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Mis adorables taquilleras

Mis adorables taquilleras

La Comunidad de Madrid ha rendido recientemente un merecido homenaje a las últimas taquilleras del Metro de la capital, aunque el servicio dejó de prestarse en abril de 2017, y ellas ahora realizan otras labores en el Metropolitano. La noticia, que apenas si fue recogida por los medios de comunicación, seguro que logró que alguna lagrimita que otra aflorara en aquellos que la escucharan o leyeran, muchos de ellos personas a las que lo de las taquilleras irremediablemente les remonta a una época llena de evocaciones y recuerdos, como aquellos preciosos azulejos y otras piezas cerámicas de color blanco y azul cobalto que decoraban la mayoría de las estaciones. De ellas, para impertérritos curiosos, aún se mantiene un bonito reducto, la madrileña estación de Chamberí, cerrada al público en mayo de 1966, pero que todavía hoy puede visitarse tal cual estaba.

Y es que las taquilleras, tanto del Metro de Madrid como del de Barcelona, las únicas ciudades españolas que allá por los años 50 y 60 disponían de red subterránea, formaban parte del paisaje cotidiano de miles de viajeros que, a diario, utilizaban este rápido y eficaz medio de transporte, aunque quizá entonces con tanta aglomeración como la que hoy día suele tener.

Ellas eran algo así el punto fronterizo entre el mundo exterior y la entrada a las entrañas de la ciudad, las que se encargaban, no siempre con el mejor humor, todo sea dicho, que tratar diariamente con el público no es cosa fácil, de vender a los viajeros sus «salvoconductos» para acceder al Metro, o sea, expenderles sus billetes. Pero también eran el punto de información al que cualquier despistado podía acudir para informarse de qué línea debía coger para ir a tal o cual sitio y qué trasbordos debía hacer para llegar a su destino.

Además, quiérase o no, constituían la única referencia allá en las profundidades para cualquiera que necesitase solicitar ayuda o advertir de algún incidente. En fin, de avisar o preguntar de lo que fuera. No como hoy que, a pesar de los interfonos que suelen salpicar toda la red de Metro, no aún del todo fiables, hacen que, ante cualquier contrariedad, uno se sienta como el sheriff del pequeño pueblo de Hadleyville, o sea, Gary Cooper, «solo ante el peligro».

Así pues, nuestro también nostálgico recuerdo a aquellas «adorables taquilleras», evocándolas, eso sí, en su mejor versión; es decir, procurando olvidar para siempre aquel desagradable dicho popular que señalaba: «no sé si tirarme a la vía o a la…», que me evito completar por respeto y decoro.

José Molina

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