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MALA ALIMENTACIÓN

Medidas contra la malnutrición

Medidas contra la malnutrición

Dejar de alimentarse provoca carencias graves que hay que atajar.

Malnutrición y desnutrición
Entre las personas mayores con autonomía limitada, son frecuentes los casos de alimentación insuficiente, e incluso, de desnutrición. A menudo, pierden el interés por la comida, hasta el punto de reducir progresivamente su ración alimenticia.

Medidas urgentes
Dejar de alimentarse adecuadamente puede provocar de forma casi inmediata carencias graves, por lo que es necesario tomar medidas rápidamente. Una alimentación insuficiente llega a producir enfermedades graves e, incluso, a poner en peligro la propia vida. No comer queso o no tomar nunca leche acentúa la fragilidad de los huesos; si se eliminan las carnes y los pescados de la dieta, se pierde masa muscular, con lo que se incrementa enormemente el riesgo de caídas y de fracturas. La desnutrición afecta enseguida a todo el organismo con consecuencias tales como la bajada de las defensas inmunológicas, infecciones frecuentes, dificultades para la cicatrización de heridas, y problemas psíquicos.

En cuanto se aprecia que una persona mayor ha adelgazado, hay que llevarla al médico de cabecera. Pero conviene tener en cuenta, también, que el acto de comer encierra una simbología y que la anorexia, es decir, la falta anormal de apetito, puede ser una llamada de socorro. Negarse a comer es negarse a vivir, por ello es necesario medir la carga simbólica de ese rechazo cuando se pretende contrarrestarlo. En cualquier caso, la negativa de una persona mayor a comer deja siempre sumida a su familia en el desamparo y la impotencia. Sin embargo, el papel de la familia es de suma importancia y debe comprender medidas urgentes y eficaces: mimar a la persona desnutrida, prepararle comidas que le gusten y, sobre todo, romper su soledad para devolverle las ganas de vivir y, en consecuencia, las de alimentarse.

Hay formas de anorexia fáciles de curar cuando se identifica su causa. Por ejemplo, hay medicamentos que pueden provocar náuseas e inhibir el apetito, por lo que es preciso facilitar al médico la lista de los tratamientos que se siguen. También hay enfermedades, como la diabetes, el Parkinson, la de Horton (una forma de arteritis), disfunciones del tiroides o la tuberculosis, que pueden implicar una pérdida de apetito. Sin embargo, la enfermedad de Alzheimer es la que causa mayores problemas de este tipo, pues hace perder a quienes la padecen la sensación de hambre y de sed, lo que les induce a olvidar la necesidad de alimentarse. Es de todo punto vital que el entorno familiar ayude a estos pacientes a comer, en horarios regulares y en una atmósfera tranquila y serena, procurando prepararles alimentos energéticos.

Hay que desechar, por último, esa idea tan extendida según la cual las personas mayores necesitan comer menos. De hecho, el consumo energético básico, necesario para el funcionamiento de los órganos vitales, no sólo no varía, sino que puede tener tendencia a aumentar.

Las modificaciones del comportamiento alimentario tienen en parte que ver con problemas de apatía y saciedad. El placer de comer va disminuyendo, sobre todo si tenemos en cuenta que, con la edad, se van perdiendo el sentido del gusto y del olfato, a lo que se añaden con frecuencia problemas dentales y de agudeza visual.

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