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Rumanía, prodigio de naturaleza y arte

Los Cárpatos, que recorren el país desde su frontera con Ucrania, al norte, hasta el valle del Danubio, al suroeste, delimitan los principados medievales de Moldavia, Valaquia y Transilvania
Sus profundas gargantas e interminables desfiladeros protegen en el corazón de las montañas la mayor red de galerías subterráneas de Europa con 11 000 grutas, habitadas por murciélagos.
Sighisoara, una de las ciudades más hermosas de la mítica Transilvania y cuna de los dacios hace 4500 años, mantiene su trazado medieval
Bucarest, apodada «pequeño París» por sus grandes avenidas, edificios neoclásicos e incluso por un arco de triunfo similar al de la ciudad gala, impacta por sus frondosos parques
Un mundo más intimista se vive en los monasterios ortodoxos de Moldavia. Moldovita, Sucevita, Humor o Voronet forman parte de los tesoros declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Pasaporte

- Población y superficie: 22 408 393 habitantes; de ellos, el 89% son rumanos, el 6,6% gitanos y el 2,5% alemanes, que conviven con otras minorías de eslavos y griegos distribuidos en 238 391 km2.

- Idioma: la lengua oficial es el rumano, de origen latino.

- Religión: La mayoría de la población es ortodoxa, pero también existen minorías greco-católicas, romano-católicas, protestantes, musulmanas y judías.

Información turística

Oficina de Turismo de Rumanía:
C/ Alcántara, 49-51 (Madrid)
Tel. 91 401 42 68.
www.rumaniatour.com

Guía práctica

- Documentacion necesaria. DNI
- Como llegar: La compañía aérea Tarom vuela dos veces por semana desde Madrid a Bucarest. C/ General Pardiñas, 108, 1.º G. También Luftansa y Air France, aunque con escala.
- Moneda. El leu. 1 euro equivale a 13,286 leus.
- Cuando ir: Exceptuando el invierno, con temperaturas en la montaña de hasta -30º, cualquier estación es buena.
- Gastronomía: La cocina rumana es exquisita y variada, destacando en las zonas montañosas las carnes de vacuno y ovino y en el delta del Danubio la carpa al horno con legumbres. Entre sus apetitosos alimentos destacan el mitite: salchichas condimentadas con hierbas aromáticas; el kashkaval, queso de oveja empanado, y la mamaliga, harina de maíz mezclada con agua o nata que se sirve con carne.
- Compras: Los iconos y trípticos son algunas de las obras artesanales más hermosas. También los bordados, por su colorido y variedad de motivos decorativos, y las mantas y alfombras, sin olvidar los objetos de madera, los huevos pintados de Pascua, y los cosméticos Gerovital, creados por la famosa doctora Aslan.

POR QUÉ NOS GUSTA...
Rumanía sorprende. Eso es lo que más nos gusta.

Rumanía, prodigio de naturaleza y arte

Leyendas, mitos y tradiciones conforman la esencia de rumanía, enigmático país del sureste europeo arropado por la imponente cordillera de los cárpatos, cuyos densos bosques e inaccesibles cumbres se extienden a lo largo de 1000 km perfilando uno de los parajes más sobrecogedores del viejo continente.

