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¡El afilador…!

¡El afilador…!

Entre aquellos loables y muy dignos oficios que ya se han perdido por completo o están a punto de extinción resulta irremediable incluir el de afilador —también llamado «amolador», quizá porque «molaba» mucho, permítaseme el chiste fácil—, aquel experto en dejar niquelados cuchillos, tijeras, navajas… y cualquier otro instrumento cortante, ya fuera faca, puñal, chaira, estilete, bisturí o daga; o sea, de no poder pelar una miserable patata o diseccionar un filete empanado a ser arma susceptible de «homicidio en primer grado», o incluso objeto punzante, con todo tipo de garantías, apto para experimentado lanzador en un espectáculo circense.

Aunque, en efecto, de vez en cuando en algunas localidades todavía hoy día es posible darse de bruces con un afilador en plena faena, ya no es habitual como antaño escuchar cada mañana aquel inconfundible sonido que emitía con su «chiflo» —una especie de flauta de pan hecha primero de cañas y luego de plástico, que popularmente se conocía como «pito de afilador», aunque suene algo disonante—, mientras recorría todas las calles del barrio advirtiendo de su sonora presencia.

Y a no tardar demasiado, pronto comenzaban a salir de los portales vecinos cuchillos o tijeras en mano, sin otra finalidad que la de que el afilador les sacara punta y brillo y, de ese modo, recuperaran su plena utilidad cortante. Y en ello se ponía con esmero el amoldador haciendo pasar meticulosamente cada objeto por la piedra de afilar redonda —al parecer denominada «esmeril», según consta en Wikipedia—, que llevaba montada en la parte trasera de su bicicleta o motocicleta, y que hacía accionar bien a golpe de pedal, bien a golpe de motor, ya en tiempos de tecnología «punta», valga la ironía.

En aquellos tiempos en los que antes de tirar algo había que pensárselo mucho, era un alivio mayúsculo poder contar con los oficios artesanales del afilador, pero también del zapatero, el colchonero, la zurcidora, el cestero o el calderero, que le daban larga vida a nuestros útiles cotidianos y escasa sisa a nuestros bolsillos.

José Molina

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