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OCULTAR LA VERDAD

Mentir para proteger a nuestros padres

Mentir para proteger a nuestros padres

La tentación de ocultar la verdad –mentira por omisión– a las personas frágiles para evitar hacerlas aún más vulnerables es muy frecuente. Pero ¿es lo más adecuado?

TESTIMONIOS:

«La mejor amiga de mi madre acaba de morir. Actualmente, mi madre está hospitalizada, y mis hermanos y yo decidimos no decirle nada para evitarle el disgusto. Seguimos hablándole de su amiga como antes. Sin embargo, no sabemos si es la mejor decisión.»

Sofía R.

«Hace dos años, vivimos una auténtica tragedia: nuestra hija pequeña, de 23 años, murió en un accidente de tráfico. Le dimos la terrible noticia a su abuelo, que tenía 89. Enseguida comenzó a sentirse demás en esta vida: no era capaz de aceptar que él estuviera aquí y su nieta no. Se dejó morir sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo.»

Roberto F.

«A menudo me debato entre el deseo de proteger a mi madre y mi rechazo a la mentira. Mi madre está muy débil y temo las consecuencias que podría tener para ella una mala noticia. Por ejemplo, varios amigos y parientes próximos han fallecido recientemente. Por ahora, no le he dicho nada. Pero temo que llegue el momento en que me pregunte por esas personas. Me tienta la idea de no decirle nada, pero, por otro lado, me horroriza la idea de mentir a mi madre.»

Genoveva G.

«Mis padres, muy mayores ya, dejaron su pueblo y su casa para venir a vivir conmigo hace tres años. Cuando sus problemas de dependencia fueron en aumento decidimos buscar para ellos una residencia. Mi hermano mayor, que se había ocupado del mantenimiento de su casa, decidió venderla para hacer frente a los gastos de la residencia sin decirles a ellos nada, para no disgustarlos. Sin embargo, mi padre, de alguna manera, lo intuyó, lo que ha provocado en él un comportamiento próximo a la demencia.»

Renato P.

NUESTRA OPINIÓN:
Cuando nos encontramos bajo los efectos de un acontecimiento trágico, sobre todo familiar, es aún más difícil tener que comunicar la mala noticia a un ser querido en situación de dependencia. ¡El peso de las palabras es, a veces, insoportable! Tememos pronunciarlas o no encontramos el momento de hacerlo.

Sin embargo, los ancianos son muy sensibles, es como si tuvieran antenas para darse cuenta de lo que tratamos de disimular. De alguna manera, son capaces de adivinar la información que ocultamos, pero que vibra en nuestro interior.

Y nuestro silencio, que creemos tranquilizador, hace estragos. Las personas mayores tienen derecho a la verdad y al sufrimiento. Tenemos el deber de confiar en sus posibilidades de creer en el futuro. La verdad puede ser dolorosa, pero es siempre más sana y más noble que el disimulo y la mentira. Además, ellos vivirán de forma aún más dolorosa nuestro silencio. Es preciso darles las malas noticias, si es necesario acudiendo a la ayuda de otros familiares que, en la misma situación, podrán animarnos, o de profesionales que nos faciliten la tarea.

Naturalmente, se imponen la prudencia y el tacto: es preciso crear el ambiente propicio y las condiciones adecuadas recurriendo al cariño y la ternura, que deben impregnar también nuestras palabras.
No podemos caer en la trampa de la mentira ni empujarlos a la trampa del silencio.

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