Chicos, ¡nos vamos a la disco!

Chicos, ¡nos vamos a la disco!

En una época de estados de alarma y confinamientos en los que el ocio queda restringido, muchos empezamos a añorar esas salidas de fin de semana a escuchar música y mover el esqueleto. Las discotecas están cerradas, pero su recuerdo está presente en muchos que veían en esos locales la posibilidad de desinhibirse de la vida laboral durante unas horas en un ambiente dominado por los sonidos y el ritmo. Debido a la situación que vivimos cada vez nos queda más lejos, pero si nos remontamos aun más en el tiempo…  ¿recordamos cómo eran las discotecas de nuestra juventud? En este Queridos Recuerdos haremos un viaje al pasado para rememorar como eran las discotecas en los años 60 y 70.

En la década de los 60 todavía estábamos viendo el comienzo de una incipiente forma de ocio que amenazaba con ser el divertimento de una juventud cohibida por lo que era la sociedad de la España de la época. Las primeras discotecas surgieron a finales de los 50 y primeros años de los 60 y su aparición supuso la progresiva desaparición de los bailes con orquesta, que tan buenos momentos dieron en fiestas y verbenas. Estas primeras discotecas solían ser terrazas de verano o salones de baile en las que pasábamos las tardes con el grupo de amigos dando rienda suelta a nuestro yo más alocado, siempre ayudados por una buena dosis de música en vivo, y por qué no decirlo, unas cuantas copas de más.

Las discotecas normalmente tenían dos horarios, uno de 19:30 a 22:30 para los más jóvenes y otro a partir de las doce para los más noctámbulos. Los locales eran diversos, los había grandes y pequeños, decorados para su finalidad con una ristra de taburetes en barra y grandes sofás en los que poder tomar tu mezcla con comodidad, y siempre completado con un ambiente compuesto de luces y música en vivo que te dejaba extasiado. En lo referente al personal, nada tiene que ver con lo que se puede ver ahora; en las discotecas de los años 60 no había seguridad, cualquier asunto ocurrido entre asistentes era “arreglado” por ellos mismos. Por otra parte, los camareros eran muy profesionales, la confianza con el cliente tenía un límite, lejos de la cercanía que se pretende transmitir hoy día. Hay que decir que en está década no todas las discotecas tenían por qué ser públicas; si tenías la suerte de tener un amigo más pudiente y con una buena casa, podías montar tu propio guateque privado y vivir por una tarde la realidad diaria de un magnate del ocio.

Pero si hay un momento en el que el fenómeno discotequero se disparó, ese fue la década de los 70. La aparición primero del rock más duro y más tarde de la música disco hicieron de estos locales auténticos lugares de peregrinación de la juventud cada fin de semana. Los cambios no se hicieron esperar y la música en vivo y el tocadiscos fueron remplazados por la figura del deejay, el cual se encargaba de pinchar los temas más populares del momento; y ese no fue el único cambio, ya que el estilo de los asistentes sufrió una verdadera revolución: de vestimenta formal y pelo repeinado, a tupés, chaquetas entalladas, pantalones de pata de elefante y zapatos de plataforma.

Pero si hay una cosa que no cambiaba esa era que, después de darlo todo con el ritmo más discotequero, llegaba el ritmo lento, la música romántica salía a escena, las luces se atenuaban y allí íbamos nosotros a sacar a bailar a esas chicas que nos gustaban; ellas, valiéndose solo de una mirada y una sonrisa, nos mostraban su disponibilidad y ahí comenzaba el ritual. Al final, parece que, por muchas transformaciones que haya habido durante todos estos años, hay cosas que nunca cambian.

Javier del Valle Amaya

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