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DISFRUTAR DE LA NAVIDAD A PESAR DE LAS TRISTEZAS

Salir de uno mismo

Salir de uno mismo

Durante estas Navidades, las reuniones familiares, de amigos y compañeros pueden convertirse en una auténtica celebración si somos capaces de descubrir y de reconocer que necesitamos a los demás. Es solo cuestión de proponérselo.

Somos nosotros mismos, con nuestra actitud, los que hacemos que la Navidad o cualquier otra celebración sea recibida con amor y alegría. Hay quienes manifiestan una actitud positiva y les encantan estas fiestas, porque se conectan con esa sensación de «volver a ser niños», de ilusionarse, de tener ocasión de reunirse con «toda la familia», o simplemente de divertirse. Pero hay también otras personas que viven las Navidades con tristeza o con un sentimiento de «obligación».

Son varios los motivos por los cuales estas personas asocian las Navidades con la tristeza, o tienen una actitud negativa hacia ellas. Por un lado, están las sombras del dolor en un presente más o menos inmediato –por la pérdida de algún ser querido, razones económicas, situaciones difíciles de todo tipo o porque existen malas relaciones familiares– y, por otro, las situaciones dolorosas del pasado, consecuencia de una infancia difícil.

«Lo que no se tiene» y «lo que nos faltó»
Julia, una paciente que acudió a la consulta por estar deprimida a consecuencia de una ruptura conyugal, me decía: «¡Qué triste es tener que estar alegre por obligación, ahora que vienen las Navidades!». Se veía proyectada al futuro como mujer abandonada, víctima, muy lejos de encontrar una solución para sí misma. Sin embargo, hay soluciones. Después de elaborar su «duelo» y llorar por lo que «no tenía», sacó fuera de sí misma parte de su dolor, y dejó espacio a otros sentimientos. Fue capaz de darse cuenta de lo que «sí tenía»: unos hijos estupendos y cariñosos, unos padres dispuestos a ayudar y buenos amigos y amigas, a los que sin duda les agradaría compartir con ella unas entrañables fiestas.

Proyectó positivamente otra imagen de sí misma, se permitió pedir ayuda para preparar unas cuantas veladas alrededor del árbol y, lo más importante, abrió su corazón para valorar y agradecer todo aquello que la vida no le había quitado. Y me consta que para Julia fueron unas Navidades felices, positivas, porque, al aceptar que el «dolor cabalga junto a la dicha», pudo poner su corazón en una actitud de agradecimiento, lo cual la salvó de un inminente naufragio en el océano del victimismo.

El dolor de ayer y la realidad de hoy
Ante las pérdidas familiares, la actitud que hay que adoptar resulta difícil, dolorosa. Sin embargo, es muy importante tener presentes en nuestro corazón a los que faltan, recordar las anécdotas positivas que ocurrieron en su vida, brindar por ellos, desearles la paz y honrarlos. En esencia, hacer lo que, sin duda, nuestros seres queridos desearían: que seamos felices. Y con este amor renovado por los que se fueron, volver la cara hacia los que aún están con nosotros, reconocerlos, amarlos y tratar de gozar de la vida que aún nos queda por vivir.

El malestar se hace presente por la asociación con un pasado negativo. Un querido familiar mío descubrió que se ponía triste en estas fechas porque sus padres se habían separado precisamente en Navidad, cuando todavía era un niño. Cualquiera puede sufrir desgracias coincidentes con estas fechas, pero es muy importante que nos demos cuenta de ello y que hagamos una clara diferencia entre el dolor de ayer con la realidad del «aquí y ahora». Todos esos pensamientos no son más que fruto de la mente y no de la realidad actual. Ha sido muy hermoso saber que él ha superado esta imagen negativa y hoy se muestra alegre porque se reunirá con toda la familia.

