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Viena, a ritmo de vals

La ciudad del vals es el gran centro cultural de Centroeuropa y la capital de la música clásica, el lugar elegido por Mozart, Haydn y Beethoven para vivir y componer
El corazón de Viena late a través de sus cuatro grandes orquestas y de la mayor programación de música clásica del mundo
En torno a la catedral de San Esteban, erigida en el siglo XII y en la que los vieneses se despidieron de Mozart en 1791, surgió la ciudad y sigue siendo el referente urbano por excelencia
En el centro urbano, que se extiende desde el canal del Danubio hasta la Ringstrasse, nos encontraremos inmersos en los brillantes años del siglo XVIII y XIX.
El barrio del Hofburg se alza como el más elegante de Viena, repleto de cafés, galerías de arte, museos y embajadas.
No olvide visitar la Escuela de Equitación de Invierno, donde se puede ver el espectáculo de la Escuela Española, y la Hofburgkapelle, donde los domingos se escucha a los niños cantores
Cafés con historia

Los cafés son toda un institución. Aunque existían con anterioridad, los que hoy conocemos datan del siglo XVIII en adelante. Son célebres el Central, el Bräunerhof -donde es posible escuchar el piano- el Landtmann, el Dommayer, el Imperial y el Sperl, entre otros.
Pasaporte:

- Documentación. Documento Nacional de Identidad en vigor.

- Sanidad. Solicite la Tarjeta Europea Sanitaria en su ambulatorio de la Seguridad Social.

- Emergencia. Marcar el 144.

- Llamar desde Austria. Marcar 00 34 seguidos del prefijo y el número del abonado español al que se llama.

- Electricidad. Corriente de 220 voltios. Enchufe estándar como en España.
Información turística:

- www.austria.info

- www.austria-turismo.at

Guía práctica

- Cómo llegar. Austrian Airlines/Spanair unen sin escala España con Viena.
- Transporte en Viena. El metro es seguro y existen 5 líneas. El tranvía que circula por la Ringstrasse resulta perfecto para obtener una visión de conjunto. No deje de dar una vuelta en un coche de caballos -Fiakers-, pero ajuste el precio y el itinerario antes de montarse.
- Compras. Los mejores comercios se encuentran en las calles del Graben, Kohlmarkt y Kärntner Strasse. Los almacenes en la Mariahilter Strasse. Las tiendas Trachten y Resi Hammerer venden chaquetas, abrigos y capas loden y sombreros. En la Österreichische Werkstätten se pueden adquirir objetos de regalo como joyas de plata, cerámica y vidrio soplado. Entre las librerías destacan la George Prachner y la Gilhofer, para mapas y grabados antiguos.
- Mercados navideños. El más popular es el de Christkindlmarkt.
- Gastronomía. Las especialidades vienesas muestran una mezcla de sabores procedentes de todos los rincones de su antiguo imperio. Muy tradicionales son los platos de carne guisada, preparados de ganso y caza. En especial el Rehrücken (lomo de venado), el Eierspeise (semejante a huevos revueltos), preparados de níscalos, los espárragos, el Bauernschmaus (salchichas, jamón, cerdo ahumado y cerdo asado), el Rindsgulasch (guiso de carne especiada) y el famoso Wiener Schnitzel (escalope de ternera o de cerdo). Los restaurantes sirven la comida de 12 a 14 horas y de 18 a 22 horas. Recomendado visitar algún Heuriger(especie de taberna donde se sirve el delicioso vino del Danubio y comida tradicional). Las pastelerías invaden la ciudad. Los chocolates son deliciosos y las tartas como la Sachertorte, la Linzertorte y la Esterhazytorte tienen fama internacional. El pan también cuenta con numerosas especialidades.
- Conciertos y ópera. No es difícil conseguir una entrada para la ópera o los conciertos. La amplia programación musical siempre ofrece tentaciones. En la recepción de los hoteles se pueden reservar, así como en los establecimientos del Bundestheater-kassen o en la agencia Reiseburó Mondial. La costumbre de poner a la venta, una hora antes del comienzo de la función, las entradas de a pie de la Staatsoper puede ser una solución para los que no han reservado con una semana de antelación. En la Wiener Volksoper se representan operetas (Währinger Strasse,78). La música clásica tiene sus casas en el Musikverein (Bösendorferstrasse, 129) y en las salas del Konzerthaus (Lothringerstrasse, 20).

