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Suicidios, el tabú del siglo XXI

Suicidios, el tabú del siglo XXI

El suicidio ha sido, de nuevo la primera causa externa de defunción, con 3.145 muertes (2.456 hombres y 689 mujeres).¿Qué se sabe de sobre los suicidios? ¿Ocurren a menudo? ¿Se debe hablar o mejor callar?

El Instituto Nacional de Estadística (INE, 2010) explica que “las muertes por accidentes de tráfico (2.327 fallecidos) continuaron con su senda descendente y disminuyeron un 10,1% respecto a 2009. Por su parte, el suicidio ha sido, de nuevo, la primera causa externa de defunción, con 3.145 muertes (2.456 hombres y 689 mujeres). El número de fallecidos por SIDA/VIH se redujo un 5,4% en el año 2010 (813 hombres y 208 mujeres)”. En otro sentido, la OMS dice que en el año 2020, aproximadamente un millón y medio de personas fallecerán por suicidio y de 15 a 30 millones cometerán una tentativa suicida, suponiendo una media de muertes por suicidio cada 20 segundos y un intento de suicidio cada 1-2 segundos. En España constituye la primera causa de muerte violenta, falleciendo 9 personas cada día, afectando a mujeres y a hombres de pequeñas poblaciones como de grandes núcleos urbanos, así como a jóvenes, adultos y ancianos. Sin duda es algo tan real como invisible socialmente.
Los programas de prevención de accidentes de tráfico están consiguiendo que las personas tomen conciencia de los riesgos que corren y de las consecuencias de conducir de forma imprudente, consumir alcohol o no utilizar adecuadamente el cinturón de seguridad. En esta línea, la difusión de la prevención sanitaria de los riesgos de contagio del SIDA ha logrado reducir significativamente el número de muertes.

En el caso del suicido no está ocurriendo lo mismo, las cifras oficiales son muy claras y, pese a ello, no se habla del tema. No hablan los ciudadanos, las instituciones, los profesionales, ocultando una realidad que va mas allá de las cifras, escondida también detrás de muchos ahogamientos, precipitaciones, accidentes laborales y fallecimientos en accidentes de tráfico. Las tentativas de suicidio multiplican por diez los fallecimientos escondiendo un nivel de sufrimiento que pasa a las entrañas de nuestra sociedad. La cifra real no sólo tiene un lado “negro” por los suicidios infradeclarados oficialmente, sino también por la manera que la sociedad en su conjunto se enfrenta a este problema de salud pública.

Aún no se sabe bien si la crisis económica está aumentando directamente las cifras de suicidio, probablemente no, pero lo que sí está creciendo es el nivel de desesperación y desesperanza de personas que ya estaban al límite y de otras que nunca se imaginaron que la tristeza podía doler físicamente. Por desgracia hoy en día el tema está cobrando importancia ante la incidencia de desahucios y el drama humano que deja a su espalda. Parece que, tímidamente, los medios de comunicación se están animando a comentar el gran tabú del suicidio rompiendo un pacto que parecía sagrado en torno al miedo de la posible imitación de casos. ¿Qué se sabe de este asunto?, ¿ocurre realmente?, ¿se debe hablar o mejor callar?. Pues bien, algunos suicidios de famosos con gran impacto en televisión pusieron encima de la mesa la respuesta cuando posteriormente no aumentaron los suicidios. Ciertamente los profesionales que saben del problema explican que podría producirse un mayor agrupamiento de muertes próximas al suceso, no obstante, al final de año nos encontramos con las mismas cifras.

Algunos mitos sobre el proceso que lleva a una persona a quitarse la vida argumentan:
“aquél que se quiere suicidar lo hará de una forma u otra”;
“preguntar por la ideación autolítica aumenta el riesgo de suicidio”;
“el que dice querer suicidarse no lo hará”;
“el suicida tiene completamente claro que se quiere morir”;
“el suicidio no se puede prevenir porque ocurre por impulso”.

Éstas y otras creencias populares similares son sólo eso, mitos sin fundamento. Quienes ejercemos la Psicología y atendemos a personas que sufren depresión junto a otras patologías sabemos que la ideación suicida es tan ambivalente como frecuente. En la mayoría de los casos la decisión de quitarse la vida para dejar de sufrir es cualquier cosa menos impulsiva, escondiendo un largo proceso de lucha interna contra la propia naturaleza humana diseñada para sobrevivir. Un proceso que también oculta multitud de señales que no queremos o no sabemos leer ni entender, una ingente suma de “llamadas de atención” que desoímos para evitar un contagio emocional que no nos cabe en el pecho y con el que no deseamos convivir.

Todavía nos queda mucho por saber sobre la complicada y extraña mente humana, pero cuando encaramos de cerca el sufrimiento, la soledad y desesperación de quien está pensando en morir, en sus manos percibimos la esclavitud del aislamiento más profundo y mordaz que ningún ser humano debería sentir.

Cada vez se conocen mejor las hipótesis etiológicas de la conducta suicida así como los factores de riesgo asociados a esta nublada decisión, aportando algo de luz que nos permite prevenir muchos casos. Responsabilizar únicamente al suicida de su desaparición parece una decisión tan equivocada como estéril, resultando necesario responsabilizar a una sociedad tan enferma como cobarde en muchos aspectos de un asunto de salud pública. Por otra parte, convendría también recordar que las víctimas de suicidio van más allá del fallecido, dejando a familiares y amigos conviviendo durante mucho tiempo con la culpa, el reproche, el desconcierto, la tristeza y el rechazo, personal y social.
La edad, el sexo, algunas enfermedades, toxicomanías, la soledad y el aislamiento son algunos de los factores de riesgo de la conducta suicida, arrojando un perfil que coincide con el grupo de edad más prevalente en muertes de esta naturaleza: los mayores. Las cifras muestran como al aumentar la edad también lo hace la tasa de suicidios y aunque la medicina nos regale más años de vida, la diferencia entre la edad de fallecimiento y la edad en la que dejamos de vivir parece que no es la misma.
Da la impresión que el cibermundo 2.0 está configurado para el efímero disfrute de los más jóvenes, quiénes tantas veces queman el presente como si no existirá un mañana, desprendiéndose de los mayores cuando no se tiene tiempo para escuchar “sus batallas” y acercándose a su pensión. Por suerte esto no ocurre siempre y su impacto en las personas que están esperando recoger con anhelo lo que cultivaron con esfuerzo e ilusión en su vida es paulatinamente demoledor. Algunos dicen que los mayores se suicidan más porque están “mal de la cabeza”, pero de nuevo nos escondemos tras una mascarada social de miedo, incomprensión e indiferencia.

Probablemente el aislamiento, la soledad y la falta de motivos para levantarse cada día, abrazar y ser abrazados expliquen mucho más de este fenómeno que cualquier demencia. En resumen, creo que tenemos que hablar más y mejor de todo lo que está alrededor del suicidio, desterrando de una vez la indiferencia, el miedo y la incomprensión, al fin y al cabo, lo que todos anhelamos para sentirnos vivos y parte del escenario de nuestra vida es el afecto y el respeto de los demás. Para quien esté pensando en suicidarse: cuéntalo y pide ayuda; ¡te mereces vivir mejor! Aquél que esté escuchando pedir ayuda, aunque sea sutilmente, por favor: ¡qué escuche!

El suicidio es percibido como la mejor solución que podía encontrar un sujeto a una situación altamente dolorosa, entendiendo que el predecesor del acto es un fuerte dolor psicológico.
Edwin Shneidman

Juan José López Ossorio
Psicólogo
Psicólogos sin Fronteras –Madrid-

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