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La escayola está de moda

La escayola está de moda

Desconozco si podría catalogarse como “fenómeno sobrenatural” o simplemente como “fenómeno de lo más natural”, pero, fuera como fuese, lo cierto es que había una circunstancia que sobrepasaba cualquier grado de comprensión racional. Me explico: ¿por qué no había semana en el colegio en la que no llegara un alumno con algún miembro de su cuerpo escayolado, ya fuera una pierna o un brazo, que solía ser lo más habitual? ¿Acaso la escayola estaba de moda entonces y yo no me había enterado? ¡Vaya usted a saber!

Aunque parezca increíble, así era tal cual lo cuento, sin que a día de hoy haya podido dar respuesta a tan flagrante misterio, que especialmente afectaba a los niños, porque en el caso de las niñas parecía que esta moda no había calado. Hay, desde luego, bastantes probabilidades de que aquel frecuente escayolado se debiese, principalmente, a que en aquel tiempo los niños no teníamos demasiado sentido de la precaución. Dicho de otro modo: jugásemos a lo que jugásemos, ya fuese al fútbol, al pañuelo, al burro o al balón prisionero, nos lanzábamos a ellos a tumba abierta, sin reglas ni miramientos. En consecuencia, podría decirse que en realidad es que  estábamos “asalvajados”. Pues quizá así fuera, pero para eso que cada uno saque sus propias conclusiones en función de su propias experiencias.

En todo caso, lo que también resulta cierto es que el niño que llegaba escayolado a clase no parecía demasiado afectado por tener que llevar un brazo o una pierna inmovilizados durante un tiempo. Primero, porque, a pesar de las seguras recomendaciones médicas, se lanzaba con igual fruición al juego que cuando no llevaba escayola. Así, se podía ver en el patio del colegio a uno con una pierna escayolada golpeando al balón como si tal cosa. Y segunda, porque daba la impresión de que llevar escayola te convertía poco más o menos que en la estrella de la clase, algo que quedaba evidente cuando casi había bofetadas por ser el primero en estampar tu firma en ella, lo que hacía que, pasado un tiempo, desapareciera de la escayola cualquier atisbo de blancura.

Solo un problema: cuando ya el tiempo de escayolado sobrepasaba lo razonable, el picor que generaba debía ser bastante agudo, porque era entonces cuando se veía a la “estrella de la clase” tratando desesperadamente de aliviar su picor con una aguja de punto. “Pobre chaval —debían pensar algunos— con lo contento y feliz se le veía con su reluciente escayola”.

José Molina

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