POR QUÉ NOS GUSTA...
Porrque es una ciudad para visitar y también para pasear

Viena, a ritmo de vals

La antigua capital del imperio austro-húngaro está convertida en un auténtico santuario de la música clásica. conciertos, representaciones de ópera y las casas museos de los compositores más famosos atraen a los melómanos de medio mundo. la perfecta conservación del patrimonio artístico y la vitalidad de los vieneses logran que la ciudad del vals sea el gran centro cultural de centroeuropa.

Cada ciudad tiene un alter ego que subyace en su fisonomía y en sus gentes. En Viena es la música la que dota al casco antiguo de otra personalidad más compleja, que permite una segunda mirada, mas allá de su aspecto monumental. La certeza de que en sus casas vivieron los grandes compositores e intérpretes, atraídos por el patronazgo de la corte de los Habsburgo, imprime carácter. Las obras que hoy escuchamos fueron creadas tras estos muros y obtuvieron el triunfo o el fracaso en los salones de los palacios o en las iglesias.

El corazón de Viena late a través de sus cuatro grandes orquestas y de la mayor programación de música clásica del mundo. Melómanos y meros aficionados visitan los templos de la gran música, la Staatsoper y el Musikverein. El primero, la Staatsoper o, si se prefiere, la Ópera de Viena, fue inaugurado en 1869 con Don Giovanni, de Mozart. Subir por la escalera monumental entre estatuas de mármol y detenerse en la sala de retratos dedicados a los compositores, donde el champagne hace subir el volumen de las conversaciones de un público cosmopolita, seduce a los viajeros. Durante las Navidades se convierte en auténtico centro de la sociedad vienesa. El año viejo se despide con la tradicional representación de El Murciélago. Para recibir el año nuevo hay que acudir al segundo lugar de culto de los aficionados, el Musikverein. Bajo el techo dorado que sujetan las cariátides se celebra, cada 1 de enero, el concierto más famoso del mundo. El año nuevo comienza a ritmo de vals, que es la transformación musical del vitalismo vienés. Cuando el director arranca a la Orquesta Filarmónica los primeros compases de la marcha Radetzky, parece como si una oleada de optimismo inundase los hogares de cientos de millones de televidentes. Una marcha compuesta por Johann Strauss, el fundador de la dinastía mágica vienesa que, en la actualidad, protagoniza una serie de exposiciones y conciertos de homenaje al celebrarse los 200 años de su nacimiento.

Los mercadillos navideños, las calles engalanadas y los vendedores de castañas asadas contribuyen a crear el ambiente festivo. Atrás han quedado la noche de San Silvestre y las fiestas en las grandes carpas, en los hoteles y en los palacios. Tras el año nuevo la capital austriaca continúa con su apretada temporada musical. Quienes quieran unificar música y arquitectura pueden acudir a los conciertos que tienen lugar en los palacios y en las iglesias.

Al pasear por el centro urbano que se extiende desde el canal del Danubio hasta la Ringstrasse, se comprueba el esplendor de la capital del imperio austro-húngaro. Conservar para disfrutar parece ser el lema de los vieneses y lo cierto es que no hace falta ni mucha imaginación ni ninguna cámara del tiempo para encontrarse inmersos en los brillantes años del siglo XVIII y XIX. Iglesias y palacios barrocos se suceden igual que un desmesurado escenario de la ópera. Pero hay excepciones medievales, como la catedral de San Esteban, erigida en el siglo XII. En torno a ella surgió la ciudad de Viena, siendo desde entonces el referente urbano por excelencia. Puertas adentro, el púlpito de piedra tallado por Anton Pilgram representa el arte más sublime del Renacimiento. Los conciertos con motivo de los grandes funerales de músicos y personalidades, la convirtieron en uno de los mejores lugares para escuchar la gran música. Ahora es posible rememorar aquellos fastos al escuchar el sonido del órgano fugándose por la nave principal. Los vieneses se despidieron de Mozart en esta catedral, un brumoso día de diciembre de 1791.

