas que dominan el lago Maligne, el mayor de las Rocosas, se esconde el puma, mientras las águilas doradas y las águilas pescadoras sobrevuelan vigilantes las aguas. Si se prefieren parajes más tranquilos, se puede probar suerte en los otros 800 lagos y lagunas de Jasper y contratar un guía para asegurarse el éxito. El territorio de las cascadas irrumpe en el cañón Maligne, donde el agua ha labrado en las rocas calizas paredes de 55 m de profundidad y angosturas de 1 m de ancho. Los ríos se vuelven ahora el objetivo de la aventura. Las empresas ofrecen travesías de dos a cinco días de duración de rafting y canoa por las aguas turbulentas.

Al oeste de Jasper se alcanza el Parque Nacional Robson, el techo de las Rocosas. La colosal presencia de la montaña más alta (3954 m) y su cima pocas veces conquistada parecen guardar la leyenda de las tierras indómitas.

Texto y fotos: Acacia Domínguez Uceta.

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