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Pasión por la guitarra, ¿o no?

lunes, 27 de octubre de 2014

Pasión por la guitarra, ¿o no?

Como cuando un deportista comienza a destacar en una disciplina y casi inmediatamente nos vamos interesando por ella, como si fuéramos fans suyos de toda la vida, pues así más o menos nos sucedió con los grandes intérpretes de guitarra clásica que empezaron a sobresalir en nuestro país, allá por los años 60 y 70.

De pronto, efectivamente, en TV, en radio, en el NO-DO y hasta en la sopa, aparecieron, como el que anda por su casa, grandes guitarristas de los que, sinceramente, hasta entonces pocos o casi nadie había oído hablar, salvo melómanos y gentes de guardar.

Entre ellos estaba, por supuesto, el maestro Andrés Segovia, posiblemente el más internacional de todos, que forjó su carrera en EE UU y que, al parecer, asombraba a públicos de todos los rincones del mundo, lo que hacía aún más obligado su interés por él. Heredero de otro gran guitarrista español como fue Francisco Tárrega, cuya memoria se remonta más bien al siglo XIX, el jiennense Andrés Segovia era, sin duda, un auténtico virtuoso de este precioso instrumento de cuerda, que lo mismo tocaba piezas de Bach, que de Albéniz o de Falla.

Pero, además del maestro Segovia, también empezó a sobresalir en aquellos años Narciso Yepes, que siempre sorprendía tocando una guitarra de 10 cuerdas, lo que hacía que pareciese aún más difícil. Aunque, como me decía mi abuelo: “Si te das cuenta, nunca toca todas las cuatro cuerdas de arriba”. Y otra cosa no sería, pero mi abuelo, en esto de la música, no fallaba una.

Fuera como fuese, lo cierto es que el maestro Yepes también era de los habituales de aquellos años, al que la mayor popularidad se la dio, sin duda, su composición de la banda sonora de la película “Jeux interdits”, o sea, “Juegos prohibidos”, de René Clément, que recomiendo encarecidamente escuchar. ¡Ah, bueno, y su célebre interpretación del “Concierto de Aranjuez”, el extraordinario concierto para guitarra y orquesta de Joaquín Rodrigo.

En fin, y como Segovia y Yepes, muchos otros, de cuyo nombre ahora no puedo acordarme, pero de los que seguro tardaré poco en refrescar sus nombres, y de los que, como a aquellos, nunca más volvimos a saber, como si el tiempo se los hubiese tragado con la misma facilidad con la que los colocó en el escaparate de la fama.

[José Molina]

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