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«Galería del coleccionista»

«Galería del coleccionista»

No me preguntéis por qué, si por el deseo de poseer o por simple curiosidad, pero lo cierto es que durante largo tiempo el afán coleccionista de los españoles alcanzó niveles realmente estratosféricos. La práctica de colección más elemental, por supuesto, o sea, la que podría decirse que venía incluida en el paquete básico de cada español, era la de los cromos, de lo cual ya se ha informado convenientemente en ocasiones precedentes, y que contemplaba tamaños y géneros para todas las edades y gustos, aunque los de mayor seguimiento eran los relacionados, cómo no, con el fútbol, el ciclismo y los artistas, ya fueran del cine o de la canción.

Después de todo lo referente al «no le, sí le», cabría decir que, en un ranking sobre la materia, es probable que en segundo lugar se situara la colección de fascículos, también ya tratada con anterioridad, que igualmente comprendía una notable variedad de contenidos, con los que saciar la curiosidad de grandes y pequeños en cualquier ámbito del mundo mundial; es decir, recuérdese, desde vocabulario y desarrollo enciclopédico, hasta idiomas, historia de España, Mundial, del Arte, la Música o el Bricolaje.

Lo de completar el podio, tras cromos y fascículos, ya resulta algo más complejo habida cuenta de que, poco a poco, fueron añadiéndose variedades de colección populares que, en condiciones normales, podrían considerarse razonables, pero que a la postre es posible que superaran cualquier predicción. Me refiero, por ejemplo, al caso de la filatelia, que, desconozco por qué razón, comenzó a ser de notable interés general, así que lo de tener un álbum en el que ir colocando sellos por países o épocas se convirtió en un hábito bastante habitual, al que muy pocos se sustraían. El problema es que, aunque con apenas cinco pesetas —por poner un precio que ahora no recuerdo muy bien— podía comprarse un paquete con cincuenta sellos, muchos acababan creyendo que tenían un verdadero tesoro si entre ellos había uno de Bulgaria, de Bélgica o de Checoslovaquia, por poner un ejemplo.

Y algo parecido acabó sucediendo también con las monedas, de modo que al interés por la filatelia pronto se añadió el de la numismática, si bien en este caso lo de un sobre con cincuenta monedas por cinco pesetas ya era de todo punto imposible. Pero, eso sí, a muchos les gustaba disponer de monedas —y a veces también billetes— internacionales, ya fuera un penique británico, una lira italiana o un franco francés, o bien de ámbito nacional, incluyendo monedas antiguas o conmemorativas, que también tenían un alto valor para el afanado coleccionista

Seguimos pues ante la difícil situación de ver qué tipo de colección completaba el medallero, aunque si de mí dependiera, y con perdón de otras colecciones no mencionadas hasta ahora, como la de tebeos, tarjetas postales, llaveros o recortables, subiría al tercer cajón del podio a los banderines. Sí, he dicho bien, «banderines», es decir, esas pequeñas banderas usadas como «emblemas de instituciones, equipos deportivos, etc.», como bien remarca la RAE en su definición de la palabra «banderín—. Habría eso sí que añadir que llevan incorporado un hilo, cuerda o cordón para su más fácil colgado en la pared, y antes del etc. podrían añadirse pueblos o ciudades, monumentos, eventos, actos festivos, símbolos religiosos… En fin, una nutrida variedad de contenidos y tamaños, aunque casi siempre ajustándose al formato triangular, que era el más común, cuya finalidad era doble: un recuerdo imborrable y un precioso elemento decorativo con el que muchos españoles, preferentemente jóvenes, cubrían las paredes de su habitación, dándoles un toque de colorido, originalidad y hondo espíritu coleccionista.

José Molina

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