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¿Puedes estar sano y gordo?

¿Puedes estar sano y gordo?

La idea de estar gordo y sano puede sonar extraña, pero a veces es verdad. No matan los kilos sino la hipertensión, la hipercolesterolemia, los altos niveles de glucosa y otros problemas que suelen acompañar al exceso de peso.

Soledad Alonso, 56 años, 1,58 m de estatura, 90 kilos, tiene un IMC (índice de masa corporal, resultado de dividir el peso en kilos por la altura, en metros, al cuadrado) de 36. Cualquier número por encima de 25 indica exceso de peso; las cifras por encima de 30 indican obesidad. Cuando nos saluda por primera vez, vemos a una persona con riesgos aumentados de muchas enfermedades graves e incluso de muerte prematura. ¿Acertamos? En este caso, no. En realidad, si todos estuviéramos tan en forma como Soledad, nuestro sistema nacional de salud se ahorraría millones de euros al año. La presión arterial de Soledad es de 100/50; sus niveles de colesterol y glucosa son normales; su flexibilidad es sencillamente portentosa (se tumba en una colchoneta delante de mí y se toca la cara con los dedos del pie... sin doblar la rodilla)...

¿La receta de Soledad? Que todos y cada uno de los días del año camina más de 5 km y va a clase de aeróbic una vez por semana.

La idea de estar gordo y sano puede sonar extraña, pero resulta más fácil de interiorizar si se recuerda que, en realidad, lo que mata no son los kilos, sino la hipertensión, la hipercolesterolemia, los altos niveles de glucosa y otros problemas que suelen acompañar al exceso de peso.

Un reciente estudio sorprendió a sus autores y al resto del mundo cuando comprobó que «los sujetos del estudio con unos pocos kilos de más tenían menos probabilidades de morir mientras duraba dicho estudio que los sujetos con peso normal».

Otro estudio muy citado (realizado por expertos del Instituto Cooper, de Dallas, EE UU), que lleva 35 años recopilando datos de peso, altura, composición corporal, pruebas de forma física, resultados analíticos e historial médico de más de 80 000 pacientes, ha concluido que «las personas activas con exceso de peso están más sanas que las personas delgadas que llevan un estilo de vida sedentario».

Otros estudios posteriores han matizado las cosas. Uno reciente publicado en la revista New England Journal of Medicine señala que «si bien las personas obesas y activas tienen menor riesgo de morir prematuramente que las obesas y sedentarias, las que tienen menor riesgo de todas de morir tempranamente son las activas con un peso adecuado». No es la película rosa que nos cuenta el estudio de Dallas, pero nos muestra algo esencial: que, en cualquier situación, >b>la actividad física reduce los riesgos de morir prematuramente.

Algunos expertos critican a los autores de estos estudios porque, según dicen, no han tenido en cuenta algo esencial: el lugar donde se concentra la grasa en cada paciente. Como explica el Dr. Alburquerque Sacristán, «en lo tocante al riesgo cardiovascular, no es lo mismo la grasa de la cadera o los muslos que la que se acumula en la cintura. Y es que, si en casi todo el cuerpo la grasa se acumula bajo la piel y sobre el músculo, la grasa abdominal se almacena debajo del músculo. Pues bien, esa grasa “visceral” es mucho más activa que la grasa periférica, ya que libera moléculas inflamatorias que –en una funesta cascada de procesos biológicos– predisponen a la diabetes del tipo 2, la hipertensión, la enfermedad cardiovascular y otras enfermedades crónicas causantes de muertes prematuras».

Sin duda, la batalla por la forma física no se libra en un día y con una sola arma. La victoria solo es posible con persistencia y conocimiento del terreno, es decir, con la idea de que el organismo humano es una máquina adaptada al movimiento y a la naturaleza.

No tener en cuenta esa realidad puede ser peligroso para la salud.

Marisol Guisasola

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