Como un estigma imborrable permanece para siempre en el visitante la imagen de la virginal naturaleza rumana. Las escarpadas montañas de los Cárpatos, que recorren el país desde su frontera con Ucrania, al norte, hasta el valle del Danubio, al suroeste de su territorio, delimitan los principados (o voivodatos principales) medievales de Moldavia, Valaquia y Transilvania, cuya unificación en 1918 dio origen al Estado de Rumanía, que se completa con las regiones de Dobrudja, Maramures y Banato-Crisana. Altísimos pinos y abetos, milenarios tejos, hayas y otras tantas especies arbóreas componen su abigarrada foresta, sumida permanentemente en la penumbra y protectora de una riquísima vida animal donde el rey de la creación es el oso pardo, una de las especies más atractivas para los cazadores europeos, quienes, previo pago de 15 000 euros, pueden abatir uno de estos soberbios animales. Con un poco de suerte, también se pueden admirar cuando sus propietarios los pasean por alguna de las aldeas de los remotos valles que diseña la abrupta orografía rumana. Sus profundas gargantas e interminables desfiladeros protegen en el corazón de las montañas la mayor red de galerías subterráneas de Europa con 11 000 grutas, habitadas, muchas de ellas, por grandes poblaciones de murciélagos. Y en el exterior un sinfín de ríos y regatos tributarios del Danubio, cuyo trayecto de 1075 km diseña la frontera natural de Rumanía con Bulgaria y la Federación de Serbia y Montenegro. Su dilatado periplo concluye en el mar Negro, formando previamente un delta de 4000 km2 declarado Reserva de la Biosfera por su extraordinaria riqueza biológica. El respeto que produce la visión de estos fenómenos naturales se acentúa, si cabe aún más, ante el lago Rojo, que nació cerca de los cañones de Bicaz en 1838, cuando un terremoto derrumbó parte del monte Ghilocos, favoreciendo con la obstrucción de un valle el remanso de sus arroyos. Las aguas engulleron un sinfín de coníferas cuyos troncos fosilizados salpican la superficie confiriendo al lugar una inquietante belleza.

No es de extrañar que al amparo de estos espectaculares paisajes se conserven inquebrantables tradiciones milenarias, cuyas raíces se sustentan en el respeto que sus habitantes profesan a la naturaleza y a un complejo legado de leyendas que se funden con la realidad en Valaquia y Transilvania, donde aún permanece viva después de 500 años la misteriosa personalidad de Vlad Draculea, su voivoda o gobernador.

Un temido voivoda
Aquel príncipe defensor de estos territorios frente al acoso de turcos y húngaros nació en Sighisoara, una de las ciudades más hermosas de la mítica Transilvania. Cuna de los dacios hace 4500 años y asentamiento romano tras la conquista imperial, la región fue colonizada en el siglo XII por sajones y germanos que fortificaron sus burgos para protegerlos de las incursiones tártaras. Sighisoara mantiene su trazado medieval, conservando la casa de Vlad «El Empalador», con el símbolo de la Orden del Dragón a la que pertenecía y que fue creada por los alemanes para combatir a los turcos. En el interior de la ciudadela se puede admirar también más de un centenar de casas del siglo XVI, de vibrante colorido y diseño, protegidas por nueve impresionantes torreones de la muralla, cuya imagen nos traslada a los cuentos de hadas que acompañaron nuestra infancia. El más original es la torre del Reloj cuyo mecanismo impulsa, con el cambio de día, el movimiento de varias estatuillas inmediatas al cronógrafo. Los germanos dotaron a Sighisoara, Medias, Sibiu y Brasov, entre otros de sus burgos transilvanos, de una arquitectura similar a la de las provincias alemanas de donde procedían. Sus edificios góticos, renacentistas y barrocos conviven en Brasov con la arquitectura propia del pueblo rumano, establecido durante la Edad Media en el barrio de Schei. Las macizas puertas de madera de sus viviendas le dotan de un tipismo inusual, destacando entre sus edificios históricos la iglesia ortodoxa de San Nicolás y la primera escuela en lengua rumana, afanadas en divulgar desde 1495 la cultura rumana. Esta última atesora una notable colección bibliográfica además de una de sus emotivas aulas y algunas piezas etnográficas que aproximan al visitante a la forma de vida tradicional de Transilvania. Contemplar en esta región las iglesias medievales fortificadas, donde se refugiaba la población rural en caso de asedio, o las pintorescas viviendas de sus habitantes es todo un privilegio.

