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Uso racional de antibióticos

 El descubrimiento ocasional de la penicilina, que cumplió el año pasado 70 años, supuso todo un hito en la historia de la medicina que se concretó en una reducción importante de la mortalidad producida por las infecciones y con ello, un notable incremento de la esperanza de vida.

Dr. José Ramón Azanza Perea
Especialista en Farmacología Clínica
Consultor. Departamento de Farmacología Clínica
CLINICA UNIVERSIDAD DE NAVARRA

El descubrimiento ocasional de la penicilina, que cumplió el año pasado 70 años, supuso todo un hito en la historia de la medicina que se concretó en una reducción importante de la mortalidad producida por las infecciones y con ello, un notable incremento de la esperanza de vida. Debe considerarse que las enfermedades infecciosas eran hasta ese momento, la causa de fallecimiento más frecuente en cualquier edad y que no se disponía de ningún remedio eficaz, por lo que las personas podían llegar a fallecer víctimas de infecciones que hoy parecen banales.
A partir de la disponibilidad de la penicilina y en los años sucesivos se desarrollaron muchos fármacos antibacterianos, hasta el punto de que aparentemente las enfermedades infecciosas podrían llegar a no suponer problema alguno para el ser humano. Pero la realidad es muy distinta. En nuestros días no hemos sido capaces de erradicar de forma definitiva a ninguna de las bacterias que existían antes del desarrollo de la penicilina. Más aún, las enfermedades producidas por bacterias siguen situadas en lugares muy relevantes como causa de mortalidad, especialmente entre los pacientes más debilitados. Y ello a pesar de disponer de más de 200 antibióticos en apariencia muy activos.

¿Cuál es la causa que justifica esta aparente contradicción?

Existe una única causa, el desarrollo por parte de las bacterias, de sistemas que les defienden de los efectos que sobre ellas producen los antibióticos. Estos sistemas reciben el nombre de mecanismos de resistencias. Las bacterias a lo largo de estos años han aprendido a desarrollar diversos y sofisticados sistemas de protección: elaborar proteínas que destruyen la estructura del antibiótico, impedir que el fármaco penetre en su interior, modificar la forma del lugar en el que actúa el antibióticos, e incluso disponer de un mecanismo que expulsa al fármaco una vez que ha penetrado en su interior.

Las bacterias pueden desarrollar uno o varios de estos mecanismos, contra uno o contra diversos antibióticos. Además, son capaces de transmitir esta información sobre sistemas de resistencias a la totalidad de sus descendientes e incluso a bacterias

Recientemente se han publicado noticias que pueden parecer alarmistas, desgraciadamente no lo son. La realidad es que paulatinamente vamos atendiendo cada vez a mayor número de pacientes que presentan infecciones producidas por bacterias que sólo pueden ser tratadas con uno o dos antibióticos, de los más de 200 disponibles en la actualidad.

¿Por qué sucede este fenómeno?

La respuesta es compleja y aún no tenemos todos los datos, pero una cosa es totalmente segura, son los propios antibióticos los que facilitan que las bacterias desarrollen resistencias. Para entender este aparente anacronismo, debe de prestarse atención a un hecho sencillo, cuando se utilizan antibióticos se eliminan muchas bacterias pero no todas, esto es imposible porque siempre hay alguna distinta, que no resulta dañada por el efecto del antibiótico, precisamente porque ha sido capaz de aprender a producir algún sistema que le permite defenderse de los antibióticos. Por consiguiente, cuantos más antibióticos se utilizan mayor es el riesgo de que queden vivas bacterias resistentes.

¿Cómo se puede actuar ante este problema?

Puesto que son los propios antibióticos los responsables del descalabro, estamos obligados a reducir en lo posible, su consumo. Esta acción está, al menos en el entorno actual, en nuestras manos. Los antibióticos sólo curan infecciones producidas por bacterias, y la gran mayoría de las infecciones que cualquiera de nosotros sufre, están producidas por virus frente a los que los antibióticos no sirven de nada. Los ejemplos más típicos son la gripe o el catarro común.

Todos creemos tener la certeza de ser capaces de curar una infección sin molestar a nadie, porque conocemos el nombre de algunos medicamentos que ya hemos utilizado previamente. La tentación es grande, esos medicamentos se encuentran en nuestro propio botiquín de casa, y con todo seguridad en cualquier farmacia, a menudo basta con comprarlo, a un precio asequible. La facilidad es de tal grado que es difícil abstenerse. Pero hay que meditar y tener presente la siguiente afirmación: cada vez que se toman antibióticos sin necesidad, se está poniendo un granito de arena en el desarrollo de resistencias que tarde o temprano pueden terminar produciendo en usted, una infección que ponga en grave riesgo su vida o la de cualquier persona.

Por ello merece la pena seguir de forma fiel los siguientes consejos: Si presenta una enfermedad que le sugiera una infección, no lo dude, consulte a su médico, sólo él está capacitado para decidir si esta infección se cura o no con antibióticos.

Acepte de buen grado la opinión de su médico, él conoce y valora su situación clínica y la del entorno, por ello dispone de una información que Usted desconoce y que probablemente Usted no entendería. Habitualmente, al médico sólo le interesa su salud.

No guarde la medicación sobrante, el hecho de que fuese recetada por el médico para tratar una infección parecida a la que usted presenta ahora, no significa que en su enfermedad actual vaya a ser eficaz.

No recomiende ni acepte que ninguna persona que no sea médico le prescriba un tratamiento con antibióticos. Estos fármacos mal utilizados, son a corto, medio o largo plazo, herramientas muy peligrosas.

Cumpla el tratamiento de forma exquisita. La prescripción que le ha realizado el médico no es caprichosa, contiene los elementos adecuados para curarle, evitar recaídas y reducir en lo posible, el desarrollo de resistencias.

Artículo facilitado por:
Clínica Universidad de Navarra

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