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Blog de Dolors Colom Masfret. Plusesmas.com

Directora Científica del Master Universitario de Trabajo Social Sanitario. Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Profesora asociada del Grado de Trabajo Social. Universidad de Barcelona (UB). Directora de la revista Agathos, atención sociosanitaria y bienestar.

Ante una enfermedad y la necesidad de apoyo, ¿le ayudaría alguien?

viernes, 10 de diciembre de 2010

La enfermedad siempre llega a la vida de la persona. Puede que sea directamente, cuando es ella quien la sufre, o indirectamente, cuando es un familiar o una amistad próxima y querida. La duración, la gravedad, la complejidad del tratamiento, la necesidad de ayuda y, lo más importante, la experiencia que implica la vivencia del enfermar, conforman un poliedro existencial que variará de una persona a la otra. Ello dependiendo siempre, y en gran medida, del momento singular en el que cada uno se encuentre. Dicho esto, parece recomendable desbrozar las dudas acerca de quiénes podrían ayudarnos y, llegado el caso de necesitarlo, en qué.

Se sabe que cada persona, sana o enferma, es única. La enfermedad en sí misma poco nos dice cuando está descontextualizada de la personalidad y del carácter de quien la padece, o cuando no se considera el ambiente en el cual la persona habita. Es distinto, por ejemplo, explicar la diabetes en general que explicar la diabetes de Teresa o de Pablo. Las grandes coordenadas de la diabetes serán comunes en ambos pero cada uno aportará variables que le son propias, que le pertenecen como persona, condicionándole, además, su futuro. Hablamos de: El estado de ánimo. La actitud ante el trance de la enfermedad. Las nuevas responsabilidades y preocupaciones. Etcétera. La enfermedad es única porque lo es la persona que la sufre, como lo es la experiencia emocional de quienes convergen en ella y la manera en que dicha experiencia modifica sus papeles.

Las esferas vitales se edifican desde muchos andamios, uno de ellos es la ayuda proveniente de los demás. ¿Podemos contar con alguien? Tanto si la respuesta desemboca en un “Sí” como en un “No”, nos preguntaremos: ¿Seguro? No es una pregunta baladí. Vivimos inmersos en un mundo de supuestos, casi todos por confirmar más allá de nuestra sensación o percepción. Deducimos pero no validamos. Imaginamos lo qué significamos para las otras personas y suponemos lo que harían por nosotros pero ello sin que ellas nos lo expresen. Entonces, cuando el esquema de los afectos y atenciones esperado no se corresponde con el recibido, nos sentimos defraudados, abandonados, desatendidos. Seguramente ya lo estábamos antes sólo que negábamos la evidencia.

Lo que esperamos de los demás está relacionado con nosotros, no con ellos. Suponemos y elucubramos constantemente. Decidimos, de manera unilateral y desde el vacío, sobre la ayuda que podemos recibir de la familia o las amistades. Pero si no afrontamos la conversación, ello no es más que una fantasía. Eso que damos por sentado de la otra persona, nos habla sobre todo de nosotros, de la ayuda que le ofreceríamos a ella, pero no al revés. Ella, la otra persona, poco tiene que ver con nuestras pesquisas. Solemos depositar en los otros lo que constituye nuestra interioridad. Les atribuimos lo que nuestra fantasía ha forjado. Pero cuando el test de la realidad nos descubre que lo esperado, aún siendo legítimo, no se da, el dolor y el desengaño nos arañan por dentro y nos descomponen. Descubrimos entonces que aquella certeza era una ilusión que nació y murió en nosotros. Así, al pensar en las personas que podrían ayudarnos, debemos asegurarnos de ello. De esta forma evitaremos confundirnos y atribuirles falsas cualidades.

En situaciones extremas, cuando las enfermedades, o las discapacidades, levantan el telón del presente y le muestra a cada uno el futuro escenario de su existir, puede que éste sea el esperado y previsto o, por el contrario, que resulte totalmente frustrante. Siempre llega el día en el que enfermamos y la necesidad de ayuda se atrinchera en nuestro interior, unas veces devastado e impotente ante la nueva realidad, otras, claramente fortalecido.
¿Quién querrá y podrá ayudarnos? En este caso querer no significa poder. Algunas personas pueden querer ayudarnos pero su propia realidad, su propia vida, se lo impide. Otras preguntas son: ¿Por cuánto tiempo? Y ¿Qué le supone a la persona ayudarnos? Es entonces cuando la vida nos sorprende. A veces, cierto es que para mal, pero otras muchas, las más, para bien.

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