La madera adquiere mil y una formas en los tejados y fachadas de las casas, delimitadas por jardines y huertos provistos de originales pozos cubiertos con tejadillos, y precedidas por un enorme crucifijo que ampara a sus inquilinos y asegura el descanso de los difuntos. Contrastando con la sencillez de estas moradas, se alza sobre un imponente peñasco el castillo de Bran, donde Vlad Tepes, acostumbrado a empalar a enemigos y vasallos, habitó intermitentemente. Construida por los caballeros teutones para impedir el avance de los turcos, la fortaleza gótica constituye un laberinto de pasadizos sombríos, patios interiores y múltiples estancias restauradas por el linaje de los Hohenzollern en el siglo XIX y provistas de impresionantes estufas de cerámica y macizo mobiliario de madera tallada. Fue precisamente el rey Carol I quien mandó edificar en Sinaia, siguiendo las trazas del renacimiento alemán, el castillo de Peles. Para acceder al interior y contemplar entre otros tesoros su maravillosa sala de honor, totalmente revestida de madera labrada, es necesario calzarse unos patucos que por centenares se guardan en un arcón a la entrada del recinto.

Tanta belleza, sin embargo, no consigue eclipsar el macabro protagonismo de Vlad «El Empalador», cuya corte al ser nombrado príncipe de Valaquia se instaló en Tirgoviste. De su residencia solo quedan desoladoras ruinas, permaneciendo impertérrita la torre de vigilancia de la ciudadela, denominada del Ocaso, y a su lado la iglesia de la Asunción y la Principesca, de los siglos XV y XVI. Aquel temido personaje fundó Bucarest, donde edificó el palacio de Curtea Veche, que exhibe entre sus vestigios un busto del implacable voivoda. La ciudad, apodada «pequeño París» por sus grandes avenidas, edificios neoclásicos e incluso por un arco de triunfo similar al de la ciudad gala y erigido en memoria de los héroes de la Primera Guerra Mundial, impacta sobremanera por sus frondosos parques con grandes lagos, localizándose en el de Herastrau el Museo de la Aldea. Allí se exhiben desde 1936 casi 400 viviendas campesinas, iglesias, molinos y graneros originales procedentes de todas las regiones de Rumanía. Pese al atractivo de la muestra, el edificio más llamativo de Bucarest es la Casa del Pueblo, hoy sede del Parlamento. Es la segunda construcción gubernamental más grande del mundo después del Pentágono, una obra faraónica de 300 000 m2 ideada por Nicolae Ceauçescu en la que trabajaron 22 000 obreros y 2500 ingenieros y arquitectos. Una inmensa mole grisácea, uniformemente rectilínea, construida con los mejores materiales del mundo. En sus cuarenta descomunales salas sobresalen las interminables alfombras, los cortinajes bordados en oro y las lámparas, algunas con un peso superior a tres toneladas, que cuando antaño se encendían privaban de luz a toda Bucarest.

Joyas divinas
Un mundo más intimista se vive en los monasterios ortodoxos de Moldavia, fundados por los voivodas de la zona en los siglos XV y XVI. Trazados a modo de fortaleza, con cuatro torres de vigilancia equidistantes, protegen en el centro del recinto sus originales iglesias bizantinas, si bien sombrías en el interior al estar iluminadas solo por lampadarios, que no resaltan la belleza de sus iconos e iconostasios, la explosión de colorido de los frescos que cubren sus muros exteriores, reproduciendo pasajes bíblicos, les otorga un resplandor casi sobrenatural. Protegidas por tejados de madera, ni el viento ni la lluvia ni las nieves seculares han conseguido deslucir el intenso cromatismo de las fachadas de los templos de Moldovita, Sucevita, Humor o Voronet, denominado la «Capilla Sixtina» de Oriente, que por su importancia histórica, como centros difusores de cultura, y artística, por su exclusivo diseño, forman parte de los tesoros declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.


Beatriz Terribas.

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