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¡Aquí se arregla todo!

¡Aquí se arregla todo!

 La necesidad y el sentido común, que mala compañía desde luego no eran por aquellos tiempos, imponían mucho ingenio y remedio para que las cosas, a ser posible, duraran «hasta el infinito y más allá», o sea, lo que hoy se conoce como reutilización o, mejor aún, «reciclado», de lo que entonces poco o nada se sabía aún.

Para empezar, en cuestiones de comida, pocas cosas había de las que pudieran aprovecharse que fueran a parar a la basura. Los restos del plato de un día siempre podían encontrar digno acomodo en las albóndigas, las croquetas o el potaje del día siguiente. Y tampoco la ropa era de usar y tirar, que para algo estaba meterle la sisa a una prenda, sacarle el bajo, coserle coderas o rodilleras y, hasta si era menester, teñirla, que quién iba a saber que aquel abrigo rojo ya raído se había transformado en uno negro precioso que parecía recién estrenado. En realidad, hasta los calcetines tenían remiendo y a las medias de señora afectadas por una lamentable «carrera» se les podían coger los puntos, de lo que bien dejaba constancia la mercera de la esquina.

Tampoco otros artilugios de andar por casa corrían peor suerte, que para casi todos ellos había oficios de «fina especialización». Como bien ha salido a colación en ocasiones precedentes, para arreglos de zapatos, cinturones, monederos o carteras, ahí estaba el «zapatero remendón» o el «guarnicionero», según mercancía a tratar, y para «afinación» de cuchillos, navajas u objetos cortantes, el afilador; oficios ambos, por cierto, aún de buen uso, aunque algo escasos.

Sin fatigar al respetable, la lista de «arreglalotodo» bien podría completarse con el «colchonero» que hasta la llegada de los colchones sintéticos se encargaba, de tarde en tarde, de «desapelmazar» la lana de los colchones rellenos de tan noble material para que quedaran como nuevos. Y también con el «latero» o «lañador», artesano ambulante encargado de reparar cacharros metálicos, tales como cazos, palanganas, pucheros, cacerolas, lebrillos, sartenes, jofainas, orinales, tinajas y demás utensilios, añádanse también de loza o porcelana, estos por medio de lañas y grapas.

¡Ah!, y que no se olvide la inestimable ayuda que prestaba el «paragüero», o sea, el remendador de paraguas, cuya voz, hasta bien entrados los 60, aún resonaba por algunas calles gritando aquello de «paragüeeeeeeeeero», y el «tapicero» —oficio este del que por fortuna todavía sigue habiendo constancia—, que dejaba recién estrenados el tresillo, la mecedora, el sillón de orejas que ahora tan bonito lucía en el comedor y hasta el tapizado de cuero de la puerta de entrada con sus remaches y todo.

PD

Cada cual añada a esta escueta lista los oficios de los que su memoria aún tenga noticias, que, como siempre, cada tiempo y cada lugar requerían apaños diferentes.

José Molina

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