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Nombres y apodos

miércoles, 3 de mayo de 2017

Nombres y apodos

No se sabe por qué rara tradición se tenía por entonces la costumbre en aquellos pueblos manchegos –quizá como en los de otras regiones– de poner nombres tan estrafalarios y malsonantes. En muchas ocasiones, se bautizaba a la criatura con el del santo del día en el que había nacido, lo cual hasta resultaba sensato, aunque hubiera que condenarla de por vida a llamarse Vicenta, Olegario o Nicasia. Pero de ahí a llamarse Basilisa, Crescencio, Sinforosa, Claudinete, Emancipación o Porciano ha­­bía un largo y poco recomendable trecho, que sin embargo casi todos se atrevían a cruzar.

Siempre cabía, eso sí, lo de aliviar algo el nombre añadiéndole el noble prefijo de «tío», lo que le daba un poco más de prestancia. Alguna diferencia había, desde luego, entre llamarse simplemente Porciano o «tío Porciano». Y no digamos ya cuando se completaba con lo de «en ca», resultado de lo cual era esa frase de uso coloquial que señalaba: «Voy en ca el tío Porciano», a la que se respondía con manifiesta sorpresa: «¡Amos qué!», o con sincero asentimiento: «Pa chasco no vas a ir».

Claro que nada de todo eso era comparable a la desdicha no solo de cargar con un nombre raro, sino también con un mote, que, por lo general, no tenía la sana intención de loar a su portador, salvo que lo de apodar a alguien «Pichaperro», «Jetaguarro», «Chompogordo», «Talega», «Cancamocha», «Matacán» o «Mollangas» sugiriera otra cosa, que a primera vista no parecía razonable.

Dicho todo lo cual, era obvio pensar que si se hubiera tenido que hacer una película del oeste local, como aquellas de John Ford que tanto gustaban, aunque solo pudieran verse de tarde en la capital o cuando algún proyeccionista ambulante se dignaba a acercarse al pueblo, no podía estar protagonizada por Claudinete, «Chompogordo» y Basilisa, en vez de por John Wayne, Henry Fonda y Maureen O’Hara.

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