Entre las razones más superficiales se escuchan quejas acerca de la obligación de pasarlo bien, reunirse con todo el mundo, gastar en exceso, tener que regalar. Se protesta por lo caro que está todo. Locales y tiendas abarrotadas, problemas de tráfico. Exceso de trabajo por cocinar para tanta gente, los atracones, etc. Lo que en un principio suena a fiesta y celebración, se convierte en un calvario.

Hay que salir de nuestro individualismo
Si algunos sienten una obligación penosa de reunirse con la familia, con todos los amigos, con tener que salir..., suele ser por problemas de relación o conflictos familiares más o menos severos. Puede ser que todas estas obligaciones sean motivo para algunos de amargarse la vida, pero ¿qué pasaría en esta sociedad, tan volcada hacia el individualismo, si no tuviéramos por lo menos unos días al año para recordar a los amigos?, ¿qué pasaría con aquellos familiares que viven lejos, si no tuviéramos la excusa de las fiestas navideñas para vernos todos? Por suerte, tal vez, al menos una vez al año, contactamos con algo bueno de nosotros mismos y nos proponemos ser un poco más generosos, un poco más solidarios, un poco más cercanos.

Unas palabras con amor: el mejor regalo
Es cierto que reunir a toda la familia puede ser costoso, pero no olvidemos que la Navidad es una tradición religiosa y familiar. Lo esencial es poder compartir, y eso no tiene por qué resultar un gasto excesivo. La fiebre de los regalos podemos limitarla, es más importante.

Un «reconocimiento», «palabras con amor», que un regalo caro. La Nochebuena es un momento ideal para decir «te quiero», «me siento orgulloso/a de ti» o «gracias por ser mi esposa/esposo», «gracias, hijos, por ser como sois». Aseguro, por experiencia, que no hay nada material que supere un reconocimiento sincero.

Mantener el espíritu navideño todo el año
El ser humano tiene en su interior muchas capacidades: amor, generosidad, solidaridad, comprensión, cercanía, ternura... Son características que forman parte de la naturaleza humana. También, lo contrario. La vida provee cambios, y la energía que nos envuelve nos arrastra a tener muchas obligaciones, problemas y dificultades. El trabajo nos absorbe; las ciudades, cada vez más grandes, nos separan indefectiblemente. Estrés e incomunicación hacen de nosotros seres cada vez más individuales, más solitarios. Las complicaciones que nos afectan facilitan que, con más frecuencia, la gente se repliegue en sí misma y no se fije en la realidad ni en las necesidades del prójimo. Tal vez, por todo esto, sea deseable que exista este acuerdo generalizado de intentar hacer aquello que no se hace a lo largo de todo el año.

Para los que piensen que estas fiestas solo son un buen negocio para algunos y un desequilibrio económico para otros, les recuerdo que la necesidad de festejar y de reunirse es una respuesta humana tan antigua que se pierde en la noche de los tiempos y que las Navidades ya existían antes que los grandes y pequeños almacenes.

Miremos desde otro punto de vista
El espíritu navideño es esa cita anual que ayuda a contactar con lo bueno de cada uno de nosotros. Papá Noel o los Reyes Magos nos hacen a todos este regalo: nos recuerdan que en nuestro interior también hay un buen corazón, ganas de amar, de acercarnos, de compartir; tal vez de mirar al otro como a un ser humano igual que nosotros. Por ello, es bueno acercarse a los amigos, a los compañeros de trabajo, a los familiares y durante unos días tener la ocasión de acordarnos de ellos, abrazar y regalar, abriendo nuestro corazón a la cercanía y a la alegría de compartir. Es bueno, también, tener la oportunidad de sentir el gozo de perdonar esas «cosillas» que nos hacen sentirnos mal con alguien, por culpa de la convivencia rutinaria y de la mala comunicación. Que podamos hacerlo de modo sincero y generoso, escapando del grillete del «quedar bien», o gastar por «aparentar», o de hacer las cosas por hipocresía u obligación, depende exclusivamente de nosotros mismos. Por mi parte, les deseo a todos Feliz Navidad.


Victoria Artiach. Psicóloga clínica y psicoterapeuta.

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