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¿Transmitir los recuerdos es un deber?

¿Transmitir los recuerdos es un deber?

Es importante que las generaciones que vienen conozcan la vida de sus antecesores, la historia de su familia. La transmisión oral ha acompañado al ser humano desde el inicio de los tiempos ¿debemos perpetuar la tradición?

Si no un deber, al menos, sí una necesidad: la de asegurar la continuidad. En el pasado, las personas mayores tenían el privilegio de ser los encargados de la transmisión. Pero hoy, en un mundo en permanente cambio, se cuestionan su papel: «Pero ¿a quién puede interesarle mi vida?», «¿Lo que era válido para nosotros ayer vale realmente hoy?», «Ya nos han sobrepasado; entre nosotros y nuestros nietos hay un abismo...».

Sin embargo, precisamente por la aceleración de la historia, el papel de las personas mayores como guardianes de la memoria es hoy más importante que nunca. Una sociedad no puede construirse únicamente sobre los valores de lo funcional y la satisfacción de las necesidades materiales. Y la nuestra precisa encontrar un equilibrio porque, para saber hacia dónde se quiere ir, hace falta saber de dónde se viene. Por eso, la contribución de las personas mayores, de su gran experiencia, es capital.

Un asunto de mujeres

Todas las familias tienen, en cada generación, un «guardián de la memoria», alguien que sabe, al que se puede preguntar, que tiene interés, que guarda los papeles familiares y que está dispuesto a contar.
Y ese guardián suele ser casi siempre una «guardiana», como demuestran numerosos estudios, que coinciden en este punto: la transmisión de la memoria es un asunto de mujeres. ¿Por qué? Supuestamente más sensibles que los hombres, las mujeres prestan mucha más atención a la función aglutinadora de la memoria familiar, que vincula a los presentes con los ausentes, a los muertos con los vivos y a los que cuentan con los que escuchan o leen.

La necesidad de transmitir ¿es una noción nueva?

¡La transmisión de una generación a otra es tan vieja como la propia humanidad! Lo que ocurre es que antes esa transmisión se hacía de forma natural. En el mundo rural, por ejemplo, las creencias, los hábitos, las habilidades y el saber en sí se transmitían cada día. Hasta no hace tanto tiempo –hasta mediados del siglo XX– cada generación seguía los modos de vida de la precedente, a los que incorporaba algunas novedades técnicas. Pero, en las últimas décadas, se ha producido un vuelco. Para muchos historiadores, esta aceleración de la historia es una de las características más distintivas de nuestra sociedad, a la que se suman sentimientos de pérdida de equilibrio y de desarraigo.

La aceleración de la historia es lo que hace de la transmisión una necesidad nueva. No transmitir equivale a condenar a los que nos siguen a buscar por sí solos: rastrear genealogías, cotejar los hechos... Eso vale en el campo de la historia, que no es exactamente el de la memoria. No se trata de contraponer historia y memoria, sino de saber cómo se inscribe nuestra historia personal en la historia general.

Dar testimonio del pasado permite a los jóvenes crear un vínculo entre memoria e historia. Cuando se les dice «Yo viví tal acontecimiento…, mi padre vivió tal otro y me lo contó…, mi abuelo llegó a vivir tal otro y me decía que...» se da profundidad y relieve al tiempo, frente a los libros de historia, en los que el pasado es plano.

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