¡Pero qué táctica ni qué táctica! ¡Al ataque y a meter gol!

¡Pero qué táctica ni qué táctica! ¡Al ataque y a meter gol!

Hoy día, por lo que parece, cada vez que se acerca una jornada futbolística, ya sea de Liga, de Copa o de Champions, la primera cuestión sobre la que medios de comunicación y aficionados comienzan a debatir acaloradamente es la táctica que el entrenador de tal o cual equipo va a emplear en su próximo partido, lo cual debe de ser una cuestión de vital importancia, visto el ardor con el que se afronta el tema.

Por consiguiente, partiendo de esta sustancial premisa, enseguida empieza a suscitarse la polémica sobre si es mejor que el equipo juegue con un 4-4-2, un 3-4-3, un 5-3-2 o un 5-4-1, y así hasta infinitas combinaciones numéricas, como si se tratara de una compleja ecuación matemática que hubiera necesariamente que resolver.

Además, para que el tema no se limite a una simple cuestión de números, lo de la táctica a emplear conlleva también que se polemice sobre si es mejor jugar con tres centrales, dos laterales, tres mediocentros y dos puntas; si las características de los jugadores del equipo aconsejan mejor que solo haya dos centrales y un punta, o si es preferible que haya un mediocentro de contención, dos laterales adelantados y un organizador del juego. Bueno y, por supuesto, si es más eficaz jugar al ataque o al contraataque, o sea, llevando la iniciativa o dándosela al equipo contrario, tocando la pelota o con balones largos. En fin, todo un curso de estrategia futbolística en el que, por lo visto, casi todo el mundo está licenciado «cum laude». Eso sí, la consecuencia directa de este intenso y apasionado debate es que si el equipo pierde, obviamente la culpa es de la táctica utilizada, porque ¿a quién se le ocurre jugar con un 4-4-2 en vez de con un 5-3-2, que era lo razonable para ese partido? Claro que de lo que nadie se acuerda es de que el equipo ganó el anterior partido con un 4-4-2, y a todo el mundo le pareció que había sido gracias a la táctica empleada. O sea, un lío de mucho cuidado que, al final, solo genera discusiones, acaloramientos y mucho sobre lo que escribir y hablar.

Por eso, en mi modesta opinión creo que, para evitar dilemas y confrontaciones absurdas, lo mejor es recordar cómo se planteaban los partidos antes; o sea, cuando fuera el equipo que fuese, todos sabíamos que se jugaba con un portero, un defensa central —también llamado «defensa escoba»—, un defensa derecho, un defensa izquierdo, dos centrocampistas y cinco delanteros, entre los que no podía faltar un extremo derecha, un extremo izquierda y un delantero centro. ¡Ah!, y por supuesto todos los jugadores con sus dorsales del 1 al 11, cada uno de los cuales indicaba perfectamente en qué posición jugaba. Es decir, el 1 el portero, el 2 el defensa derecho, el 3 el defensa izquierdo, el 5 el defensa central, el 4 y el 6, los centrocampistas, el 7 el extremo derecha, el 8 y el 10 los delanteros diestro y zurdo algo más retrasados, y el 11 el extremo izquierdo. Todo así de fácil, por lo que, fuera cual fuera el resultado del partido, podía discutirse de todo menos de la táctica empleaba por el entrenador. Y, por supuesto, nada de si jugar al contraataque o no. Aquí todos a salir al ataque y a meter más goles que el equipo contrario, que, en el fondo, es de lo único de lo que se trata este bonito deporte, que hemos acabado por convertir casi en una corriente de discusión filosófica. ¡Si Molowni, Miguel Muñoz o Helenio Herrera levantaran la cabeza!

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