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«El fabuloso mundo del circo»

«El fabuloso mundo del circo»

Como el título de la última superproducción de Samuel Bronston rodada en España, dirigida por Henry Hathaway y protagonizada porJohn Wayne, Rita Hayworth, Claudia Cardinales y John Smith, así puede decirse que veíamos de pequeños aquel maravilloso espectáculo que, de tarde en tarde, desplegaba su mágica carpa en el pueblo, la ciudad o el barrio en el que vivíamos.

Cuando un día cualquiera, al salir de casa, nos encontrábamos con uno de aquellos carteles que anunciaban a bombo y platillos la llegada del «único, grandioso, colosal y sensacional» Circo Mundial, Circo Americano, Circo Atlas, Circo Monumental, Berlin Zirkus, Circo Ruso o Italiano, Circo Royal, Circo Milan…, o las nuevas y flamantes atracciones del Circo Price, tanto en su versión ambulante como en la sede fija que tenía en Madrid —hoy felizmente recuperada—, resulta difícil describir el estado de «shock emocional» en el que entrábamos inmediatamente.

Y es que, tan escasos como andábamos de grandes y sorprendentes acontecimientos, era imposible no sentirse deslumbrados viendo aquellos impresionantes números de magos, acróbatas, trapecistas, equilibristas, funámbulos, contorsionistas, malabaristas, escapistas, tragafuegos, tragasables, hombres-bala, levantadores de peso —alias «forzudos»—, lanzadores de cuchillos, jinetes… o domadores de tigres, leones o elefantes, aunque en este caso debo decir que, en lo que animales se refiere, mi percepción de entonces no era la misma que la de hoy, de modo que celebro su prohibición con idéntica pasión a como de pequeño disfrutaba con ellos. Solo un breve inciso para aclarar que de la «mujer barbuda» o del «hombre de dos cabezas», como habíamos podido ver en alguna película junto a otros extraños personajes, no tuvimos constancia alguna, al menos aquí en España.

Pero, por supuesto, de cualquier espectáculo de circo lo que más nos divertía eran las actuaciones de los payasos, que eran no solo los que nos hacían reír, sino también los que podían un poco de agradable sosiego después de tanta tensión y sofoco como nos producía el resto de números circenses. Algunos de ellos, incluso, como los Hermanos Díaz, los Hermanos Tonetti, Pompoff y Thedy y, por descontado, el gran Charlie Rivel, al que habría que dedicar un monográfico, se convirtieron en nuestros ídolos. Y hasta muchos aprendimos quién era el «payaso blanco», o sea, el listo; el «Augusto», el torpe y algo tonto que todo lo desbarata, y el «Contraugusto», todavía más torpe que el anterior.

De todo aquel «fabuloso mundo», capaz de crearnos ilusión, magia,  emoción y fantasía al mismo tiempo, poco queda. Alguna que otra compañía de circo tradicional de vez en cuando asoma por ahí, o también esas otras, como el Cirque du Soleil, que tiene más aspiraciones de espectáculos teatrales, pero será difícil recuperar el espíritu que destilaba el Circo Mundial, el Atlas o el Americano, quizás porque habría que recuperar otro tiempo, otra necesidad y otra inocencia.  

José Molina

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