Clasicismo vienés
Se ha repetido numerosas veces que Viena es la capital de la música clásica, el lugar elegido por Mozart, Haydn y Beethoven para vivir y componer. El emperador y la aristocracia civil y eclesiástica eran los grandes mecenas que encargaban a sus protegidos composiciones nuevas. Viena se convirtió en un gran laboratorio musical, cuyos hallazgos sonoros revolucionaron el panorama europeo y donde la fama era efímera ante un público deseoso de novedades.

Historias y palacios se suceden en las calles peatonales del casco viejo, jalonadas de históricos cafés, como el Sacher, frecuentado por los asistentes a las representaciones de la cercana Staatsoper –su célebre tarta de chocolate ha endulzado las conversaciones de muchos compositores– y el Central. A varias calles de distancia, la taberna Griechenbeisl todavía mantiene los autógrafos de los grandes músicos en sus paredes. Confiterías, anticuarios, galerías de arte, lujosas tiendas –algunas dedicadas a la venta de instrumentos musicales y partituras– se abren paso entre la monumentalidad imperial.
Si el vals es una mezcla de libertad y represión, los palacios donde se bailaba también mezclan la exuberante libertad de la decoración barroca con los rígidos cánones de su volumetría. Desde el siglo XVIII hasta finales del XIX, el esplendor de los Habsburgo coincide con la edad de oro de la gran música.

En el palacio de Collalto los viajeros podrán recordar la primera actuación en público de Mozart, cuando solo contaba seis años. En el palacio Palffy se rememora la audición privada de Las bodas de Fígaro y, en la actualidad, en la misma sala se ofrecen conciertos. El genio de Salzburgo quedó atrapado en una ciudad que le dio los mayores triunfos, pero también grandes sinsabores. Los vieneses de su tiempo y en especial la corte seguían la moda italiana que en la ópera se manifestaba por la primacía de la voz sobre la orquesta. Y aunque supieron apreciar la genialidad del músico, admiraban más a Salieri. De hecho, cuando al final de su vida Amadeus consiguió tener un cargo oficial, le pagaron tan solo una cuarta parte que a su antecesor. Mozart se había adelantado a su tiempo, creando junto a su amigo Haydn el clasicismo vienés.

Para seguir los pasos de los grandes músicos se debe acudir a la casa de Haydn, convertida en museo, y a la Figarohaus (donde Mozart escribió Las bodas de Fígaro) e imaginar un día del otoño de 1787, cuando a la puerta de la casa de Amadeus llega un joven alemán de 17 años llamado Ludwig van Beethoven. Mozart le sienta ante el piano y al escucharle exclama: «Un día el mundo le aclamará». Cuatro años después, moría Mozart con treinta y seis años, y Beethoven empiezaba a sentar las bases del romanticismo, junto con Schubert.

Beethoven llevó al extremo la costumbre de la época de cambiarse de casa con relativa frecuencia. Seguirle el rastro es trabajoso pero se debe visitar la Pasqualati Haus, donde escribió la ópera Fidelio, y recordar que sus grandes triunfos los obtuvo fuera de Viena, aunque a su funeral en 1827 acudieron más de 10 000 personas y se le rindió un homenaje de Estado.

Apoteosis imperial
Considerado la viva muestra del esplendor del imperio, el barrio del Hofburg se alza como el más elegante de Viena, repleto de cafés, galerías de arte, museos y embajadas. Los palacios de los cortesanos de las calles Herrengasse y Bankgasse parecen rodear el conjunto del gran palacio imperial, el Hofburg, que no dejó de crecer desde el Gótico al historicismo del siglo XIX, con diez edificios destinados hoy a albergar la Biblioteca Nacional, el Despacho del Presidente de Austria y varios museos. La visita a los aposentos reales se realiza bajo la seducción de la más célebre pareja real del siglo XIX, los emperadores Francisco José e Isabel. En el comedor, entre las numerosas anécdotas provocadas por la estricta etiqueta española que reinaba en el palacio, se recuerda la velocidad de Francisco José a la hora de comer, que dejaba hambrientos a sus invitados, ya que se les retiraba el plato sin apenas tocarlo, lo que los obligaba al salir de palacio a dirigirse de inmediato a los cafés y tabernas de los alrededores. Antes de abandonar el conjunto hay que conocer dos auténticos símbolos de la ciudad: la Escuela de Equitación de Invierno, donde se puede ver el espectáculo de la Escuela Española de Equitación, y la Hofburgkapelle, donde los domingos se escucha a los niños cantores de Viena.

A Francisco José, Viena se le quedaba pequeña y, para ampliarla, mandó derruir en el 1857 las murallas que protegían el casco antiguo. El espacio dejado lo ocupa la avenida más famosa, el Ring o Ringstrasse, o anillo donde se alzan los grandes monumentos del eclecticismo. Para conocerlos se debe tomar el tranvía de la línea 1 o de la 2, herederos de los tranvías tirados por caballos. Ante el viajero se suceden la Votivkirche, el Burgtheater, el nuevo Rathaus, el Parlamento, la Staatsoper, los museos históricos, el Museo de las Artes Aplicadas y el Stadtpark, donde aguarda el monumento de Strauss tocando el violín. El Ring representa la Viena del vals, rica y alegre. En 1867 se estrena el Danubio Azul, que triunfa de inmediato en las salas de baile de la ciudad, donde se daban cita más de 3000 entusiasmados clientes. Cerca del Ring se alza la Galería de la Secesión, donde un grupo de artistas revolucionaron los principios de la arquitectura y la pintura oficiales, sentando las bases del modernismo bajo la adoración a la Novena Sinfonía de Beethoven.

La amplitud de las nuevas avenidas del urbanismo de finales del XIX indica que la ciudad fue pensada para albergar a una gran población. Pero los avatares históricos que llevaron al hundimiento del imperio austro-húngaro hicieron que Viena perdiese cientos de miles de habitantes. Atrás quedaron aquellos años del imperio cuando había turnos para dormir en una cama. Viena se transformó en una ciudad apacible, espaciosa, alejada de los agobios de otras capitales.

La visita a Viena se completa con los dos grandes palacios barrocos situados en la periferia. El de Belvedere fue la residencia de verano del príncipe Eugenio de Saboya, el vencedor de los turcos en 1683. El conjunto de sus dos edificios unidos por un jardín de estilo francés está destinado a albergar, en el Belvedere Bajo, la pintura barroca y, en el Belvedere Alto, la pinacoteca de los siglos XIX y XX. En especial, las obras de Gustav Klimt y de Oskar Kokoschka atraen el mayor número de visitantes. Los emperadores tuvieron su residencia de verano en el otro palacio: el de Schönbrunn. Salones y jardines figuran como el exponente de la corte más lujosa, con María Teresa de anfitriona.

Viena se extiende hacia los célebres bosques que sirvieron de inspiración a numerosos artistas. Una serie de pequeñas poblaciones mantienen sus Heurigen siempre animadas. En ellas corren el vino y las canciones tradicionales. La aldea de Grinzing está llena de visitantes que acuden a rememorar a Beethoven y a Schubert, que se refugiaban en sus casas de campo para componer.

Las vistas de los bosques y la panorámica del Danubio acompañarán a los viajeros que decidan seguir ruta hasta la abadía benedictina de Melk, recorriendo uno de los paisajes más sugerentes de Europa, conocido como el Wachau. Los viñedos rodean los castillos que controlaban el tránsito de mercancías por el Danubio desde el medievo. La barroca abadía de Melk sirve de despedida a un itinerario donde la música y la arquitectura se unen a la literatura, ya que su gran biblioteca y sus corredores sirvieron a Umberto Eco para situar en ella la acción de su novela El nombre de la rosa. Viena y su entorno simbolizan la unión íntima de todas las Bellas Artes.

Texto y fotos: Acacia Domínguez Uceta.

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